En la música medieval existía la idea de que ciertas combinaciones de intervalos podían alterar el ánimo. Monasterios y tratados musicales atribuían a determinadas armonías la capacidad de inducir recogimiento, éxtasis o calma, porque entendían el sonido como una de las formas más directas de aproximarse a lo trascendental. La música de Mabe Fratti parece construida alrededor de esa misma sospecha: canciones que conmueven incluso antes de terminar de tomar forma, como si la emoción apareciera antes que la estructura.
Aunque Fratti publica música con una velocidad poco común —11 discos en 6 años de carrera—, sus canciones nunca suenan apuradas. Incluso en sus discos más complejos hay una sensación de atención suspendida, como si cada sonido esperara permiso para entrar. Sus composiciones avanzan por contacto, roce y escucha: el aire alrededor de su voz, la textura áspera de su cello contra su arco, una belleza en la crudeza que vuelve cada arreglo más cercano y humano.
Tal vez por la manera en que su música trabaja con la contemplación y la intensidad emocional, no resulta raro saber que la artista guatemalteca aprendió a tocar el cello en un contexto religioso. “Crecí en una iglesia neopentecostal —cuenta Fratti en conversación con Indie Hoy—. Era una iglesia más moderna y sin una tradición tan antigua como la católica. La música también era distinta: canciones lentas, de adoración, donde podía improvisar libremente. No sabía muy bien cómo improvisar, solo seguía la melodía, era una improvisación muy naïf. Pero lo más chido era que sí sentía a Dios a través de la música, porque eran canciones hechas con una intención muy espiritual. Y creo que esa emoción todavía me hace sentido”.
De formación académica, en el conservatorio le enseñaron que el cello debía mantenerse erguido y el músico acomodarse alrededor de él. Pero Mabe Fratti toca distinto: deja que el instrumento repose sobre ella, por momentos parece abrazarlo, como si el instrumento y el cuerpo negociaran el equilibrio en tiempo real. Algo similar ocurre en sus canciones. Incluso en sus momentos más luminosos, la música de Fratti parece sostenerse desde una tensión mínima, como si cada arreglo estuviera apenas inclinado hacia el caos.
En retrospectiva, la música fue también una forma de salir del mundo cerrado en el que creció. Escuchar “Idioteque” (2000) de Radiohead en la adolescencia abrió una puerta que la llevaría hacia Scott Walker, Aphex Twin y, más tarde, Arthur Russell. "Lo que me impactó de Arthur Russell fue la valentía de usar el cello de una manera pop —cuenta Fratti—. Él amaba el pop, eso era clarísimo. Y me gusta mucho que su música fuera tan poco categorizable: podía hacer algo súper pop y después música ambiental, o drones larguísimos de acordes. Eso me encanta. Creo que yo también me agarro un poco de ese eclecticismo. No me gusta sentir que tengo que quedarme haciendo una sola cosa".
Fratti absorbía todo: música experimental, electrónica, composición contemporánea, pero sobre todo pop. “A mí me encanta encontrar melodías –admite—. Es de mis cosas favoritas de hacer música: encontrar melodías que me afecten emocionalmente. Hay cierto arte que conscientemente apela a algo muy humano y hay otras cosas que apelan más a lo intelectual: música que primero te genera rechazo y después empiezas a pensar: ah, sí, me gusta por esto y esto. Pero a mí me gusta más ser directa con las melodías. Eso me gusta muchísimo del pop. Y siento que hay muchas maneras de llegar a eso. No solo una fórmula”.
La discografía de Fratti parece moverse como un ciclo solar. Está la claridad fría de Será que ahora podremos entendernos? (2021), el pulso más denso y nocturno de Sentir que no sabes (2024), y el atardecer rojo vivo de Hagen (2025), el segundo disco de Titanic, la banda que comparte con Héctor Tosta bajo el alias I. la Católica y el proyecto en el que se permite explorar una energía mucho más áspera y frontal que en cualquier otro contexto.
“Titanic es mucho más producto del corazón de Héctor —explica Fratti—. Inclusive las letras son mucho más directas, lo mío es mucho más abstracto. Y claro, también tiene que ver con el instrumento. Héctor toca guitarra eléctrica y tiene un chingo de referencias de rock desde adolescente. Yo no. Mi adolescencia fue mucho más dispersa en ese sentido. Entonces se nota muy cabrón la claridad de la canción en Titanic. Y también la pesadez viene mucho de él”.
Esa apertura a la colaboración también aparece en la cantidad de proyectos ajenos en los que participó durante los últimos años, desde Essex Honey (2025) de Blood Orange hasta colaboraciones con músicos de la escena improvisada neoyorquina y artistas ligados al noise y la experimentación en Ciudad de México. Su trabajo más reciente es Almost Waking (2026), un disco junto al guitarrista estadounidense Bill Orcutt.
Aunque fue grabado completamente a la distancia, el álbum transmite una intimidad extraña: por momentos parece que ambos estuvieran tocando en el mismo cuarto, siguiéndose con atención extrema. “Él me mandó una lista de tracks y yo pensé: ‘Bueno, ¿qué hago con esto? ¿Lo desarmo? ¿Lo destruyo? ¿O más bien delineo lo que él ya está haciendo?’. Todo empezó a tomar forma desde ahí: sentarme y tratar de seguirlo. Lo mismo con la voz. Quise ser muy minimalista con los overdubs. Y aparte nadie realmente le había cantado encima a su música. Me dio mucho gusto poder cantar sobre esas guitarras”.
El lanzamiento de Almost Waking encuentra a Fratti en medio de una pequeña gira por Latinoamérica que la traerá por primera vez a Buenos Aires, el jueves 28 de mayo en Club Social 911, tocando junto al guitarrista I. la Católica y el baterista Gibrán Andrade. Y, como no podría ser de otra manera, apenas unas semanas atrás terminó un nuevo disco. Más que una acumulación de proyectos, su obra empieza a sentirse como el registro de una artista que seguirá revelando nuevas capas de su sensibilidad.
“Me gusta muchísimo el camino que tomaron Scott Walker o Mark Hollis —dice Fratti, pensando en sus referentes—. No sé si yo voy hacia un lugar cada vez más abstracto o experimental. De hecho, siento que voy hacia otro lado. Lo que espero es que mi música se vuelva cada vez más seria. Más profunda. Más adulta. No me interesa quedarme atrapada en una escena donde tenga que pretender ser ‘la joven cool’. Nunca fui cool, ni siquiera en la escuela. La idea es crecer con la música. Y eso me gusta de Scott Walker o Mark Hollis: siento que envejecieron con muchísima gracia”.
Escuchá a Mabe Fratti en plataformas (Bandcamp, Spotify, Tidal, Apple Music).









