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    Indio Solari, el que comió nuestro dolor

    Un adiós a Carlos "Indio" Solari, fundador y voz de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, fallecido el pasado 5 de junio.
    De Hernán Etcheverria09/06/2026
    Indio Solari
    Indio Solari. Foto: Ministerio de Cultura de la Nación.
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    Se dice que la nostalgia no se corporiza explícitamente en los objetos, sino que suele suscitarse a partir de la experiencia que tuvimos con ellos. Es decir, lo que el pueblo ricotero añora de Luzbelito o Gulp! no es la obra en sí misma, sino la emoción que despertó aquel descubrimiento de esa rara avis artístico-plástica del rock argentino. Extraña el hervor en la sangre al escuchar por primera vez los sinuosos riffs arabescos de Skay; siente la ausencia de la complicidad de su compañero de banco frente a esas melodías imposibles de encasillar o, peor aún, de rastrear en la tradición del rock nacional. En definitiva, el cuerpo del Indio Solari habrá decidido alejarse, pero la nostalgia siempre mostrará sus cartas cuando vuelvan a sonar sus canciones.

    A pesar de haberse convertido en la cara visible de Patricio Rey y de haberle dado voz y argumento a ese ser insondable, Carlos Solari estableció desde aquellos incipientes y lisérgicos años platenses un acuerdo tácito con su público: su canal de comunicación serían siempre las canciones. La mejor prueba de esa determinación inclaudicable fue, precisamente, el momento en que hizo pública su enfermedad, hace diez años, ante 200.000 personas en un recital en Tandil. Más allá del estupor inicial, aquella confesión fue, ante todo, materia prima para una prensa siempre ávida de detalles privados sobre un artista que hizo del silencio y el claustro una forma de vida. Para su público, sin embargo, la historia era otra. Después de todo, el héroe de este lío estaba sobre el escenario dejando en claro que la tarea de Mr. Parkinson no sería fácil: “No me van a bajar así nomás”.

    Pero apenas unos años después, el Indio decidió hablarles directamente a sus seguidores utilizando ese lenguaje cómplice. El lanzamiento de “Encuentro con un ángel amateur” se convirtió así en una despedida paulatina y dolorosa, despojada de especulaciones y de cualquier atisbo de cripticismo. En tono confesional, advertía que había hazañas que ya no podría cumplir. El Indio le cantaba la verdad a los ojos de su cofradía e intentaba abrazar ese amor desmedido antes de marcharse cantando.

    Para comprender el alcance de este mito amplificado, conviene recordar las precisas palabras del periodista Mariano del Mazo -coautor, junto a Pablo Perantuono, de la indispensable crónica ricotera Fuimos reyes- acerca de la sensible y poética lectura que los Redondos hicieron del devenir político y social de la Argentina a lo largo de los años. Supieron arengar la efímera primavera alfonsinista entonando, en clave pop, “a brillar mi amor”; expusieron el despilfarro y la vanidad de los años noventa al sentenciar que “el lujo es vulgaridad”; y revelaron, desde la desolación del nuevo milenio, que “no da más la murga de los renegados”, cuando la juventud apenas podía vislumbrar un futuro abyecto y sombrío.

    La creciente masividad de la banda a comienzos de los noventa, sazonada con el hartazgo social de la época, terminó convirtiéndose en un canal privilegiado para la liberación de la rabia contenida. La violencia se impuso entonces como uno de los lenguajes de su tiempo, transformando cada fiesta ricotera en una odisea atravesada por la brutalidad policial y los estallidos de salvajismo. Sin embargo, esos episodios oscuros en la historia de los Redondos también sirvieron de excusa para quienes buscaban desacreditar toda expresión popular y revestir la cultura de saco y corbata. Olvidaban aquellos primeros recitales en los que la Negra Poli hacía sonar la "Obertura 1812" de Tchaikovsky para apaciguar a las fieras; ignoraban las refinadas referencias de Rocambole a la obra de Francisco Goya; y desconocían que, mucho antes de que el propio Indio popularizara la frase “el lujo es vulgaridad”, Borges ya se la había dicho a Vargas Llosa en la austeridad de su casa porteña.

    Mientras la mayoría de los grupos locales ansiaba conquistar el continente a través de giras multitudinarias por Latinoamérica, Patricio Rey afinaba su rock del país. Salvo algunas presentaciones en Uruguay, la banda forjó su identidad en un recorrido itinerante que nunca desbordó las fronteras nacionales, dando origen a un movimiento de masas en busca de ese hombre enigmático, altivo y locuaz que prometía comerse nuestro dolor.

    Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
    Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en La Esquina del Sol.

    Los recitales de Patricio Rey -y, por extensión, los del Indio junto a Los Fundamentalistas- fueron una metamorfosis permanente. Pasaron del happening mesiánico y subterráneo de fines de los setenta, mientras la sangre manchaba la historia argentina, a convertirse en protagonistas del circuito cultural más vital del regreso democrático, con escalas decisivas en Cemento, el Parakultural y Obras Sanitarias. Más tarde llegaron los estadios de fútbol, territorios difíciles de conquistar, y finalmente la procesión de unas huestes que, con el correr de los años, no dejaron de sumar adeptos a una religión singular: una que tenía un Mesías, pero no mandamientos.

    El Indio Solari escribió, con una lírica inexpugnable, aquello que el tiempo terminaría convirtiendo en himnos de resistencia para los barrios desangelados, consignas que luego quedarían grabadas con tinta en la eternidad de los cuerpos. Eran máximas encriptadas sobre cómo subsistir en un mundo que los relegaba a los márgenes del desarrollo. ¿Quién no quiso ser esa bomba pequeñita saturada de sueños? ¿Cuántos nómades taciturnos se cruzaron con héroes del whiskey en noches en las que el amanecer se convertía en enemigo? ¿Cuántos sintieron la vehemencia de una revolución interior al descubrir que los vencedores también podían ser vencidos? La prosa del Indio descansó en aquello que Eduardo Galeano resumió como “la capacidad de escuchar al otro”. La musicalidad de su obra no dejaba espacio para los dogmas ni se sometía a la linealidad: era, ante todo, una invitación permanente a la imaginación y la libertad.

    El dolor empezó a estremecer a muchos cuando su histórico compañero de aventuras, Skay Beilinson, publicó en sus redes sociales un cálido mensaje: “Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer”. Las desavenencias tal vez duraron más de lo necesario, pero la aventura valió la pena: dejó en el camino un puñado inabarcable de canciones que fueron -y siguen siendo- el fervor de innumerables corazones. Soldados de la contracultura, referentes inexcusables del rock de esta tierra hastiada de pasiones y suplicios y, ante todo, banda sonora de generaciones enteras; de pueblos, barrios, casas, dormitorios y cerebros.

    Es difícil decirlo en este momento, pero el Indio estaba equivocado, al menos en su predicción sobre la muerte. Quería irse en silencio, como Leonard Cohen, de manera austera. Pero no fue posible. La marea resultó más fuerte que su voluntad y el crepitar del dolor volvió a convertirse en canción. Los pogos empezaron a replicarse como pequeños terremotos y no hubo escala capaz de medir su magnitud: pertenecían a un orden de valores ajeno a lo terrenal. Porque la nostalgia volvió a jugarnos esa mala pasada y algún ricotero, arrinconado en su soledad, volvió a sentir en el pecho el impacto de aquella primera vez en que escuchó que la violencia era mentir; recordó el placer de las piernas más lindas que había visto y revivió, en su corazón atribulado, aquella peregrinación infinita hacia el encuentro dionisíaco del placer comunal.

    Salú, Caballo Loco. Es hora de que algunos potros salgan a galopar.

    Indio Solari Música en Argentina Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
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