Así como está en boca de todos los medios, desde la semana pasada, no podíamos dejar de hablar un poco sobre la película ganadora del Oscar a Mejor Película 2014: 12 Years a Slave, traducida como 12 años de esclavitud. Con un plantel de excelentes títulos en la competencia, 12 Years a Slave parece haber calado hondo en las emociones del público, con una buena ayuda de golpes bajos y clichés emocionales, pero por sobre todo, una durísima historia real (algo que le encanta a Hollywood). La película trata la temática de la esclavitud en Estados Unidos basándose en una lógica de víctimas y victimarios. Solomon es un hombre libre en el periodo de la esclavitud, que es víctima de un secuestro y venta que lo confina a doce años de miserable esclavitud ilegal. Para contar esta historia, basada en el libro escrito por Solomon Northup (nuestro personaje principal), se construyen personajes extremadamente desprotegidos y miserables, es decir los esclavos, contra las figuras de los amos que se presentan como personas absolutamente desagrables, racistas y violentas. La historia se cuenta desde la vivencia de un esclavo, desde su sufrimiento y peripecias para lograr la libertad; y entre medio conocemos los distintos casos con los que se encuentra en el camino. 12 years a slave 12 Years a Slave es una película cuidada, con buenas actuaciones, una historia sorprendente pero… tan dirigida a nuestros puntos débiles como espectadores que por momentos pierde su valor. Sucede que este film es lo más esperable y predecible sobre una historia de esclavitud. Tenemos azotes a montón, llantos, blancos que odian a los negros exceptuando por Brad Pitt que no solo es el galán que aparece unos escasos minutos sino también el único con conciencia social justa y moderna. Pero hay un elemento que toma protagonismo en varios segmentos del film y que aporta una veta emocional un tanto más original e indirecta: los esclavos cantando en las plantaciones, durante las horas de forzado e insalubre trabajo como forma de sobrevivir y conectarse con Dios. Esto hace que tanto la figura divina sea central dentro de la historia como una creencia generalizada entre los protagonistas y se presenta como el único amparo frente a la adversidad, la tortura y la inmensa tristeza de estar lejos de sus familias. Uno de los puntos también interesantes del film es la centralidad de la escritura: Solomon sabe leer y escribir (algo inconcebible para un esclavo) y esto lo hace libre al tiempo que pone en peligro su vida. La escritura y la música son su cable a tierra y también un secreto peligroso. En relación a esto pensamos la importancia del testimonio escrito que deja Solomon en la vida real sobre su terrible experiencia, lo cual lo convierte en un militante en contra de la esclavitud. Su contacto con la vida de la libertad lo hace repudiar con fuerzas la esclavitud y luchar incansablemente por recuperarla, a diferencia de otros de sus compañeros que se encuentran en un estado de sumisión y resignación. 12 Years a Slave es una película con alto contenido realista e ideológico y esto lleva a la historia al espacio de la emocionalidad permanente, y apelar al sufrimiento del espectador como identificación es el recurso narrativo por excelencia.

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