En este jueves que pasó se estrenaron tres películas nacionales buenísimas: Historia del miedo –de Benjamín Naishtat-, Fango –de José Celestino Campusano-, y Aire Libre, de Anahí Berneri. Podría hablar sobre las tres y sobre cómo, todas, por mención o omisión, hablan de Argentina, su situación y, por lo tanto, nuestro lugar en él. Por una cuestión social o cultural, estas películas dirigen su mirada a distintos barrios, a las tensiones y pasiones que hay en ellos. Podría pensarse, incluso, que estos personajes de Aire Libre pueden convivir con los de Historia del miedo, en el mismo espacio. La película de Berneri se centra en una pareja que está viviendo los 30, realizados tanto profesional como económicamente. Lucía (Celeste Cid) y Manuel (Leonardo Sbaraglia), tienen un hijo, una casa, un auto: todo lo que necesitan. Los personajes quedan claramente definidos en un par de planos, unos pocos gestos y sus palabras. Él, un hombre de chombitas Lacoste, zapatos, incipientes canas, poca panza, depilación y una 4×4 que comparte con ella: cuerpo de madre (te queremos mucho, Celeste), peinado de madre, ropa de madre, y sus vestidos de soltera esperando en el placard. Nunca podemos precisar el momento en el que empieza a irse todo al carajo, probablemente porque no haya un guionista que plantee “puntos de giro” o similares yeites a los que ellos son tan adeptos. Las cosas suceden y lo que no vemos también cuenta: las elipsis son lo que de alguna manera va determinando todo lo que sucede en la película. Si lo que vemos son los conflictos, los choques de la pareja, lo que no vemos es el relato que ellos se hacen de la situación, cuando toman y piensan las decisiones que luego afectan a ambos. Cuando te querés dar cuenta, ya estás durmiendo en otra casa, sin dramas y sin peleas, como si siempre hubiese sido así. aire libre La situación mayor, englobante, se vuelve inaccesible, principalmente porque no existe: está formada de pequeños indicios y situaciones que, conjugadas, no alcanzan a arman un mapa emocional de la pareja. Berneri llega hasta el límite de la intimidad incluso sexual de ellos dos, pero hay cosas que deja fuera de campo, y ahí reside su fuerza como narradora. Confía en la fuerza de las imágenes y no tiene miedo en dejar espacios a completar. Podría arruinarse de muchas maneras, con más diálogos, con actuaciones más afectadas, con menos elipsis, pero eso no sucede y justamente los silencios y los sobreentendidos son los que son: hacen partícipes de la intimidad. Y el hijo, siempre en el medio. A cada línea de diálogo de sus padres, le corresponde una acotación desde afuera suya, inocentemente. Incluso físicamente pareciera estar molestando, o fuera de lugar, incómodo consigo mismo. El chico no sólo tiene la inquietud propia de su edad y su cuerpo sino la de dos voces que se contradicen en su cabeza. Sus abuelos tampoco son la salida: con todos tiene una especie de tensión. Y suceden cosas, tiene pequeñas explosiones que son puntos importantes en la película porque afectan los padres, que ya bastante tienen con ellos mismos. A esta altura, ya está demás decir que en la película no se respira aire libre o puro. Los espacios son raros. La posible casa de la familia, siempre en construcción, es la que debería ser el lugar de la esperanza y sin embargo nunca transmite esa sensación. Al final, los que habitan los espacios son los que los definen y en Aire Libre este pequeño núcleo familiar vicia todo de infidelidad, de tensión sexual, de cosas nunca que se dijeron. Y no es fácil que ese aplomo se sienta en una sala de cine, pero esta película lo logra. Posdata: vayan a verla aunque más no sea porque tiene la escena de seducción más adorable y hipster del cine argentino.

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