Guillermo del Toro es el gran protector de los monstruos. El director mexicano, que ha dedicado su carrera al cine de género, decidió enfrentarse al desafío de adaptar de manera muy personal Frankenstein, la novela de Mary Shelley que representa uno de los íconos más grandes del terror. Si bien esta historia ha sido llevada al cine en múltiples ocasiones y es uno de los films más queridos de Universal de los años 30, del Toro no temió darle un nuevo rostro al monstruo y, sobre todo, narrarla desde puntos de vista novedosos bajo la pregunta que organiza todo el relato: ¿dónde reside lo monstruoso y lo humano?
Desde El espinazo del diablo, pasando por La forma del agua, Pinocho y la mencionada nueva película, el director ha abordado la temática de la otredad como aquello que nos aterroriza, pero que, si lo miramos con delicadeza, puede estar más cerca de la bondad que los propios humanos. Tanto la novela de Shelley como esta nueva adaptación ponen en juego tres conceptos clave que se entrecruzan constantemente: Dios, humano y monstruo. Ya no estamos frente a una dicotomía clásica, sino ante tensiones más complejas, porque vemos a un hombre oficiar de Dios y, por ello, acercarse a su propia monstrificación, mientras observamos a un monstruo adquirir lenguaje y civismo para devenir en “humano”.

De todos modos, la “lección” más importante de este film, que toma estructuras del melodrama —y donde se notan sus aspectos más débiles y a veces inverosímiles—, es que humano no es sinónimo de superioridad ni un estado al que necesariamente deberíamos aspirar, sino que allí suelen residir las mayores perversiones. Así lo demuestra el personaje de Elizabeth —maravillosamente interpretado por Mia Goth—, quien se refugia en los pequeños milagros de la naturaleza y desprecia la soberbia y la megalomanía de Victor Frankenstein (Oscar Isaac), el brillante y delirante médico que busca desafiar los límites de su humanidad.
Elizabeth puede ver realmente al monstruo: no se asusta ni siente desprecio por él. Como en La bella y la bestia, es quien sabe mirar más allá el que descubre la belleza en lo horripilante. Desde esa óptica también resulta muy acertada la elección de Jacob Elordi, uno de los galanes actuales de Hollywood, como intérprete del monstruo. La originalidad de la versión de del Toro de Frankenstein se encuentra en que la historia está narrada desde dos puntos de vista: el del doctor y el del monstruo, quien por primera vez tiene voz y conciencia para contarse a sí mismo y relatar sus experiencias. En este sentido, la modernidad de del Toro va un paso más allá y ofrece una nueva oportunidad a sus queridos monstruos.

Resignificar lo humano y lo monstruoso se inscribe en una larga tradición tanto literaria como cinematográfica: así lo vemos en El hombre elefante, Solo los amantes sobreviven, La bella y la bestia, entre tantas otras historias. En esta nueva película de Frankenstein, el director cuestiona los avances científicos como triunfos puros, expone lo miserable del ser humano y enaltece al monstruo que ha aprendido, desde las sombras, a construirse como un ser bondadoso.
Así, la falta de humanidad de la criatura no radica en su aspecto o en sus acciones, sino en el hecho de la inmortalidad, ese deseo que obsesiona al ser humano pero que puede convertirse en una prisión sin salida. En este sentido, lo humano también se define como ser gregario, y eso es justamente lo que busca la criatura en la película: compañía. Finalmente, la humanidad no se expresa en las grandes obras del intelecto ni en la ambición, sino en lo más primitivo: la posibilidad de morir y la importancia de rodearnos de otros.
Frankenstein está disponible en Netflix.









