Categorías: Cine
| Publicado
20/06/2019

Dolor y Gloria: Pedro Almódovar y la poética de lo confesional

En una de las entrevistas de promoción de Dolor y gloria, última película de Pedro Almodóvar, Antonio Banderas cuenta una anécdota que se puede parafrasear así: siendo él muy joven, estaba en un bar a la salida de una obra que interpretaba en un teatro. De repente, aparece Pedro Almodóvar y le dice que su rostro era cinematográfico, que tenía que hacer cine…. Almodóvar se va tan rápido como llega y Banderas entonces pregunta a quienes estaban allí, quién era ese tipo. Un director, ha hecho un par de películas, pero no llegará lejos, le dijeron. Lo cierto es que con Dolor y gloria Almodóvar demuestra que ha llegado muy lejos, mucho más que cualquier otro director. Y otro tanto demuestra Antonio Banderas, actor que estuvo al servicio del director español, con algún que otro intervalo, desde su primera colaboración con él en Átame! en 1990.

En Dolor y gloria, Banderas interpreta a Salvador Mallo, un director de cine que podría ser un haz de luz refractado del propio Almodóvar, labor que le valió el premio a Mejor Actor en la más reciente edición del Festival de Cannes, donde la película tuvo su presentación mundial.

Salvador Mallo está atravesando un momento de crisis. No dirige hace tiempo, tampoco hace ninguna otra cosa. Y vive afectado por dolencias de todo tipo, que se complican cada vez más con la llegada de la vejez. Está cada vez más encerrado en sí mismo y en su propia casa. Pero algo inesperado sucede cuando lo invitan a presentar una proyección de Sabor!, un antiguo film que dirigió hace ya treinta años. Este acontecimiento dispara y promueve una serie de encuentros que servirán para poner de nuevo en órbita su deseo creativo y amoroso, revisar su pasado y encontrar de nuevo un mundo afectivo que lo devuelva al ruedo y a la pasión por el cine.

Se dice que la película es confesional; que Salvador Mallo no es otro que el mismo Almodóvar. Y puede ser que sea así, pero poco importa para pensar la película en sus propios términos. Aquí se ofrece ante todo una poética, una idea de cine. Sorprende que con una puesta en escena de un artificio tan grande (todo parece ser rojo y celeste y estar lleno de luz…) Almodóvar consiga mostrar una belleza genuina y conmovedora. La destreza de Banderas es admirable, pero de nada valdría sin ese universo tan caro al director, que usó incluso su propia casa como locación. Almodóvar no juzga a sus personajes. Construye más bien un escenario en donde desplegar y mostrar sus vidas.

De lo que se trata, como en tantas de sus otras películas, es de una reflexión en torno al amor, a la infancia, al arte, al devenir de una vida que de repente se estanca. El paso del tiempo y la vejez… Salvador Mallo vive aquejado por una salud endeble, e incluso tendrá que ser operado. Lo extraordinario de Almodóvar es cómo logra otorgar a sus personajes un momento en donde se recuperan, en donde con sus dolores y amores perdidos, se ponen otra vez en marcha y recuperan un pulso vital que los devuelve a la vida, y así, al cine.