Categorías: Cine
| Publicado
29/08/2012

Mi Idaho Privado: La ruta hacia la identidad

¡Seguimos con el especial de Road Movies! Esta vez nos encontramos con una película ícono. Ícono de las Road Movies, del cine “queer” y de lo “indie”.

Mi Idaho Privado” (My Own Private Idaho, Gus Van Sant, 1991) se vuelve icónica de una generación, de una forma de vivir, de una actitud (la encontramos citada, por ejemplo, en otro hito del cine queer, “Tarnation”). El punk, las drogas, la rebeldía, el vivir a la deriva, el descubrimiento de la sexualidad, pero sobre todo la bandera de la Juventud son lo que sostiene este maravilloso film.

Mike (River Phoenix) es un taxi boy que vive a la deriva con su amigo Scott (Keanu Reeves). Juntos, emprenden un viaje en búsqueda de la familia de Mike. En el camino vivirán variadas experiencias que los llevarán a hallar su lugar en el mundo y a construir de a poco su identidad. Esta Road Movie representa el camino de una búsqueda, las rutas “indie” hacia el propio ser.

Gus Van Sant nos recibe con una primera imagen: una ruta desolada. Al lado del camino un atractivo joven que sufre de narcolepsia, intentando encontrar alguna dirección. Es que Mike parece flotar durante todo el film, levitar y dirigirse acorde sople el viento; se traslada de espacio en espacio, ciudad en ciudad como si nada. Mike no está arraigado a nada, es por esto que la travesía empieza impulsada por esta necesidad de reunir los retazos de su familia, con una intención (pareciera) de crear su propia identidad, de crearse una historia. Scott, en este sentido, aparece como todo lo contrario: aquel que goza de un status social acomodado con una familia “hecha y derecha” pero que decide huir, buscar su identidad justamente en los espacios de falta, desprovistos de toda idea de familia.

El camino que emprenden los excéntricos amigos viene cargado de personajes no menos curiosos, entre los cuales figura Budd, interpretado nada más y nada menos que por Flea (bajista de Red Hot Chili Peppers), que encarna el papel de súbdito del “capo” de las calles, Bob (William Richert). La impecable fotografía que nos muestra un Idaho y un Portland increíbles. Los escenarios sórdidos que portan una belleza inexplicable. La ambigua relación de Mike y Scott logra formar  una atmósfera tensamente sexual sin mostrar casi nada. Pero una de las cosas más contundentes del film es la fortaleza que toma el espíritu joven: todos chicos hermosos, vendiendo su cuerpo a viejos ridículos y mofándose de ellos, sin importarles nada, sin reparar en un futuro, una suerte de “Live fast, die Young”.

La experiencia de lanzarse a la ruta sin premeditar nada, la osadía de entregarse al amor y al peligro quedan plasmadas en esta historia de forma ideal. Se constituye como hito de una cultura outsider, border e indie: la indumentaria, los looks, la fotografía, la actitud ante la vida, etc. “Mi Idaho privado” es una historia de amor y de búsqueda, un desborde de experiencias que incluyen lo melodramático, lo ridículo y cómico, lo emotivo y lo fatal. La aceptación de una realidad y de la soledad, el elegir estar de un lado o de otro, el enfrentamiento a las figuras paternas, el descubrimiento de uno mismo, del otro y del amor, mechadas con ataques de narcolepsia, son las vivencias de estos dos rebeldes, que hacen uso (y abuso) de su juventud para enfrentar a una vida de la cual no tienen plena conciencia pero que planean burlar. Un viaje único, de la mano de uno de los mejores directores del indie norteamericano que inevitablemente nos lleva a buscar esos retazos de identidad negada, perdida, o añorada.