“La idea de Toynbee/ En la película ‘2001’/ Resucitará a los muertos/ En el planeta Júpiter”. Desde 1989, mosaicos a lo largo de Estados Unidos y hasta en Sudamérica con esta inscripción aparecen en lugares imposibles. Tres treintañeros se encontraron con estos y decidieron oficiar de detectives y no dejar que el misterio les gane. Todo ensueño, toda idea perdida puede terminar siendo una nimiedad o el comienzo de un trastorno conspiracionista. Por momentos ellos (y nosotros) se preguntan si todo esa búsqueda tiene sentido, y por otros parece que es todo un gran plan para que la misteriosa idea que quieren reflejar estos mosaicos no se dé a conocer. Entre estos dos extremos se mueve (y nos mueve), la ganadora de la categoría documental en el festival de Sundance del año pasado, Resurrected Dead: Mistery of Toynbee Tyles (2011). Con extensos esfuerzos de producción y un gran montaje hace que recordemos grandes documentales como The Devil and Daniel Johnston o Tarnation. La película va como en un crescendo en el que primero conocemos a los pseudo-detectives y su historia y cómo conocieron estos mosaicos pero luego seguimos sus avances en la investigación que con sus altibajos tiene un ritmo razonable. Lo malo de este documental es que, al tener intermediarios en la investigación, se diluye a veces la fuerza de la narración en sí. Porque convengamos que es lo suficientemente poderosa la historia, no es necesario agregar personajes que no son estrictamente necesarios. Estos mosaicos son una especie de abuelos de las publicidades virales de internet y la televisión. Meterse en el espacio público y esperar una participación activa de quien los ve, intentando generar una inquietud. El film puede servir como base para ciertas discusiones acerca de cómo es que nos pueden influenciar, de qué manera es que nos atrapan. No sólo los famosos mosaicos sino todo el estímulo visual al que nos vemos sometidos en nuestra vida cotidiana. El poder que tiene el marketing es inmenso y nosotros no nos damos cuenta. Pero sigamos hablando de cine. El acierto del film es organizar todos los datos de una manera eficiente y ordenada con el fin de unir pistas que parecían inconexas y hacerlo de manera amena. Dicen que lo que más bronca da no es una película mala, sino una película desaprovechada: esta no es que lo esté, pero por momentos está cerca de perderse en la intrascendencia a causa de los pormenores de la investigación. Ese es el riesgo que corre la película, el de seguir paso a paso y sin omitir ningún capítulo de la búsqueda. Todos los elementos cuestionables de este documental son decisiones de estilo, con las que quien escribe no está de acuerdo, pero eso no impide disfrutar de un film tan bien hecho como este. La cantidad de referencias pop que siembra el creador de los mosaicos parece hecho a propósito, a medida de lo requerido para que tenga éxito una película de estilo independiente, lo que lo hace que esta sea una película más llevadera. Los 86 minutos de duración transcurren entre conspiraciones, paranoia y misterio conjugados de manera irresistible. Así es como se presenta este documental clásico en su forma, pero realmente intenso en su contenido. Logra inquietar, logra incomodar. Más allá de sus aspiraciones de una historia a nivel mundial, también hay espacio para rasgos muy humanos, por parte de los investigadores y del investigado. Imperdible para el “conspiranoico” que todos llevamos dentro.

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