Sin-Dee y su mundo están teñidos de colores estridentes que queman la pantalla. Por momentos, pareciera que el fuego interno de aquellos personajes aflorara desde sus cuerpos hacia la imagen. Así es como el director Sean Baker presenta Tangerine, un film donde la escena la ocupan los rezagados que habitan la ciudad: chicas trans, inmigrantes y proxenetas recorren las calles soleadas de Los Ángeles mientras cae la nochebuena.

Allí, Sin-Dee acaba de salir de la cárcel y se embarca en una odisea por encontrar a la mujer con la cual, se supone, la ha engañado su novio mientras ella estaba tras las rejas. Sus pasos frenéticos que avanzan sobre las calles no hacen más que afirmar, a pocos minutos de la escena inicial, que el movimiento es el conductor del relato y el constructor de su expresión plástica. El film es uno de carácter nómade, donde la inquietud de los personajes es tanto avance dramático como aproximación estética: el registro captura la agitación y el desplazamiento, los travellings siguen los viajes de Sin-Dee, la música marca el ritmo, y el montaje acelerado apura al límite la velocidad de la cámara y los cuerpos.

Reconocida por haberse filmado con un iPhone 5S, la película de Baker no sólo viene a re-confirmar que el cine puede hacerse con escaso presupuesto; su principal afirmación es, quizás, que el dispositivo técnico del iPhone no supone precariedad ni obstrucción creativa a su tratamiento estético. La forma de la película queda sedimentada entonces por la voracidad e impulsividad descontrolada que mueve a los personajes y que nos arrastran junto a ellos en el avance de la historia, casi como si fuéramos la pobre rubia que Sin-Dee empuja de los pelos por los rincones de Los Ángeles. El color, siempre notable, adquiere un carácter expresivo muy peculiar, donde las tonalidades chillonas y saturadas acompañan la vitalidad y el dramatismo de los protagonistas.

Semejante a su trabajo anterior en Starlet (2012), el gran acierto de Baker yace en la construcción de un relato cómico ubicado en un contexto marginal, donde los personajes no son víctimas de la explotación o la subestimación de su autor, sino por el contrario, son cuidados y protegidos por un cariño que los reconoce humanos. Los picos de comicidad y éxtasis que exudan el director y sus criaturas estallan hasta llegar a su clímax: de repente, hay una suspensión de los tonos y los tiempos. Una música atmosférica acompaña el detenimiento y la película abraza una oscuridad inesperada. Para ese entonces, Sean Baker nos sugerirá que tal vez, en medio de las risas y los colores que decoran aquel mundo, haya cierto desencanto y soledad que aqueja a los personajes.