Parece que Divina Encarnación existe desde hace muchos siglos atrás, pero en realidad le tocó nacer en el barrio de Belgrano en Buenos Aires a finales del siglo XX. Vino al mundo en una Argentina vapuleada por la dictadura cívico-militar y creció durante la década del glamour y decadencia menemista donde aprendió en forma autodidacta e intuitiva a hacer música. Primero comenzó con la guitarra, bajo y batería y luego continuó con el piano y los teclados, instrumentos que forman parte de su repertorio actual.

Sobre sus orígenes, comenta que “escuchaba música industrial, como Nine Inch Nails, quería hacer otra cosa y solo tenía una guitarra. Después me junté con una cantante lírica e hicimos algo hippie pero oscuro. Empecé a hacer unas performances con la criolla, más como una varieté. Estuve un tiempito con eso y después volví a tener el deseo de componer. Eso me dio pie a arrancar con mi proyecto artístico, primero como banda, pero no caminó y me mandé solo”.

¿De qué se trata Divina Encarnación? Es un imaginario gótico y épico que combina zombies, mitología y la sinfonía y el drama como ejes fundamentales a nivel musical. “Voy luchando con demonios,» nos cuenta, «es una sensación envolvente, en mi mente me imagino dragones volando, dos lunas, un sol, o por ejemplo: ¿qué pasa si nos empezamos a derretir y salen cosas debajo de la tierra?”. Lo que busca este artista es una armonía más clásica (una ópera, un vals) combinados con cajas de ritmos, teclados y una voz de barítono como soporte esencial de sus canciones. “Lo mío está en la composición, en buscar los acordes, no en perillear sintetizadores. Busco un efecto dramático, más que una textura de sonido.” Tanto en sus videos como en sus canciones, se genera una sensación de película, con clichés del horror, típico del cine de David Cronenberg, con toques satíricos y caprichosos.

¿Cuáles son las referencias de este compositor ecléctico y diverso? “Me siento más cercano a esas expresiones del siglo XVI que al rock o al indie. El ser, Shakespeare, las sombras, la muerte, va todo por ahí. Me encantan los museos, el arte plástico. Hay artistas a los que admiro mucho: Bach, Rachmaninov, Erik Satie, toda la movida dark de Bauhaus, The Cure, David Bowie, Depeche Mode, la música de los ’80 tiene buenos cantantes con voz gruesa, Jim Morrison de The Doors, también”. De lo que se hace ahora actualmente, le interesa Sophie y Arca, dos músicxs que crean techno electrónico con sonidos muy trabajados.

Hace más de 20 años que Gonzalo Diessler, el artista detrás de Divina, se dedica a la música, en un sentido de comunión con algo mayor, un transcender espiritualmente. Sus creaciones son pensadas como una entidad, sobreviven al paso del tiempo, se vuelven un ciclo eterno. Su seudónimo juega con lo andrógino (¿es masculino? ¿femenino? ¿no binario? ¿todo junto?) y con las aristas que disparan los significados: la performance en vivo, la experiencia, los videos y el trabajo de cada disco. Sobre el proceso de grabación, Diessler aporta: “Llevo las cosas hechas en la caja de ritmos, o algunas programaciones en el estudio. Laburo con Juan Manuel Segovia hace 8 años. Él es el ingeniero de sonido, me grabo, le digo que meta unas guitarras.”

Divina Encarnación, en sus propias palabras, no puede parar de hacer. En su haber, lleva grabados 9 discos, de los cuales se destaca la trilogía de Guarrior (2015), Penando en el trópico (2017) y Gótico tardío (2018). En estas producciones, se refleja el ascenso, clímax y ocaso de un héroe latino preso de la posmodernidad. Ya no hay que rescatar a nadie, salvo a unx mismx, lo que se asemeja peligrosamente a una épica absurda y mordaz.