Foto: Melanie Guil

Una reseña sin universalizantes, eso es lo que me propuse hacer con este escrito. Comunicar todo el sentir que genera en mí Madura el dulce fruto sin prescribírselo al lector. No con un tono diario íntimo ni mucho menos, sino evitando generalizar, alejándome de artículos y verbos en plural, para hacer más explícita la multiplicidad de experiencias posibles. También me propuse no gastar el tiempo de quien está detrás de la pantalla contextualizando estos sentimientos con mi rica y vieja relación con la música de los 107 Faunos. La idea es escribir del disco, desde el disco, y dejar esa linda historia como un incógnito, parado al costado, generando atención solo por su inminente presencia. Cuando sea menester, hablamos de eso (así existe otra vez).

Estos meses tuve una relación única con el disco. Fui honrada con el privilegio de escucharlo mientras devenía en su forma final. El chiste fácil es decir que lo vi madurar, pero fue mucho más que eso. Lo vi encontrar su forma, conmovida por atestiguar la fuerza con la que empujó hacia adentro, con la sabiduría y asertividad de quien conoce su esencia y va en busca de ella. Por eso nunca me sorprendió “El baile del fantasma”, porque siento que, a esta altura del partido, un disco de los 107 Faunos no puede arrancar de otra manera que demandando atención, convirtiendo urgencia expresiva en irreverencia y estilo. Mi reacción fue distinta al encontrarme con “Neón en la selva”, el hito que funda el sentir de este apabullante disco. Me rendí en una sonrisa, con una forma extraña de alegría, más cercana a un sentimiento de orgullo, pensando en que toda espera fue bienvenida si consigo trajo esto. Tiempo después, en una nueva escucha, escribí “himno generacional” en una anotación que resistió incontables visitas: no era exaltación descomunal, eran coros inmensos rodeados de versos humildes, de esos que llenan de aire los pulmones y ponen palabras en la boca. No esperé que me pudiera llenar tanto, esta canción creó en mí un vacío que solo en sí misma pudo atender, casi con la misma rebeldía con la que se posicionó como un innecesario, y a la vez bienvenido, hito consagratorio en la carrera de los 107 Faunos.

Entonces llegó “Una geoda”, acentuando eso que sentí latente en los primeros minutos y se construyó más fehaciente con el pasar del tiempo. Madura el dulce fruto es un disco que se hace grande en los espacios, su mayor virtud es la paciencia con la que erige su poderío emocional. Trasciende la calma de los idiófonos de “Dunedin”, se encuentra en la delicada dicción de Bava en “Pico tres” que genera su efecto hipnotizante, o en aguantarse las ganas de gritar en “Llorando en la mansión prestada” para privilegiar su acentuación ornamental y así crecer a la par del disco. Es una vieja receta de los 107 Faunos, deviniendo en maestría con el pasar de los años: cultivar estos recursos sirve precisamente por el sentimiento arrollador que provoca su disrupción. Romperlo solo para verlo romperse. Un viejo juego de tensiones e impredecibilidad, donde la calma de los suspiros y el xilofón solo es tal porque la tormenta se presentó en forma de gritos guturales y guitarras estridentes. Y en el medio… el magnetismo de lo incierto. Y la gratitud de apreciar el arte de los Faunos precisamente por su capacidad de estimular, de desafiar lugares comunes, de pedir más del oyente y brindarle el momento de mayor esfuerzo emotivo en una línea con el nombre de una cevichería peruana.

Todo se reduce a sentir. Y para alguien como yo, que envejece con el miedo de generar una amalgama entre los estímulos visitados del mundo y las sensaciones que estos despiertan, es muchísimo. Me esperanzo al saber que no existe vida suficiente que pueda privarme de sentir sollozos con los arreglos melismáticos de “Transparente”; que no existe un cúmulo de pasajes instrumentales nostálgicos que me eviten cerrar los ojos y asentir con fuerza en “El ataque suave”; que mi cuerpo todavía elige rebelarse al decoro y aprieta los puños cuando llega el resquebrajante llamado a “Besar la medallita”. Está mal creer que crecer no se siente (citando a Las Ligas Menores). Crecer se siente, especialmente en momentos como este, donde el reservorio de recuerdos, eventos transformativos y discos internalizados exige presencia y exprime afecto. Así es cómo nace esa sonrisa inevitable al escuchar a una banda favorita gestar su mejor versión, algo así como la satisfacción de haberle encontrado una compañera al “muchacho lobo” (en “Pico tres”) al cabo de una década. La alegría inmensa de vivir culturas juveniles que no se van a ningún lado.

107 Faunos – Madura el dulce fruto

2018 – Discos Laptra

01. El baile del fantasma
02. Neón en la selva
03. Una geoda
04. Pico tres
05. Duendin
06. El óxido sonoro
07. Besar la medallita
08. El ataque suave
09. Llorando en la mansión prestada
10. Transparente
11. Buzo con capucha
12. Amante de la velocidad
13. El jardín de cemento