¿Qué hizo Odiseo cuando volvió a Ítaca? Mató a los pretendientes de su amada Penélope, sí; volvió a la casa de su padre y le mostró sus cicatrices, también. Pero ¿qué hizo después? Las paces. La diosa Atenea lo obligó a sellar un pacto de paz con sus enemigos.
En “Badlands”, la primera canción de Little Wide Open, Kevin Morby nos da la bienvenida a su región. Es también una bienvenida para sí mismo: nacido y criado en Lubbock, Texas, Morby dejó la escuela para probar suerte con la música en Brooklyn, donde formó su banda de indie slacker y se lanzó como cantautor solista. Entonces conoció a Katie Crutchfield, de la banda Waxahatchee. Se enamoraron, se convirtieron en socios en la música y en la vida, y decidieron volver a vivir al Midwest yanqui que Morby había abandonado tantos años atrás.
Lo que se escucha es consecuente. A su folk-rock lo tracciona una percusión ansiosa y una cadencia poética que agarran de la oreja al oyente y lo revolean por sus bares y sus calles. “De vuelta en el pueblo”, canta en "Javelin": “sabés que estuve viajando”. Y no solo eso. “Me estaba sintiendo viejo, estaba en el escenario, estaba extrañando a mi mujer, estábamos pasando de página”, dice en "Die Young", y tras volver a su casa remata: “Menos mal que no morimos jóvenes”. Son las primeras tres canciones, también los tres sencillos que sacó antes del disco, como para decir: el principio ya lo saben, lo que sigue vemos.
Hay una especie de romanticismo acá. No uno destructivo, de artista maldito que se consume, sino más bien uno ligado al sacrificio con un propósito. No por nada Kevin Morby recuerda "Square One", de Tom Petty, como la canción que encendió la chispa de esta nueva obra: “De vuelta al primer casillero”, dice el estribillo. “Tomó un montón de problemas, tomó un montón de lágrimas, tomó un montón de tiempo volver hasta acá”.
Entonces, ¿qué hace Morby? “Un pacto”, canta. “Y viviremos por siempre con el viento en las espaldas, mezclá tu sangre con la mía, que nuestras canciones construyan habitaciones en el tiempo”.
Little Wide Open se desnuda para empezar de cero. Ese pacto que propone es un llamado a no quedarse sentado. A Morby casi no le hacen falta estribillos porque está cansado de mirar hacia atrás y solo avanza, avanza, avanza. Lleva consigo sus fantasmas, sus amigos muertos a los que siempre les cantó para que lo acompañen en el camino (antes en “Jamie” y en “Triumph”, ahora en “All Sinners”), pero las canciones suplican seguir viviendo: “Tiempo, compartimos el mismo sueño de estirarnos hacia la eternidad”. Y para eso se necesita estar ligero: junto a un disfrute renovado por el paisaje natural del Midwest aparece una vuelta a los sonidos crudos del country, con banjo y lap-steel. Así, la explosión que antes podía estar en un verso o en un riff se extiende en un ánimo que le da aliento a todo el disco.

Pero veamos la imagen completa. Little Wide Open es el final de un camino. Este lanzamiento viene a cerrar una trilogía que comenzó con Sundowner (2020) y siguió con This Is a Photograph (2022), aunque las obsesiones que se repiten en estos tres discos vienen de mucho antes. El viaje y la ruta, elementos esenciales en la obra del tejano, lo convierten en un heredero legítimo de la tradición americana de Johnny Cash, Bob Dylan, Bruce Springsteen y Tom Petty.
Por si hiciera falta otro puente hacia La Odisea, vale recordar lo que dijo Jon Stewart al introducir a Springsteen en el Salón de la Fama del Rock and Roll (algo que, de paso, vale para el buen Morby): “No entendí su música por muchísimo tiempo. Hasta que empecé a anhelar. Hasta que empecé a preguntarme por lo que estaba haciendo con mi vida. Hasta que me di cuenta de que no era solo una perfo divertida en un escenario, sino que era sobre historias de vidas que podían cambiar. En ese entonces yo trabajaba en un bar de Nueva Jersey y cada noche, tras cerrar, me metía en el auto y ponía un disco de Bruce Springsteen. Y entonces todo cambiaba. Nunca más me sentí un perdedor. Porque cuando escuchás la música de Bruce, no sos un perdedor. Sos un personaje en un poema épico… sobre perdedores”.
Kevin Morby busca ese cambio, esa épica. Pero, al mismo tiempo, la observa a la distancia, como el comediante que hace ese stand-up. Sabe que todos esos genios del pasado fueron y vinieron, que las rutas ya están gastadas y que, justamente por eso, hay que seguir profundizando, pero de otra manera. En estos tres discos, entonces, esa típica ruta yanqui se transforma en una especie de meta-viaje. Un viaje de viajes. Sundowner proponía una excursión: canciones como “Wander” y “Valley” se enfrentaban a la aventura, a lo desconocido. En This Is a Photograph, Morby volvía a la casa de sus padres y revolvía las fotos. En la música se permitía un despliegue formal que compensaba un poco el minimalismo del tema que abordaba. El viaje parecía haber terminado: solo le quedaban recuerdos y recursos. Pero con Little Wide Open se obliga a no rendirse.
Primero, se da cuenta de que aún tiene un camino por recorrer en su propia región, en su propia casa. Segundo, el milagro: ese camino es pura creación. Ya viajé, ya me divertí, ya volví, ya me deprimí, ya pensé que todo estaba perdido, parece pensar Morby, ¿pero entonces? “En un mundo que mata, no me puedo quedar sentado”, canta. “¿Es un suicidio si me muero buscando el asombro, intentando que me crezcan alas?”.
Puede ser una conexión fácil, pero también es inescapable. Tras instalarse en las afueras de Kansas con Katie Crutchfield, hace unos meses Kevin Morby se enteró de que va a ser padre. ¡En “Javelin” incluso le propone casamiento! La música es lo que crea su vida, y ya no al revés. Por eso, cuando en “Cowtown” dice que “nadie hace un ruido excepto yo con mi guitarra”, se produce un silencio y nace un solo. Por eso, también, cuando canta “voy a vivir a través tuyo”, puede estar hablándole a su futuro hijo, a su futura esposa o a su canción.
En varios sentidos, Little Wide Open se propone ser un disco que no contiene solo la experiencia, sino también el futuro. Está dibujado como un mapa. Está dictado como una orden, aunque sea para sí mismo. Y quien quiera oír, que oiga. En los festivales por los que se pasea, Morby comparte escenario con artistas como Kurt Vile, Sharon Van Etten, Bon Iver o Mumford & Sons. Aaron Dessner, el productor de este último disco, proviene de esa misma escena del indie norteamericano que ha logrado su buena fama en la última década. Juntos parecen cantarle a su propia generación y a quienes vendrán después: intentan llegar a ese pacto para seguir construyendo un mundo que valga la pena a través de la música.
En el Midwest en el que camina Morby muchos ven desierto y decadencia, pero él se encuentra con el cielo, con los antepasados y con su destino. En una entrevista confesó que “la falta de acceso a la cultura hace que un midwesterner tenga una sed de vida. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de la belleza del Midwest en sí”. Lo mismo vale para cualquier lugar, para cualquier situación, como él canta: “Viene la lluvia, viene el diluvio, viene el fuego y todo lo demás. ¿Qué tan malo puede ser?”
La épica no solo puede existir entre márgenes estrechos, sino que es ahí donde más vale. Con esto en mente, Little Wide Open tiene poco y logra mucho. En "Field Guide to Butterflies", Morby canta: “Ya sé que no puedo estar siempre en todos lados, pero mirá cómo muero en el intento”. En fin. Es mentira que la esperanza sea lo último que se pierde. Eso sí: es lo primero que se necesita.
Little Wide Open está disponible en plataformas (Bandcamp, Spotify, Tidal).











