Pocas cosas parecen aburrir tanto a Emmanuel Horvilleur como permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar. Su recorrido puede leerse como una sucesión de movimientos guiados por una curiosidad que sobrevivió al paso de las décadas, los cambios de escena y las transformaciones de la industria. A esta altura, su mayor patrimonio quizás sea justamente ese: conservar el entusiasmo suficiente para seguir enfrentándose a una canción como alguien que todavía tiene algo por descubrir.
A esta altura de su carrera, Emmanuel Horvilleur conoce bien la distancia que puede existir entre una canción terminada en el estudio y aquella que finalmente encuentra su forma frente al público. Mi año gótico, su octavo álbum solista, fue concebido teniendo especialmente presente ese segundo momento. Después de varios meses incorporando parte del repertorio a sus conciertos, el próximo 15 de agosto llegará al C Art Media con un show que terminará de desplegar esta etapa y sumará nuevas piezas a un repertorio que permanece en movimiento.
“Es un disco que se hizo un poco con eso en la cabeza, con poder tocar la mayoría de las canciones en un show en vivo. Ya venimos hace varios meses con la banda y estamos disfrutando de tocar cinco o seis canciones del disco, y seguramente acá entren otras. Creo que también se fundió bien con el show que veníamos trayendo: el show de Aqua di Emma se vio alimentado por bastantes canciones de Mi año gótico. Siempre estamos buscándole algo nuevo a ese repertorio”.
El título, sin embargo, conduce hacia un lugar bastante diferente al que podría sugerir una primera lectura. La tradición gótica funciona apenas como una coordenada distante para un artista que lleva décadas encontrando estímulos fuera de los límites esperables de su propia música. Esta vez, la palabra terminó condensando una percepción mucho más amplia del presente y, al mismo tiempo, funcionando como brújula creativa para terminar de darle forma al álbum.
“Desde que tengo la palabra ‘gótico’ en el título, me encuentro con gente de ese movimiento que me empieza a seguir, y realmente mi disco no tiene eso. Usé esa palabra porque tiene fuerza y me gusta tomar coordenadas de cosas que se salgan de lo que soy yo. A la vez, sentía que estábamos viviendo un momento gótico, un momento oscuro a nivel mundial, con tantas cosas que se fueron tornando brumosas: las guerras, internet, la inteligencia artificial, esto de que todo el mundo tenga una voz y muchas veces la use mal o para atacar al otro. Todo eso que nos rodea y también resulta cansador. Un día apareció Mi año gótico, quedó anotado en un cuaderno y terminó ganándole a todo lo demás. Me representaba y, además, me daba material para seguir buscando”.
Esa búsqueda todavía no terminó. Casi un año después de la publicación del álbum, Horvilleur prepara una edición deluxe con cinco canciones que quedaron orbitando alrededor del proyecto y que ampliarán su universo en agosto. “Ahora, por ejemplo, en el deluxe hay una canción que se llama ‘Agüita con sal’, que es bien Mi año gótico y quedó afuera porque sentía que tenía que darle luz después. Otra se llama ‘Tomates’ y dice: ‘Mejor me voy a comprar unos tomates, la falsa sangre sirve para más combates’. Estas cinco canciones vienen a potenciar el disco, pero también a despegar hacia otro lado. Por más que me guste dejar guiños con lo que vengo haciendo, siempre me interesa empezar a plantear hacia dónde voy a ir”.

La convivencia entre sensibilidad pop y groove atraviesa buena parte de la discografía solista de Horvilleur. Desde Música y delirio, publicado en 2003 después de la primera separación de Illya Kuryaki and the Valderramas, sus discos fueron construyendo una identidad donde las canciones pueden moverse entre distintos estados de ánimo sin perder su vocación rítmica. Más de dos décadas después, Mi año gótico encuentra a Emmanuel todavía interesado en explorar las tensiones que aparecen dentro de ese lenguaje.
“Creo que es una búsqueda que vengo llevando a cabo hace tiempo. Cuando salió mi primer disco solista, Pablo Schanton dijo algo así como que era ‘un dolor que se puede bailar’. Me gusta jugar con esos opuestos: ser pop, bailar, tener luz, pero también tener mis cosas de melancolía, tristeza o incluso depresión, porque también son parte de mí. De la tristeza muchas veces me gusta salir bailando o buscando la luz, algo más positivo. Los opuestos siempre fueron parte de cómo me gusta jugar con la música y con las letras”.
A lo largo de ocho discos, esa continuidad también generó conexiones internas entre canciones separadas por años. Horvilleur reconoce familias dentro de su propio catálogo, ideas que reaparecen y se transforman con cada nueva visita. En lugar de concebir su discografía como una sucesión de rupturas, su recorrido permite seguir determinados hilos que atraviesan distintas épocas y encuentran nuevas formas a medida que cambian su manera de producir y componer.
“A veces siento que ‘Llamame’, ‘Amor loco’ y ‘1000 días’ son canciones como primas, que se van buscando, y a la vez intento ir perfeccionando eso que ya es parte de mí. Tampoco temo repetirme; al contrario, sigo buscando por ese lado porque son coordenadas que me gustan. Quizás lo diferente de este disco esté en algunas formas de producción”.
Esa conversación con su propia obra alcanza también los años de Illya Kuryaki and the Valderramas. Con décadas de canciones a sus espaldas, Emmanuel puede recuperar herramientas de distintas etapas y hacerlas convivir dentro de un mismo presente creativo. Mi año gótico funciona así como un espacio donde esas huellas aparecen reordenadas, incorporadas a una producción que se permite circular por distintos lenguajes sin establecer jerarquías entre ellos.
“‘Tu cara de culo’, por ejemplo, es una canción que tal vez antes no tuve: una especie de balada funk, con obligados y todo eso. Capaz lo teníamos más en Kuryaki. A veces uno toma cosas de Kuryaki o cosas que hice en el pasado y las vuelve a traer al presente. En este disco también jugué un poco más con rapear en ciertos momentos. Son búsquedas que están dentro de una esfera que me gusta investigar: el soul, el funk y, obviamente, la música bailable. Yo le digo disco, pero puede ser house también. Temas como ‘Ya es tarde’ o ‘Santo Domingo’ tienen ciertas coordenadas de música electrónica. Me gusta mezclar todo”.
Las colaboraciones de Mi año gótico ponen en diálogo distintas generaciones y etapas de la trayectoria de Horvilleur. Algunas nacen de vínculos que se remontan a sus primeros pasos en la música; otras, de encuentros acumulados durante años o de afinidades más recientes. El resultado reúne en un mismo disco a Fito Páez, Alex Anwandter, Ale Sergi, Javiera Mena y Julián Kartun, nombres que también permiten reconstruir distintas ramificaciones del pop latinoamericano.
“Hay artistas que me han influenciado y otros que siento como pares. En algún momento aparecen unos crossroads, puntos del camino donde nos encontramos. Fito, por ejemplo, fue uno de los primeros que nos invitó a subirnos a un escenario con Dante [Spinetta]. Subir al escenario del Gran Rex en el 90 para cantar ‘Fabrico cuero’ y ‘Sólo los chicos’ fue para mí decir: ‘Ah, es por acá, esto es lo que quiero’. Después de 35 o 36 años se cierra un círculo increíble con ‘Caetano’, que además lleva el nombre de otro músico que es una influencia enorme para mí. Alex también es un músico que admiro mucho y me encanta su manera de encarar la música y producir. Vino al estudio, escuchamos unas canciones y terminó sumándose. Es alguien con quien me gustaría volver a trabajar”.
Algunos de esos cruces, incluso, forman pequeñas sociedades creativas dentro de una trayectoria extensa. “Con Ale compartí un montón de cosas: con Miranda!, con mi carrera solista e incluso hicimos dos canciones juntos en Meteoros. Creo que debe ser uno de los artistas con los que más me crucé, más allá de Dante o de mi hermano. Ya debemos haber trabajado en cinco o seis canciones. A Javiera la conozco de cruzármela y también me gustan muchísimo sus discos”.

La posición que Horvilleur ocupa actualmente dentro del pop argentino adquiere otra dimensión cuando se observa el contexto en el que comenzó su carrera solista. En 2003, Música y delirio apareció en una escena dominada por otras expresiones del rock, mientras una nueva generación de artistas empezaba a ensanchar los márgenes del pop local. Los discos siguientes terminarían de construir un catálogo que hoy permite conectar aquel comienzo con una escena mucho más amplia.
“El sonido que reinaba era otro: había un rock mucho más crudo, el rock barrial, y el pop era todavía algo más indie. Estaba Babasónicos con un disco exitoso como Jessico, arrancaba Miranda!, pero todavía no había prosperado tanto. Después aparecieron un montón de bandas. Hay algo de ese comienzo mío muy ligado a un nuevo pop, un pop refinado, con toques de funk y mezclando estilos. Para mí arrancó con Música y delirio, se potenció en Rocanrolero y llegó a otro estado con Mordisco, con un montón de canciones que fueron muy exitosas y que el año que viene van a cumplir veinte años. Una locura”.
Esa historia también volvió a ponerse en movimiento recientemente con Illya Kuryaki and the Valderramas. Después de varios años concentrados en sus respectivos caminos solistas, Horvilleur y Dante Spinetta comenzaron a reencontrarse de manera puntual sobre los escenarios. Lo que empezó con una invitación del Festival Buena Vibra abrió una serie de presentaciones por distintos países de Latinoamérica y recuperó un repertorio cuya potencia continúa funcionando varias décadas después de haber sido compuesto.
“Agradezco mucho a Buena Vibra porque fueron los primeros que nos convocaron y nos sacaron un poco del freezer musical. Después vino Cordillera en Colombia y este año hicimos varios shows: República Dominicana, Perú, Uruguay y a fin de año nos vamos a Chile. Estamos contentos con ese show. Básicamente, es como un gran desfile de éxitos: puede entrar un tema o salir otro, pero sigue siendo emocionante subir al escenario con Dante y con todos esos músicos a tocar canciones que tienen muchísimo power”.

La distancia entre aquellos años de actividad permanente y estos encuentros esporádicos también modificó la experiencia para Horvilleur. Cada presentación concentra ahora una historia compartida que durante los noventa se desplegaba entre giras, discos y recitales sucesivos. Volver ocasionalmente a esas canciones exige recuperar su intensidad desde otro momento vital y artístico.
“En los noventa tocábamos un montón y, obviamente, cuando tocás mucho simplemente le metés. Ahora cada show es una celebración puntual y me los tomo como lo que son, casi como partidos de un Mundial. Es algo muy power. Los disfruto muchísimo y, a la vez, siento que tengo que estar a la altura de esas canciones, del poder que te exige ese repertorio”.
Después de tantas canciones, escenarios y vidas musicales acumuladas, Horvilleur parece haber encontrado una manera bastante simple de relacionarse con el paso del tiempo: seguir avanzando antes de que la nostalgia pueda alcanzarlo. El pasado está ahí, disponible para visitarlo, celebrarlo e incluso transformarlo, pero nunca como un lugar donde instalarse. Quizás por eso su recorrido conserva algo difícil de sostener después de tantas décadas: la sensación de que la canción más importante todavía puede ser la próxima.
Emmanuel Horvilleur se presentará el sábado 15 de agosto a las 21 h en C Art Media (Av. Corrientes 6271, CABA). Entradas disponibles a través de Passline, 25% de descuento con Comunidad Indie Hoy.









