En la repetición habita una de las claves del aprendizaje. En la repetición radica lo hipnótico: sea que habite en un río que se aleja y se acerca al mismo tiempo o en el sonido de un grillo metronometrado en un campo infinito que deja ver cómo cielo y suelo se tocan. Es fácil disfrutar ese estado; lo difícil es capturarlo y hacerlo propio. En la repetición y el uso de pocas tonalidades —combinados con el sample y la multiinstrumentación—, Iñaki Zubieta (aka Guazuncho) encuentra la libertad suficiente para transformar el sonido en atmósfera, narrar su tierra y hacer converger el chamamé con el ambient.

Nacido y criado en Corrientes, para él el chamamé siempre fue un elemento que, ya desde pequeño, venía añadido a la mera experiencia de existir. “No te puedo decir cuándo lo escuché por primera vez, pero me pasaba que lo asociaba con música de asado o de reunión en el campo los domingos al mediodía. Un acordeón repetitivo sonando de fondo, como si fuera parte del paisaje. Siempre estuvo”, cuenta en conversación con Indie Hoy. Tanto su abuelo, su padre como su tío fueron sus principales fuentes chamameceras. A partir de su pulsión por la exploración sonora, con el correr de los años lo fue desnaturalizando y escuchando con mayor atención, al punto de que hoy la música folclórica litoraleña es un componente que atraviesa una parte considerable de su obra. “Con el tiempo te das cuenta de que el chamamé es simple, y lo simple no es sinónimo de malo. Cuando vas creciendo te vas dando cuenta de esas cosas”, dice como quien sabe que hay ciertos sonidos a los que, a veces, solo es cuestión de darles tiempo para que nos atrapen.

Aunque hoy le quita importancia, como si fuera algo que existe únicamente dentro de su cabeza, en algún momento acuñó el término “chamambient”, una etiqueta pensada para allanarle el camino al oído ansioso. Con una sonrisa de por medio, recuerda que “Es horrible, ¿qué querés inventar?” fue la respuesta de su tío cuando le mencionó esa palabra. Pedro Zubieta, además de ser un ferviente amante del chamamé, es investigador y divulgador del género. “Ya sabía qué me iba a decir. Lo entiendo perfectamente y tiene razón”, confiesa.

Como toda etiqueta, peca de reduccionista, pero en cierto sentido es fiel al espíritu de hibridación, mixtura y collage que caracteriza el sonido de una carrera que ya reúne nueve álbumes, desde su primer trabajo Puertas, de 2011.

Puerta

El interés por la experimentación sonora y la grabación lo detectó desde joven. Antes de saber qué era un sampler, de algún modo ya sampleaba. Pasaba el rato grabando con la grabadora de sonido de Windows y, anteriormente, con una casetera. “Agarraba pedacitos de temas, los loopeaba. Todo muy intuitivo. Hacía diseño sonoro. Y cuando me di cuenta de lo que era un sampler —recuerda Iñaki—, medio que ya sabía lo que era. Incluso antes de comprarme el primer sampler, ya hacía lo mismo con el Fruity Loops, un programa muy usado en producción; en definitiva, ya usaba la mecánica del sampler antes de tener uno”.

Esa curiosidad por la grabación de sonido fue la que en 2009 lo llevó a viajar a Buenos Aires, donde estuvo entre cinco y seis años y se dedicó a estudiar la carrera de producción musical en la EMBA. De esa etapa destaca, en particular, los conocimientos que absorbió en electrónica y física. Además de la formación académica, la aventura porteña le permitió forjar vínculos que mantiene hasta hoy, como con Diosque, los también tucumanos Bruno Masino y Chueco Ferrer, y con Marcos Díaz —la mente detrás de Entidad Animada y una mitad de Bosques—, con quien siente una afinidad musical singular y con quien compartió gran parte de sus últimos shows en vivo.

Sin embargo, la estadía en Buenos Aires Iñaki la siente como la continuidad de una inquietud que venía empujando desde tiempo atrás y cuya primera parada fue Londres, donde estuvo un año y medio después de terminar la secundaria. “Con un amigo ya veníamos diciendo: ‘tenemos que ir a vivir a Londres; cuando cumplamos dieciocho, hay que ir’. Una idea que nunca pensé que se iba a dar. Y cuando tenía 19 o 20, se dio. Él fue primero con un grupo de amigos en el que todos trabajaban en los bicitaxis, los "rickshaws". Por suerte, yo fui con otro trabajo, porque creo que ese no lo hubiese podido hacer”.

En primera instancia, fue el caos de un cibercafé de más de doscientas computadoras desplegadas en dos pisos lo que le permitió evitar el desgaste de pedalear todo el día, aunque al mes lo despidieron. No obstante, eso derivó en otro puesto dentro del bar back de una empresa: allí se encargaba de la parte de tragos y bebidas para eventos y festivales de música. Con orgullo, recuerda un hito puntual de esa experiencia: “Llegué a trabajar en la casa de Ron Wood durante una fiesta por su cumpleaños”.

Ante la pregunta de por qué Londres, socarronamente responde: “¿a dónde si no?”. El bagaje musical irrestricto de esa ciudad fue argumento suficiente para ir. Conoció mucha música nueva durante ese año y medio, y tiene muy presente el momento en que dio con Animal Collective, una de las bandas que mejor retrata la neo-psicodelia de los primeros 2000 y de la que el proyecto Guazuncho históricamente supo empaparse. “Un día compré una edición de la revista Uncut en la que estaba la crítica al disco Strawberry Jam. A decir verdad, ya conocía Animal Collective, pero no me había gustado mucho, o sentí como que todavía no era el momento; ‘todavía me falta’, pensaba”. En definitiva, tras su vuelta con 22 años, el contraste con la vida en Corrientes lo invitó a ir a Buenos Aires para extender, aunque fuera un tiempo más, la experiencia de vivir en una ciudad grande.

Guazuncho
Guazuncho. Foto: Mario Branca

Los viajes —y sobre todo a cierta edad— suelen estar asociados a lo epifánico, a experiencias que subrayan momentos, personas o diálogos que luego pueden convertirse en enseñanzas o, al menos, en herramientas de autoconocimiento. Para Iñaki, la estadía en Buenos Aires terminó significando un estado de saturación que lo ayudó a entender que eventualmente iba a volver a Corrientes y que la city porteña no era el lugar propicio para construir una carrera musical alrededor de Guazuncho.

“Descubrí que tocar en muchos otros proyectos —que, en definitiva, fue un poco lo que hice tiempo atrás— no me gustaba. En un momento estaba tocando en cuatro o cinco bandas a la vez, tocaba todos los días, cuando yo quería desarrollar mi proyecto. Construir una carrera en la que mi proyecto personal me permita vivir y que mi ingreso económico dependa de mi arte es algo que ya probé. Actualmente no lo veo compatible de esa forma. Quizás algún día se dé”, dice.

Hoy, afirma Iñaki, va paso a paso. Disfruta de vivir en una casa quinta en las afueras de Corrientes, rodeado de árboles y con una rutina diaria en la que opera como hombre orquesta: desde la grabación hasta la masterización y la publicación de sus discos, todo pasa por sus manos. Considerando que puede hacerlo desde su casa y el lo-fi que define su sonido, hoy prefiere no dejar librada a la suerte de un tercero ninguna parte del proceso. No porque se considere el mejor haciendo mastering, por ejemplo, sino porque simplemente no lo ve necesario para lo que pide su proyecto musical.

Cuando acompaña a su padre a trabajar al campo, más precisamente a la zona de Perugorría, se lleva la computadora y el Roland SP. Aprovecha que allí está aún más tranquilo que en su casa y, en una de esas, se trae algún sonido de rana, grillo o pájaro que después utiliza. “A veces pienso cómo sería la cosa en cinco años y no la veo tan diferente. Construir una carrera considero que lo hago todos los días, o la destruyo, pero estoy ahí. Me gustaría seguir tocando en vivo, como se vaya dando. En mi casa puedo hacer música, la publico en internet y eso está buenísimo. Hay diferentes formas de vivir de la música y hay que ser realista”, explica.

A veces es fácil trabajar con otras personas y a veces no, dice. Considera que depende de muchas variables. “He probado trabajar con otras personas; en algunas oportunidades hago colaboraciones y en muchas otras no se dan, no terminamos los temas, quedan ahí, en la nada. Y está bien, es parte del proceso”, confiesa. Antes le pasaba que conocía a un músico con el que tenía buena onda y lo contactaba para hacer algo juntos. Con el tiempo, entendió que esos vínculos tienen que darse de manera más natural, como le ocurre con Marcos Díaz: “Con él, por ejemplo, tenemos algo que es que nos entendemos bastante bien aun cuando cada uno tiene su estilo. Nos juntamos a tocar, ni hablamos y sale algo buenísimo”.

Guazuncho | Odiseas del Litoral (Álbum Completo)

Precisamente Marcos es quien diseñó la portada del próximo disco de Guazuncho, que se llamará Forraje, sucesor del caluroso Odiseas del Litoral —editado por Fuego Amigo Discos en 2024—, que estima publicar durante el primer semestre del año. A la hora de concebir un disco, no siente que exista una búsqueda conceptual deliberada más allá de perseguir una sonoridad que lo diferencie. Sin embargo, es justamente en esa terminación sonora —en la comunión entre capas acústicas y electrónicas, en la sinestesia permanente a la que invita— donde reside la identidad distintiva de Guazuncho.

Sea como sea, reconoce que por lo general termina prevaleciendo su percepción de lo que suena bien por encima de cualquier premisa autoimpuesta, como fue elcaso del proceso creativo de Odiseas del Litoral. “Me pasa que hago sin pensar mucho y después trato de elegir lo mejor, lo que pueda ir bien reunido. Hay un criterio estético y sonoro, pero como soy yo trabajando generalmente con las mismas cosas, quizás ese criterio está sólo en mi cabeza”, dice.

Aun sin haber publicado Forraje, ya sabe que, dentro del puñado de temas grabados que aún tiene por ordenar, hay material para al menos dos discos más a futuro. Y en su universo todo puede pasada, siempre que se cruce con su curiosidad: desde el “ambient aburrido” —como lo llama él, sin intención peyorativa— hasta seguir indagando en “la santísima trinidad” de los acordeones y bandoneones de Corrientes, integrada por Tarragó Ros, Ernesto Montiel y Cocomarola; o incluso coquetear con el género exótica, en el que anda metido por estos días.

Mediante teclas, cuerdas, MIDI, vegetación y olor a lluvia, Guazuncho le da sonido al color del litoral. Guitarras, acordeones y los pads de un sampler se hermanan para recordarle al oyente, una vez más, que CABA es apenas una fracción del país.

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