Notas que gotean sobre letras que fluyen. Cantos que reposan en un espacio abstracto, articulado por golpes y ataques de silencio. Una voz-acróbata que pendula entre planos y nos hamaca por sensaciones de singular belleza. Esas son algunas de las imágenes que fluyen desde Un Vaso de Agua, el primer trabajo de Candelaria Zamar. A dos años del lanzamiento de su ópera prima, la artista cordobesa apuesta a un viaje que no solo la llevó a Buenos Aires, sino que la acercó a un colectivo de músicos inquietos que la invita a reinventarse y redefinir las posibilidades de su próximo trabajo.

Para empezar quería ir, literalmente, a los comienzos. ¿Cuáles son tus primeros recuerdos musicales?
Tengo varios, en realidad. El más primitivo tiene que ver con mis viejos. Ellos cantaban en coros y en grupos, y siempre se juntaban en casa a guitarrear hasta tarde. En esas juntadas me quedaba dormida escuchándolos, y recuerdo que me emocionaba. Incluso mis viejos me cuentan que hasta me largaba a llorar por momentos… como que la cosa me excedía un poco. Después de eso tengo recuerdos de estar cantando (cantaba todo el tiempo) y tocando el piano. En mi casa había uno que siempre estaba abierto y disponible para jugar, y recuerdo jugar tocando las teclas más graves para simular los ruidos de los truenos y cosas así… Esos son los recuerdos más primitivos que tengo. Después fui aprendiendo de a poco y comencé a darle algo de forma a esas cosas que empezaron siendo truenos (risas).

Tu primer acercamiento fue al piano, entonces.
Sí, justamente por esto que te digo. Igual, en casa también había una guitarra pero me decidí por el piano porque me resultaba más fácil.

Porque salían mejor los truenos…
Tal cual (Risas). Uno tocaba cualquier cosa y sonaba. Cuando era muy chiquita tomé clases con un profe que me enseñó lo básico, eso, sumado también a lo que me iba enseñando mi papá, me sirvió para investigar y armar cosas sola… en general todo de oído. A los 8 años no entendía mucho de teoría, así que trataba de copiar lo que me enseñaban, y a los 13 empecé a estudiar piano en La Colmena (Córdoba). Ahí me dieron herramientas de distinto tipo de música: clásica, folklore, jazz. Digamos que el piano siempre fue mi instrumento. Al principio quería ser pianista y después me di cuenta que no me daba… porque no tenía ganas de estar 8 horas por día estudiando sólo piano (risas). Pero sí me di cuenta que quería usarlo como instrumento para otra cosa: para inventar cosas.

En tu música uno puede percibir muchos de esos recursos, que en algunos casos remiten un poco a formas más “cultivadas” (por ponerle una palabra). Por ahí escuché que continuaste tus estudios de composición. Además de tus canciones, ¿tuviste la oportunidad de componer otras cosas?
Sí, compuse algunas piezas para conjuntos de cámara… incluso algo para orquesta, aunque en ese caso es más difícil que alguien las toque. Yo formaba parte de un grupo que se llama “Grupo de Composición La Colmena” con los que organizamos conciertos a través de ciertas pautas compartidas, por ejemplo: componer para piano y vibráfono. En algunos de esos conciertos pude presentar cosas mías.
Componer de esta forma es algo que me dio muchas herramientas y me acercó a muchos universos musicales que, como vos decís, creo que pude ir trasladando a las canciones.

Hace poco, en una entrevista con Axel Krygier, hablábamos un poco de la relación de tensión entre la música académica y la popular… como que cada una fluye por caminos distintos, que a veces cuesta conciliar. Teniendo la experiencia de haber transitado por los dos espacios, ¿cómo lo ves?
Creo que son distintos en algunas cosas, pero no necesariamente opuestos. En otro momento sufrí un poco esa dicotomía de no poder conciliarlas porque creía que tenía que elegir una u otra. Después me di cuenta que eso no tenía que ser una necesidad u obligación, sino que podía transitar libremente por los dos lugares. Aunque no me planteo la integración como un proyecto consciente, a veces me doy cuenta que en mis canciones adquieren presencia algunos elementos que incorporé en mis estudios de composición. Son herramientas que me ayudaron a ver con mayor claridad un montón de cosas, y al momento de hacer canciones o componer un disco está bueno poner sobre el tablero todos esos recursos en igualdad de condiciones, al servicio de la música. En mi caso la práctica de la escritura muchas veces me permite acercarme a la música desde otro lugar, y me parece que está buenísimo. En las canciones el resultado está mucho más cerca del pop que de la música contemporánea claramente, pero yo siento que en el proceso hay algunos elementos presentes.

Entiendo que para componer canciones el proceso puede ser más directo o intuitivo, donde uno, independientemente de los recursos que tenga, puede traducir una especie de lenguaje musical hecho cuerpo. En tus canciones noto que la voz, la cadencia, los acentos de las palabras o los arreglos de piano fluyen en un continuo que dificulta ver cuál es la punta del ovillo compositivo, por decirlo de algún modo. ¿Cuál es tu punto de partida a la hora de componer?
Para mí, que te surja una letra, una melodía y una armonía al mismo tiempo es lo ideal, pero no me sucede todas las veces, y si sucede es de a pedacitos, digamos (risas) creo que esa es la inspiración de la que algunos hablan, aunque en general se trate más de transpiración. Más allá de eso no tengo un método, no es que suelo empezar con una cosa en particular. Me pongo a jugar con una melodía, con el piano o con la voz, y trato de buscar qué sonido o vocales me salen. Por ahí es una “A” o una “O” que después se transforma en una palabra que luego, por asociación libre, va tomando la forma de una idea que, quizás, uno ya tenía semi-formada. Es algo que se encauza de a poco, donde hay una interacción continua entre la letra y la música. En general me resulta mucho más fácil pensar en la música. A veces ésta te condiciona y no te permite decir la letra como la dirías hablando o escribiendo, a veces lo musical te tira para otro lugar que hace que cambie el significado de la cosa. Y siempre trato de ir hacia donde pide la música.

Hablando de asociaciones, hace poco leí la reseña de Un Vaso de Agua que José Heinz hizo para el compilado de discos cordobeses “Esto Es una Escena”, de Juan Manuel Pairone. En la misma, José visualiza la disposición de las canciones a partir de una relación concéntrica, donde el primer tema se corresponde con el último, el segundo con el anteúltimo y así hasta llegar al centro. La manera en que fundamenta su hipótesis es bastante interesante, y lo lindo es que logra reforzar el efecto poético del disco. ¿Esa relación fue buscada, o se trató de un accidente hermoso?
Lo recuerdo no solo porque la leí, sino porque además me lo contó personalmente y me pareció una locura. La verdad que está buenísimo pero nunca lo pensé (risas). De hecho, el orden de los temas fue lo último que se decidió y lo hice medio a las apuradas. Tenía una idea pero no un camino completo. Pero cuando José me dijo eso me pareció sobre todo muy interesante, porque la justificación tiene mucho sentido. Lo primero que pensé, justamente, fue que no lo pensé (risas), pero sé que en mi forma de armar y construir cosas el sentido de la simetría está bastante presente. Así que se me pudo haber chispoteado. Me gusta esa teoría porque hace juego con este sentido de la simetría que me gusta tener en cuenta.

Un vaso de Agua cumplió 2 años, ya pasó el segundo semestre digamos. ¿Estás trabajando en un nuevo disco?
Estoy en la etapa de juntar canciones y en eso soy bastante lenta quizás. Tengo una cierta cantidad de temas pero no sé si todos están suficientemente estacionados. La idea es terminar de juntar material en estos meses. Mientras tanto saqué dos temas que todavía no sé si entrarán en un disco (probablemente sí), pero que me permiten ver cómo funcionan algunas opciones. Uno es un single que se llama “Enciende“, producido por Guido Moretti (Programa) y Ro Stambuk. Fue una experiencia muy gratificante porque es la primera vez que abro el juego para que intervengan otros actores, digamos. Además ellos diseñaron otros sonidos y me acercaron a otro universo: un mundo electrónico que me parece super atractivo y que puede ser uno de los caminos a seguir en mi segundo disco. Después de eso saqué un video de una canción que se llama “Ave Lira“, que tiene un formato más tradicional pero que me sirvió para incorporar un instrumento que no había utilizado hasta el momento: la guitarra. En esta canción canto acompañada por Paco Leiva (guitarra, miembro de Aloe), Guido Moretti (batería electrónica) y Francisco Azorai (teclados y Moog). Esta formación también me permitió expandir más la música, y también se proyecta como un camino posible.

Recién mencionabas algunos músicos que te estuvieron acompañando ¿ellos forman parte de tu banda actual, o seguís manteniendo un solo-set?
Además de mi set-solo estoy tocando en formato trío con Paco Leiva (bajo y guitarra) y Guido Moretti (máquina de ritmos, programación), y para la fecha del viernes vamos a estrenar un dúo con Ro Stambuk (en computadoras y programaciones) que es un experimento más electrónico. Por lo pronto son estos formatos los que estoy manejando, disfrutando y aprendiendo.

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Foto: Isi Violeta

Esta noche, Candelaria estrenará formato en una nueva edición del Festival Cría (en el Xirgu Espacio Untref de Buenos Aires), que también contará con las presentaciones de Aloe y Programa. Creemos que va a ser una excelente oportunidad para ver y reconocer a un colectivo de artistas independientes que no escatima en subir apuestas. Evento en Facebook.

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