Hablar con Sebastián Acampante es como descubrir un camino inesperado en el medio del sur argentino: donde sea que llegues, terminás en un lugar alucinante. Cuando habla sobre TRImarchi, su festival de diseño y el más importante de Latinoamérica, te hace sentir parte de una historia gigante, vibrante y revolucionaria.

TRImarchi crece año a año, ampliándose a nuevas áreas, nuevos formatos, nuevos escenarios y nuevas dinámicas que potencian su rol iniciático para diseñadores de todas las ramas. Este año se celebrará el viernes 2, sábado 3 y domingo 4 de noviembre en el Hotel Provincial de Mar del Plata, y visitarán sus escenarios figuras clave del diseño y la cultura contemporánea como Andy Ristaino, el diseñador de personajes de Adventure Time; Commercial Type, la principal fundidora digital tipográfica; los locales HolaBosque, estudio que cumple una década de trayectoria; y el gran George Manta, quien presentará su primera compilación de posters en formato editorial.

Al mismo tiempo, las áreas de arquitectura, textil y tecnología también presentarán figuras clave de sus campos. En arquitectura, las visitas del estudio MKstudio (Brasil) y Anna Turner (EEUU) serán centrales en su respectivo día. En el área textil, la llegada de Cesca Dvorak, vestuarista de Connan Mockasin, enciende las alarmas de todes les estudiantes y profesionales de indumentaria. El área de tecnología, curada por la agencia Lateral View, sorprende este año con la presencia del estudio USTWO, creadores del gran juego Monument Valley, y de Naked Labs, creadores del primer scanner 3D para el hogar.

Como todos los años, TRImarchi presentará también ferias, stands, workshops, presentaciones de bandas, fiestas (el clásico “Buenas Noches TRImarchi” donde este año se presentará Jonathan Barnbook, diseñador de David Bowie) y mucho más a lo largo de estos tres días de alta intensidad. Sobre cómo se gestó TRImarchi, y cómo creció a lo que es hoy, hablamos con Sebastián Acampante.

¿Quién es Sebastián Acampante? ¿Qué cosas te inspiraron a lo largo de tu vida?
Mi nombre en realidad es Sebastián Valdivia. Empecé a usar Acampante a raíz de un audiovisual que hice en el 2005 que presenté en el Festival Alemán Pictoplasma. El personaje principal del audiovisual, que era un cuento animado para chicos, se llamaba Acampante. Era un pájaro que acampaba en el cuerpo de alguien grande, no tenía un nombre, pero quedó Acampante. El dibujo, el audiovisual y la música son cosas que siempre me acompañaron, desde que soy chico. Son canales por los que alcanzo cierto equilibrio para no caer en la locura y, a la vez, fomentar lo bueno de la locura. Tanto en el dibujo como en la música opté siempre por la manera catártica, la manera más vomitiva, bien explícita, de expresarme. También me gusta mucho la improvisación, y mis proyectos y mis equipos giran en torno a eso: valorar el boceto, la primera idea, la primera toma. En los defectos aliados que me ayudaron mucho. Incluso en lo que vino después, TRImarchi. Surgió por defectos que detectábamos. Por eso todo ese cariño con lo deforme, lo esbozado.

Lo indie y lo DIY, esas estéticas que a partir de los ’90 fueron fundamentales para la cultura, están muy presentes, ¿no?
De una. De hecho, yo tenía una banda en el circuito hardcore que se llamaba Daf. Trajimos a Fun People a Mar del Plata a presentar The Art(e) of Romance. También tocábamos con Minoría Activa, Massacre, Los Natas. En esa época el “hazlo tú mismo” era el eje de todo. También organizábamos ferias de fanzine donde distribuíamos el nuestro, Algo Que Leer. Todo con 17 años.

¿Cómo fue el proceso de profesionalizarse y desembocar en TRImarchi? ¿Qué era lo que buscaban a la hora de institucionalizar todo eso que ya venían haciendo?
Nos molestaba mucho el sistema de formación. En la Escuela de Artes Visuales donde estudiaba conocí a Pablo, con quien hacemos TRImarchi hasta hoy, y nos hicimos amigos. Los dos coincidíamos en que había un montón de cosas de la escuela que debían enseñarse de otra manera. Entonces armamos un grupo medio nerd y nos juntábamos después de hora en un quincho que tenía la escuela. Como todavía no teníamos Internet, cada uno llevaba cosas que le gustaban, libros, flyers, de todo, y lo comentábamos. Era como nuestra clase, nuestro TRImarchi: una manera de evaluar piezas de diseño, entenderlas desde otro lado y conversar sobre cosas que nos estaban llamando la atención. Al tiempo se empezaron a prender algunos profesores y nos empezaron a compartir lecturas por fuera del programa de estudios. Nos gustaba mucho conocer ese lado humano de los profesores, conectábamos un montón. Y entonces nos dio mucha curiosidad conocer qué tenían en la cabeza docentes o personas que nos significaban mucho, que eran referentes, como Rubén Fontana o el grupo DOMA. Rubén nos apoyó desde el primer minuto y nos dijo que nos animáramos a hacerlo abierto para estudiantes de todo el país. Yo estudiaba organización de eventos para formalizar esta inquietud de armar movidas y entonces preparé TRImarchi como una tesis con el apoyo de Rubén. Teníamos 18 años y poca convocatoria, nos era difícil encarar a alguien y que nos creyera que íbamos a hacer algo, pero con el aval de Rubén conseguimos también apoyo de Tipográfica, que tenía llegada a nivel latinoamericano. Ese primer evento ya fue una locura: vinieron 400 personas. Lo hicimos en el salón donde habíamos hecho nuestra fiesta de egresados. Era tanta gente que al otro lo llevamos a un teatro y al otro año al Polideportivo. Tercer año y ya estábamos en un estadio, expuestos a un montón de cosas que nunca habíamos visto y lidiando con cosas que no nos imaginábamos. Ese año fuimos a quiebra pero también estuvo bueno haber visto que podíamos hacer algo así de grande. Ahí nos propusimos hacer las cosas un poco más organizadas. Los primeros tres años habían sido tan al palo que no habíamos podido nunca sentarnos a analizar nada. No habíamos podido hacer un modelo. Al mismo tiempo, ese año nos entrevistaron desde la International Designers Network (IDN), una revista de China, y nos preguntaron si éramos conscientes de que era el primer congreso internacional de diseño en el mundo que tenía que llevarse a cabo en un estadio por su convocatoria. Eso se tradujo en un montón de idiomas y nos puso en la situación de que había que volver a hacer el evento por más de que hayamos quedado muy mal económicamente. Por eso, ese año fue el quiebre: primero porque quebramos, y segundo porque ahí nació otro tipo de evento.

Foto: Santiago Vellini

¿A qué atribuís el éxito tan repentino de la convocatoria en esos años? ¿Qué era lo que ustedes proponían que tanto llamaba la atención de la gente?
Por un lado, que era de diseñadores para diseñadores. Por otro, que no había muchos puntos de formación alternativa para el diseño. No había focos de formación alternativa. No había una manera concreta de aprender algo que estaba por fuera de un plan de estudios. Nosotros para el primer TRImarchi trajimos al animador de Terminator, que era como nuestro héroe. Vino desde California a dar una charla cuando acá no existía todavía una carrera de animación o diseño audiovisual. Entonces de repente venía una bestia como esa y la gente quería ir y escucharla: entender cómo se manejaba, qué programas usaba, cosas re básicas. ¡Le preguntaban por programas!

Desde sus comienzos, TRImarchi fue un evento muy innovador y disruptivo. En estos tiempos en los que la innovación y lo disruptivo están en boca de todo el mundo, hasta de las empresas más conservadoras, ¿cómo viven hoy la innovación? ¿Cómo buscan innovar o transformarse?
Sin ir más lejos, hace 15 días volvimos de representar a la Argentina en la Bienal de Diseño de Londres, un evento muy icónico en el mundo del diseño. Cuando estábamos analizando con qué ir nos planteamos eso: qué era lo disruptivo y qué podíamos aportar desde Argentina. Entender el tiempo como una cuestión espiral, no lineal, en la que el pasado constantemente se reinterpreta o se reevalúa y se vuelve a avanzar. Empezamos a buscar iconográficamente cuál podía ser un representante de Argentina y dimos con la comunidad Wichi en Formosa. Estuvimos un año y medio trabajando con ellos, viajando al Impenetrable, y desarrollamos una investigación que fue increíble. En el momento en que se la presentamos a los curadores de la Bienal de Londres, les contábamos que la estética Wichi era más o menos como si la Bauhaus hubiese sido concebida en la Selva Impenetrable. Por eso, volviendo al comienzo, ahí está la clave para nosotros de la disrupción, de la innovación: nuestra manera de ser disruptivos es siempre fomentando el contacto físico, entender el encuentro y el diálogo como cosas revolucionarias. El valor de TRImarchi está muy fuerte ahí, en encontrarnos cara a cara y que eso genere cosas.

Foto: Santiago Vellini

Este año van a repetir lo que iniciaron el año pasado de abrirse a Textil, Tecnológico y Arquitectura. ¿Por qué sintieron la necesidad de hacer esta apertura? ¿En qué los enriqueció haberse abierto?
Algo concreto de cómo nos enriqueció esa apertura es lo que pasó en la Bienal de Londres. Cuando pensamos en la instalación para la Bienal, tratamos de involucrar las cuatro ramas que estamos desarrollando en TRImarchi para entender esta visión del diseñador holístico, de las respuestas integrales del diseño. Por eso, el proyecto que presentamos para la Bienal fue con un arquitecto, una diseñadora textil, una gráfica y un diseñador audiovisual. En cuanto a por qué sentimos que era necesario hacer esa apertura, Club Tri tuvo mucho que ver. Hace dos años nos empezamos a dar cuenta de que necesitábamos tener un espacio físico para el día a día. Notábamos que TRImarchi sucede una vez al año y toda esa comunidad que juntamos y logramos hacer interactuar se corta hasta el año siguiente. Entonces empezamos a gestionar esta posibilidad de transformar una central eléctrica abandonada en un club social contemporáneo. Un club de ocio y estudio que queda muy cerca de la Facultad de Arquitectura y Diseño. Empezamos a promocionar que teníamos una biblioteca abierta de diseño, mesas de trabajo y demás y se empezó a llenar de estudiantes que venían a preparar sus trabajos. Pasó a ser un aguantadero de estudiantes de textil, de indumentaria, de ramas que excedían el campo gráfico. Esa gente que venía todos los días al Club entendía y visualizaba cómo debería ser TRImarchi. Afuera del diseño gráfico había mucha gente o no nos conocía o nos veía como un ghetto, como algo muy hermético cuando nosotros nos creíamos super abiertos. Entonces buscamos una manera de hacerlo más accesible, más visible, que tenga más escenarios en simultáneo, no tan amurallado, tan hermético, tan barraca. Empezamos a hacerlo en el Provincial, el Auditorium, la rambla de los lobos y muchos salones que se podían adaptar a las nuevas necesidades del evento. Fue un experimento la apertura, algo muy diferente a lo que era TRImarchi antes. Al haber tantas actividades gratuitas se abrió a un público más abierto y diverso. Ahora hay una parte muy masiva de TRImarchi, que se suma con lo académico y lo de culto.

¿Cómo organizan hoy en día todas estas partes? ¿Son equipos distintos?
Somos los mismos solo que fuimos sumando equipos de amigos, gente que fuimos conociendo en el Club para que se haga responsable de diferentes áreas. Empezamos a trabajar también con curadores invitados, con personas que resuelvan con su criterio contenidos. Sobre todo en la parte de tecnología. Ahí hablamos con la gente de Lateral View, un equipo de developers que están en San Francisco, Barcelona y Mar del Plata. Nos pareció que aportaban criterio que complementaba muy bien nuestra visión y los sumamos en la parte curatorial. Pero después en lo que es la logística y producción seguimos siendo el mismo equipo que año a año va creciendo.

Foto: Santiago Vellini

¿Sentís que TRImarchi como evento está dejando una huella en el diseño argentino y latinoamericano?
Es medio complejo decirlo uno, pero sí lo vemos en ciertos reconocimientos o en gente que desarrolló proyectos por algo que escuchó en el evento. En el 2005 la UNESCO reconoció nuestra manera de gestión. En 2008 mandaron desde la Universidad de Ulm a un grupo de antropólogos a estudiar lo que estaba generando TRImarchi en el diseño argentino y editaron un libro que analiza el impacto desde lo antropológico. Hay muchas huellas de ese estilo que hacen que tomemos más responsabilidad de lo que estamos haciendo y de los pasos que estamos dando porque, de alguna manera, estamos afectando la manera de pensar y de obrar de un montón de personas. Queremos que el todo se perciba de una manera nutritiva: queremos que la persona que viene a TRImarchi pueda juntar la charla de Neil Harbisson con la de William Gutiérrez, un artista de Barranquilla que trabaja con la gráfica popular colombiana. Nos ocupamos de generar esos contrastes que te dejan un gustito en el aire muy distinto a escuchar un evento entero de cyborgs o un evento entero de gráfica colombiana.

¿Qué imaginás que significa -tanto para un conferencista como para un asistente- TRImarchi hoy?
El conferencista, para mí, viene a flashear con lo exótico. TRImarchi fue ganando un halo medio místico por estar en una ciudad un poco alejada, que no es capital, en una playa sudamericana más patagónica que tropical. Cuando llegan y encuentran un lugar colmado, flashean. Además, todos resaltan muchísimo el nivel de las preguntas, la cultura del público general; hay como una data colectiva que manejamos prácticamente todos los que estamos ahí, con dos años de venir a TRImarchi seguido ya la agarrás, es una visión más holística del diseño y de la cultura del campo visual. Todos los conferencistas se van flasheados con eso. Se llevan mucha gente a trabajar y los chicos flashean con el abanico de posibilidades. Cuando alguien está estudiando diseño encuentra cómo el diseño gráfico o industrial, o cualquiera, puede ayudar a la venta, a la empresa, a mejorar el resumen anual, al marketing. Cuando vienen a TRImarchi capaz que van a una charla de eso, pero el resto te muestra cómo mediante el uso correcto del campo visual podés llegar a generar cosas bastante flasheras, o a vivir haciendo algo que tiene que ver más con un llamado interno que con seguir el brief de una empresa. Todos los años vienen muchísimos chicos de 18, 19 años que están en primer año y les dicen que tienen que venir a TRImarchi antes de ahondar en la carrera. Alimentar eso es de lo que más me gusta desde la percepción del que viene: que pueda sondear otros caminos más inspirados que el que te plantean en un plan de estudios.

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La edición 2018 del TRImarchi se celebrará el viernes 2, sábado 3 y domingo 4 de noviembre en el Hotel Provincial de Mar del Plata. Entradas disponibles. Más información.

Foto principal: Santiago Vellini.