No recuerdo el momento exacto en que lo escuché por primera vez. Tal vez era el flaco del que estaba enamorada mi hermana mayor. Él, Charly y otros pertenecían a ese universo, entre sagrado y rebelde del clan de mis hermanas mayores.

El 8 de febrero de 2012 recibo la noticia de su ida como se dice el pronóstico del tiempo. Una mina con voz de locución emite un cable, tan frío como los cubitos de hielo que acumula el freezer de mi heladera, un operador de radio pone play a “Seguir viviendo sin tu amor”, el hit de Pelusón of milk que años más tarde sería interpretado en forma de cumbia por una de las tantas bandas mainstream que todos los años cultiva la maquinaria de la industria musical. Una contradicción más del mundo, pienso.

Así durante todo el día, el mismo cable se reproducirá por las distintas emisoras de radio y TV, variando el tono de voz entre la formalidad de la noticia y el cimbronazo más propio del corazón.

En ese discurrir se reconocerá un corte seco en la garganta de algún trabajador de los medios que, al igual que tantos otros simples mortales como yo, escuchó la obra de Luis y se emocionó –más de una vez- frente a ella. Mientras la tarde de verano transcurre en una oficina de Microcentro, quienes me rodean se adueñan de las minucias de lo acontecido –qué fue lo que tenía, lo joven que era, qué enfermedad de mierda el cáncer– pin pun pan hasta que el hecho se torna ligero para el resto, menos para mí, que en vano o no me pregunto por qué tengo que estar así de sola cuando recibo estas noticias. ¿Será que nadie nos preparó para este tipo de conmociones?

Al final de la jornada me subo al 8, recorro Av. Rivadavia desde el Congreso hasta el barrio de Caballito, me calzo el mp3 y sintonizo la Rock & Pop buscando lo que faltaba para la eclosión. A modo de homenaje, la radio decide suspender su programación habitual para dar lugar a la música del Flaco: Almendra, Spinetta- Jade, Invisible, Pescado Rabioso, Los Socios del Desierto. Qué responsabilidad tan grande?—pienso yo—?manejar esa consola. Mientras apoyo mi cabeza sobre la ventana se oye “Si no canto lo que siento me voy a morir por dentro”. Normalmente necesito de esos electroshocks para comprender cómo son las cosas. En ese instante me caen como flashes rostros de amigos, familias, viajes, encuentros y desencuentros – momentos todos en los cuales Spinetta significó.

Play, rewind, foward contra todos los males de este mundo

A mediados de los noventa nada se sabe aun del mundo hipster ni en Nueva York ni mucho menos en el Oeste del conurbano bonarense, lugar donde para mí las tardes se suceden transcribiendo canciones en un América número 3. Apenas pasaba los 15 años y la música sino lo era todo, lo era casi todo. Fue la época de ebullición de lo que la prensa clasificó como el nuevo rock argentino. Spinetta para muchos era una especie de padre de aquella escena musical que yo como buena adolescente consumía de manera obediente en sus distintos formatos: discos, revistas, programas de radio y tv, recitales; etc. Por aquellas tardes Artaud llega a casa en soporte cd y con mi hermana de tanto escucharlo terminamos comprobando que si bien el compact disc no sufría mayor deterioro al uso, la botonera del Aiwa no compartía su misma suerte. ¿La sangre ríe idiota? ¿Vi las sonrisas muriendo en el carrusel? Al principio nos preguntábamos qué querría decir para terminar por vencernos y rendirnos a su escucha ritual. A veces la música nos llega a fuerza de aquellos pequeños rituales de nuestra adolescencia.

Mientras el país se sumerge frenéticamente en el neoliberalismo, el mercado de la música estaría marcado a fuego por MTV, la señal de tv por cable símbolo de la década que entre algunos de sus legados más preciados nos deja un disco como Estrelicia, álbum en donde el Flaco acompañado por los “Socios”, Nico Cota y Mono Fontana reversiona viejos temas en formato unplugged. Ante un público que cualquier intelectual de la cultura de masas tildaría de híbrido, Spinetta dirá –como queriendo explicar lo inexplicable- “Se supone que es la única sed insaciable y a la vez la única posible de ser saciada” antes de tocar los primeros acordes de “La sed verdadera”.

Pese al boom del CD, eran los tiempos en los que muchos los grabábamos en cassettes y hacíamos artes de tapas caseros, hoy una práctica que tranquilamente podría ser bautizada de vintage. Fue ahí cuando empecé a tener en mis manos algunas de las joyas que Luis hizo como solista entre los ochenta y noventa. De solo pensar que los cassettes tenían lados A y B, sostengo que quienes pasamos los treintaypico deberíamos concebir, sí o sí, el mundo de otra manera, aunque sea por añoranza. Por eso hoy cuando reproduzco un disco en YouTube o cualquier otra plataforma, busco el comienzo en la mitad del mismo, ya que para mí la mitad es su nostálgico lado b.

El lado b de Téster de Violencia además de contener “El mono tremendo”, un tema en donde se lucen por primera vez los hijos de la dupla Martí – Spinetta, es dueño de las primeras frases de la poesía spinetteana que yo a mis dieciséis comenzaba a interpretar –o más bien a apropiarme “ningún lugar de hecho es bueno cuando nadie está” “lo que se ve, se ama, se pierde” y una canción que a mí entender es suprema– por su letra, significado y sus melodías- de principio a fin: “La bengala perdida”.

cassette spinetta

Fue en aquel momento también, inicios de Los Socios del Desierto, el cual recuerdo haberlo visto en vivo por primera vez, en los bosques de Palermo. De esa noche sólo me vienen imágenes de gente por todos lados: en los colectivos, en las paradas, en la calle. Supongo que Luis tocaba gratis luego de un largo tiempo, ya que años posteriores no sería tan masiva la convocatoria a sus recitales, ni aun cuando fueran gratuitos. La segunda vez que lo vi en un escenario, fue un frío 21 de septiembre en donde algunos atardecían en los lagos de Palermo y otros preferíamos recorrer de punta a punta la ciudad para escuchar al flaco. También lo vi en la “Carpa Blanca”, la protesta docente que se instaló durante 1003 días en la Plaza de los dos Congresos, un hito de la década fragmentada. Esa noche, con algunos de mis compañeros del colegio, nos escabullimos detrás del escenario y lo saludamos. Algo le dije, algo me dijo, pero todo eso aparece de manera minúscula en mi mente, como un sueño mal narrado. Las emociones fuertes suelen producir esos borramientos en la memoria.

Tu vuelo al fin

Los dos mil sucederán lentos en algunos aspectos y fugaces en otros. Entre tanta hecatombe, en el país y en lo personal, pierdo algunos “vicios” de la adolescencia, entre ellos el curso de las discografías de casi todos los músicos que escuchaba. Con los años, la internet haría sus estragos permitiendo que recupere un poco el tiempo perdido y me entere con alegría que la música de Luis?—al igual que la vida de muchos– continuó escalando nuevos sonidos y también nuevos amores, tempestades y otros vaivenes, como deja verse en Para los árboles y Pan.

El 4 de diciembre de 2009 el Flaco se da el lujo de celebrar sus 40 años de música en el estadio Vélez. No vi a Luis tantas veces quise pero lo vi en el recital, para mí, más importante de todos: el show de las almas eternas. Ahora que lo pienso, las primaveras y los veranos son tan Luis Alberto. Cada interpretación de ese infinito repertorio, hace de esa noche un recorrido fugaz a mi niñez, a mi adolescencia y a mi pasado inmediato. Cada introducción que Spinetta realiza cuando presenta a sus invitados nos habla de su humildad y su camaradería. Y cuando todo parece estar dicho o hecho, se oye entre los que asistimos el famoso “qué hijo de puta” que nos identifica, que nos pone a todos en un mismo lugar: el de la sorpresa. Una versión de un tema de otros?—Miguel Abuelo, Litto Nebbia, Tanguito; la aparición de Cerati, Mollo, Páez, Charly, y “Muchacha ojos de papel” cantado después de añares. Todo eso hará de las cinco horas de recital una grata estadía en la casa de un amigo con sus amigos.

8 de febrero de 2016, no sólo el país sino el mundo se subsumen en nuevos altibajos y la música para muchos sigue siendo una bendición. Semanas atrás murió David Bowie y por las redes sociales florecen distintos relatos de amigos y conocidos, quienes movilizados y tristes ante el adiós de un ídolo, destilan sentimientos, momentos y experiencias en las que la música de Bowie medió, intervino y selló. Comprendo esos estados y a la vez pienso en lo extraños que son. Hace poco leí una nota en la que Fabián Casas describe a Spinetta como un ser querido no conocido, y pienso en cuán acertada es aquella definición; por eso quizás para quienes vivimos estas pérdidas a flor de piel, resulta aun difícil transitar su ausencia de manera ligera. Algunas veces los homenajes más mezquinos que sentidos, hablan de algo bastante más alejado de la sensatez de sus homenajeados. Por eso yo prefiero darle play a los otrora lados B y escribir, con la sensatez y con el sentimiento.