George Harrison fue siempre un músico que se animó a salir de su zona de confort y a experimentar con nuevos instrumentos. El guitarrista, nacido el 25 de febrero de 1943 en Wavertree, Liverpool, introdujo el sitar en el rock, popularizó la guitarra slide en el pop y defendió durante décadas el uso de los instrumentos acústicos. Sin embargo, había algo que el ex-Beatle no podía soportar: las cajas de ritmos.
La postura de Harrison quedó registrada de manera muy concreta durante el trabajo en el segundo álbum de los Traveling Wilburys, el supergrupo que formó junto a Bob Dylan, Roy Orbison, Tom Petty y Jeff Lynne. Cuando la banda empezó a darle forma a ese proyecto, George fue categórico sobre lo que no quería escuchar: ninguna máquina de ritmos en la grabación. "Cualquiera que pueda usar esas patéticas cajas de ritmos en la medida en que lo hacen, no nota lo malas que suenan", declaró Harrison.
La postura del músico británico no era un capricho, sino que respondía a su convicción de que este tipo de tecnología alejaba a la música de esa sensación de personas tocando juntas en tiempo real, con todas las imperfecciones que eso implica. Esta filosofía fue visible en su obra personal, como en el caso de Brainwashed (2002), el álbum que dejó casi terminado antes de morir y que completaron su hijo Dhani y Jeff Lynne. En ese proyecto, George trabajó con bateristas reales y guitarras acústicas.
Su admiración por los Traveling Wilburys tenía mucho que ver con eso. "Escucha 'New Blue Moon', que fue interpretada en vivo con cuatro guitarras acústicas y un baterista que tocó todo lo que está ahí", señaló. "¡Suena bien!". Para Harrison, la música debía sonar a personas y no a máquinas. Es por eso que se resistió a estas últimas en un período en el que dominaban la producción de géneros como el pop y el rock.










