El 11 de enero de 1992, el estadio de River Plate, en Buenos Aires, fue sede de uno de los conciertos más caóticos de la historia del rock argentino. Guns N' Roses había llegado al país por primera vez como parte de la gira de Use Your Illusion I y II, los dos álbumes que había publicado apenas unos meses antes. La expectativa era enorme, pero lo que ocurrió esa noche estuvo lejos de lo que se esperaba.
El detonante fue Axl Rose. Según relatos publicados en medios argentinos y reconstruidos por Far Out Magazine, el vocalista utilizó a un traductor para dirigirse al público en español. El mensaje que transmitió no fue de bienvenida: Rose aprovechó esa instancia para incitar a la multitud, y lo que siguió fue un caos que terminó con incidentes dentro y fuera del estadio.
Aquella noche, algunos integrantes del público comenzaron a arrojar objetos al escenario, una actitud que Rose no se tomó bien. El músico llamó a un intérprete para pedirles a los demás asistentes que golpearan a cualquiera que vieran lanzando algo. “Tenemos acá a unos imbéciles de mierda esta noche”, dijo. “Creen que tirar cosas al escenario hará que el show sea mejor […] ¡Que les den una paliza!”. Claro está, la orden del músico generó aún más caos del que ya se vivía minutos antes.
Una gira con pésimos antecedentes
El episodio fue parte de un patrón que venía repitiéndose durante la gira. En el St. Louis Riverport Amphitheatre, en julio de 1991, el cantante había saltado desde el escenario para quitarle una cámara a un espectador, lo que desencadenó una revuelta que dejó heridos y daños millonarios. La gira de Use Your Illusion estuvo marcada por retrasos, cancelaciones y tensiones permanentes dentro de los Guns, que con el tiempo desembocarían en la salida de Slash, Duff McKagan y otros integrantes de la formación clásica.
En la Argentina, el concierto de 1992 quedó grabado como uno de los más recordados de aquella época, aunque no precisamente por razones musicales. La banda volvió al país en otras ocasiones, pero la noche de enero de 1992 en River Plate quedó como un caso de estudio sobre lo que puede ocurrir cuando la provocación escénica no tiene límites.











