A lo largo de los años, Rick Rubin trabajó con una variedad impresionante de artistas, desde figuras del hip-hop como Run-DMC y Beastie Boys hasta leyendas del rock y del country como Johnny Cash. Sin embargo, incluso dentro de la extensa discografía del legendario productor, hay un proyecto que él mismo recuerda como el más radical y extremo.
El álbum en cuestión es Reign in Blood, el tercer disco de Slayer, publicado en 1986. Aunque el thrash metal ya existía antes de ese momento, el trabajo codo a codo de la banda y Rubin llevó el género a un nivel mucho más agresivo y veloz. Tal es así que el resultado final fue un álbum corto y brutal, que terminó convirtiéndose en una de las obras más influyentes tanto del grupo como del género.

Puro y extremo
Rubin, que en ese momento todavía estaba lejos de contar con la reputación que tiene hoy como productor, decidió apostar por una visión completamente radical para el proyecto y, en vez de suavizar el sonido para hacerlo más accesible, el objetivo fue empujar la música al límite. Tiempo después, Rubin rememoró el proceso de grabación y aseguró: “Todos temían que nos vendiéramos. Así que, a propósito, hicimos el álbum más extremo posible. Con Slayer nunca hubo ninguna inclinación hacia lo comercial. Siempre se trató de ser lo más puros posible”.
Con canciones como “Postmortem”, “Angel of Death” y “Raining Blood”, el disco recibió una gran aprobación y fue fundamental para que Slayer alcanzara la fama entre el público del metal. Además, junto con Among the Living de Anthrax, Peace Sells... but Who's Buying? de Megadeth y Master of Puppets de Metallica, es recordado por definir el sonido de la emergente escena del thrash metal estadounidense a mediados de la década de 1980.









