Categorías: Indie Ayer
| Publicado
10/08/2020

Italia 90: El abrazo del fútbol a la cultura pop

El mundial de Italia 90 representó un momento bisagra en el que el deporte se fundió con la cultura pop.

Foto: New Order, Keith Allen y John Barnes

Durante los últimos años de la década de los 80, Europa había atravesado fuertes cambios culturales que culminaron en 1989 con la caída del Muro de Berlín, simbolizando el final de la Guerra Fría y el comienzo de la libertad. La juventud europea que para el establishment era considerada sinónimo de violencia, alcohol y drogas duras, comenzaba a transitar una nueva vibra a través de la ingesta de éxtasis. El acid house se expandió desde Chicago hasta Manchester primero y luego Ibiza en lo que se denominó el "Segundo Verano del Amor" entre 1988 y 1989. Estos cambios alcanzaron al mundo del deporte cuando los famosos hooligans ingleses cambiaron las peleas de tribuna por las noches de rave.

Italia, el país anfitrión del mundial, se encontraba en plena explosión cultural. El género musical italo disco, impulsado por el sello Memory Records fundado por Stefano Cundari y Alesandro Zanni, lideraba los principales charts europeos. Artistas como Ken Lazlo, Baby's Gang y Cyber People eran tan famosos durante los 80 como los principales músicos británicos de ese entonces. Mientras Gianni Versace conquistaba el mundo de la moda, la juventud italiana respiraba nuevos aires estéticos e ideológicos, superada la época de conflicto armado de los 70 a cargo de Las Brigadas Rojas. Así surgieron los paninari, una subcultura juvenil icónica retratada en la famosa canción “Paninaro” de los Pet Shop Boys.

Por esos años, Bernard Tapie asume el mando dentro de la casa Adidas, un hecho clave dentro de la cultura del deporte. Luego de años de un manejo ortodoxo por parte de la familia Dresler, la marca alemana se encontraba en decadencia y acechada por sus competidores. Los nuevos diseños que vistieron a muchas de las selecciones participantes sentarían las bases de su indiscutido liderazgo hasta la actualidad, fundando también el comienzo de una relación simbólica y comercial entre la cultura del deporte y la cultura pop.

Algo de esa Italia cultural de los 80 que mezclaba lo artesanal con lo creativo para intentar ir siempre un poco más allá de las convenciones permitidas, pareció calar hondo en el espíritu de Giorgio Moroder a la hora de componer “Un’State Italiana”. Moroder trabajó en una primera versión titulada “To Be Number One” junto con Tom Whitelock, con quien había ganado un Oscar componiendo “Take My Breath Away” para la película Top Gun. Pese a esto, no quedó conforme con la letra y mucho menos con la interpretación a cargo de Paul Engemann. Originario de Bolzano, Moroder sabía muy bien que en un mundial de fútbol en Italia la canción debía ser cantada en italiano. Así contactó a Edoardo Benetto y Gianna Nannini, quienes nunca habían trabajado juntos anteriormente, y les encargó una reversión en italiano que incluso modificó la letra original. El resultado es conocido por todos: “Un’State Italiana” es una de las canciones más recordadas de la historia de los mundiales. Moroder incluso relegó parte de sus regalías al incluir como coautor de la letra a Tom Whitelock para evitar cualquier tipo de demanda, más allá de que no había formado parte de la composición de la reversión de la original. Moroder y Whitelock nunca más volvieron a trabajar juntos.

La historia de “World In Motion”, la otra famosa canción que dejó Italia 90, es un buen testamento de la unión entre la vanguardia y la cultura popular. James Bloomfield, jefe de prensa de la selección inglesa y fanático de Joy Division, contacta al emblemático Tony Wilson con la idea de hacer una canción diferente a las que venían componiendo en homenaje al seleccionado británico. New Order dudó en un principio, pero una noche en La Hacienda deciden contactar a Keith Allen, asiduo concurrente de la discoteca y padre de Lily Allen. Gran conocedor del fútbol, Allen decide colaborar con la banda y escribe la parte rapeada de la canción que cantaría el jugador de origen jamaiquino John Barnes. Ambos coinciden en que la canción debía evitar los clichés temáticos del fútbol e intentar dar cuenta de los nuevos paradigmas culturales y musicales que atravesaban al mismo.

El sonido de la canción evoca el estilo del acid house en un homenaje a la reinvención momentánea que tuvieron los hooligans a través del consumo de éxtasis. Incluso se iba a titular originalmente “E is for England”, pero la federación inglesa pidió cambiar el nombre por “World in Motion” debido a la obvia referencia que hacía a la droga. El resultado fue un éxito a nivel mundial que consiguió que New Order alcancé su primer y único número uno en su historia en el chart de singles británicos.

Una de las anécdotas más fascinantes relacionadas a esta canción ocurrió durante el inédito duelo musical que sostuvieron las hinchadas de Inglaterra e Irlanda en Cagliari. Cada afición desafió a la otra cantando los respectivos hits mundialistas de ese año. Así mientras los ingleses entonaban “World in Motion” de New Order, los irlandeses les respondían con “Put ‘Em Under the Pressure” compuesta por el baterista de U2, Larry Mullen Jr.

Otro elemento que acercó la cultura pop al deporte fue la recordada indumentaria que vistieron mucho de las selecciones participantes. Bernard Tapie quiso acercar la estética de Adidas a la cultura joven y las coloridas raves de aquellos años. Así varias selecciones presentan peculiares uniformes que combinan franjas (como en el caso de Camerún, Colombia y Rumania) junto con dibujos pixelados o extrañas figuras geométricas (Checoeslovaquia y Yugoslavia). El caso más paradigmático es el de Alemania, elegida como el mejor diseño de ese mundial por romper con su larga tradición de sobriedad y agregar tres franjas que representan los colores de su bandera.

El mundial de Italia 90 dejó personajes y anécdotas que parecen extraídas de esos relatos de fantasía de la cultura rock y pop. Incluso la presencia de Diego Maradona se volvió un antihéroe perfecto en esta narrativa, como una figura que reflejaba la actitud rebelde de la contracultura. Jugadores, público y músicos podían contar y experimentar una misma realidad que representaba el ethos de la época, unidos antes de la violenta separación social, cultural y económica que el mercado fue ejerciendo sobre las estrellas del deporte, el arte y sus aficionados.