Hoy se cumple una década desde la salida de Teen Dream, el tercer disco de Beach House editado por el sello Sub Pop. La dupla se conoció en Baltimore, ciudad marcada por la figura de Edgar Allan Poe, escritor que dejó impresa su nostalgia y oscuridad en forma de niebla. Algunos de esos sentimientos se subyugan en las canciones oníricas de Victoria Legrand y Alex Scally. Teen Dream expone el escalofrío de tener que vivir y encontrar la belleza en la somnolencia, porque la vigilia nunca es placentera. Su sonido describe la melancolía que trae la marea en soledad, y la pasividad de un amanecer después de una noche de tormenta.

Beach House buscó un refugio poco elocuente pero muy místico para albergar su sonido: una iglesia en Nueva York que fue convertida en un estudio de grabación. Quien estuvo a cargo de la producción fue Chris Coady (venía de trabajar con TV on the Radio y Yeah Yeah Yeahs) y le otorgó el tamiz, o más bien la sábana, a esos relámpagos que terminarían en el disco más propio de la banda. Cuatro años antes, la banda había debutado con un disco homónimo en donde reinaba el lo-fi. No empezarían a sentar las bases de su dream pop hasta su segundo disco, Devotion (2008). Teen Dream expresa todo lo que habían querido decir hasta el momento, pero todavía no había concluido su proceso de transformación. Abriendo las puertas hacia una realidad diferente, Beach House logró dar forma a composiciones hipnóticas que denotaban los relieves de algo latente que marcaría para siempre su trayectoria. Una forma de escape fugaz, una lágrima volviéndose a encontrar con el océano.

En Teen Dream hay un enfoque nostálgico que tiñe todo de un gris difuminado. La voz de Victoria duele como nunca antes, saliendo desde sus entrañas hasta lo más profundo de su inconsciente. Su rango toca distintas paletas de tonalidades, cruzando la fantasía que hay entre la sonrisa y el llanto. La lírica evoca la melancolía de los días perdidos, de amores rotos y sentimientos no correspondidos. Bajo un minimalismo esencial, Beach House no debate la destrucción, sino el abandono a un lugar muy íntimo y cálido, donde la angustia se dispersa canción tras canción. Los ambientes que condensa Teen Dream mantienen la suavidad característica de la banda, pero suman elementos que generan nuevas miradas.

Ya desde su arte de tapa, este disco propone una forma distinta de encuadrar la realidad. En un primer vistazo parece un diseño abstracto, pero el misterio se cierra con la primer canción, «Zebra», una melodía con aristas del surrealismo psicodélico que da la apertura a la ilusión. Estos destellos genéricos se asoman y se esconden durante todo el transcurso del álbum, desde el folk en «Norway» y «Used To Be», el soul pop en «Silver Soul», o hasta los ecos de la electrónica en «10 Mile Stereo». Desde lo técnico, el gran salto fue cambiar la caja de ritmos que utilizaban por baterías reales, que combinadas a la repetición de los riffs de guitarra, los arreglos y las líneas de teclado, lograban un sonido más brillante. «Walk in the Park» y «Real Love» son las canciones que marcan el disco por su elegancia y su forma desgarradora de expresión.

Teen Dream sostiene su carácter nostálgico por menos de una hora, un viaje en el tiempo que nos lleva a un lugar soñado, donde lo frágil de la realidad es el sustento indispensable para el punto de fuga. El disco abraza con la misma intensidad que ni diez años pudieron suavizar, ya que Beach House no es una banda «fácil» aunque tampoco incómoda: es un sonido que tiene que entrar de a poco y encontrar su lugar para encender el fuego. En un abrir y cerrar de ojos, te sumerge en un sueño eterno, y el verdadero castigo será despertar de su paisaje sonoro.





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