“El mundo siempre queda, y el que dice adiós sos vos”, cantaba allá por los 2000 una voz prístina que parecía venir del futuro. La base, que giraba en torno a un sample de Maria Bethânia, creaba una atmósfera trip hop embriagadora. La cotidianidad todavía no estaba dominada por lo digital, no había tantas redes sociales y mucho menos una inteligencia artificial que adormeciera los estímulos. Así que esa voz ambigua que parecía confesar lo inconfesable se transformó, para muchos, en un enigma. Tenía la delicadeza de un Federico Moura, pero al mismo tiempo un aura intensa, un vibrato dramático a lo Marc Almond. El nombre de la banda, Adicta, y la tapa de aquel disco debut, que mostraba a una chica retratada al estilo Roxy Music, alimentaban ese imaginario. ¿Sería ella la dueña de la voz prístina? Shh —así se llamaba el álbum—, estaba destinado a convertirse en obra clave del electropop argentino. El título era una declaración de principios en contraposición al auge del rock barrial de fines de los 90, un imperativo ante tanta testosterona y arenga guitarrera. Presten atención, susurraba, y era imposible no hacerlo. Sonaba ochentoso y bailable, pero introspectivo y moderno, adictivamente moderno. La lírica era un pasaje hacia un lugar tan doloroso como disfrutable, con frases que quedaban grabadas a fuego: “Qué poco durás/amor, deberías cambiar/y mostrar que nos dañas”.

Muchos ya habían descubierto a Toto con ”La voz sintética”, canción incluida en el compilado El álbum blanco de la emblemática revista Revolver. Lisérgico, con cierto perfume a The Kinks, el tema era pura perfección melódica y al mismo tiempo una rareza. Formaba parte del único disco que Toto grabó con su anterior banda, Increíbles Ciudadanos Vivientes (1997), auténtica joya oculta del under platense. Toto en realidad era Adrián José Nievas, un chico tranquilo y delicado, de pelo color negro azabache y labios con forma de corazón. Su naturaleza introvertida no le impedía subirse a los escenarios de distintos espacios clave de la movida under porteña como el Morocco, Podestá o La Cigale para ponerle cuerpo y voz a esas confesiones dolientes que, se iría descubriendo con el tiempo, nada tenían de impostado. 

Era un frontman tímido, casi a punto de romperse, pero si algo había aprendido -y muy bien- de Morrissey era ese fino arte de adornar lo frágil con sensualidad. Ahí estaban también la guitarra etérea de Fabio “Rey” Pastrello, ex Los Brujos, y el beat inconfundible de Rudie Martinez, nombre que ya era sinónimo de vanguardia porque venía de sacudir pistas con Víctimas Del Baile y Audioperú, su álter ego techno, aparte de haber integrado el sofisticado trío San Martin Vampire junto a Sergio Pángaro y Fabio Rey. Fue la disolución de este último la que selló su acercamiento con Toto, con quien terminaría formando una prolífica sociedad creativa signada por el respeto y la admiración mutua.  

Luego de Shh, el debut tan elogiado, votado como álbum del año por la revista Rolling Stone, el flamante dúo decidió patear el tablero. Ambos atravesaban crisis personales y económicas en una Argentina que intentaba recomponerse del colapso del 2001, y de tanto juntarse a hacer catarsis fueron apareciendo las canciones de Miedo, el segundo LP de Adicta. El título era todo un signo de época, y aunque la prensa especializada les hubiera colgado la etiqueta de nueva promesa del pop electrónico, la tapa del disco anticipaba que no serían una banda complaciente ni fácil de encasillar. Asumiendo su condición de dupla icónica, Toto y Rudie aparecían recreando la portada del álbum Non-Stop Erotic Cabaret de Soft Cell, luciendo sus tapados furry sobre un fondo blanco, como dos vampiros glam. Un primer gesto de saludable rebeldía, y la antesala de una metamorfosis que no sería sólo estética. 

Toto y Rudie Martinez
Rudie Martinez y Toto Nievas. Foto: Marina Cimerilli

Tras el alejamiento de Fabio Rey, la banda incorporó a Julián Fraus en guitarra, Sergio Sotomayor en batería y Mariano López en bajo, inaugurando así su etapa más oscura y visceral, sintetizada en el disco Día de la fiebre (2005). Esa formación volvería a mutar más adelante con el ingreso de Joaquín Franco y Diego Rodríguez en batería y bajo y Alejo Kaufmann en teclados, aunque sin alterar la esencia. A esa pasión inclaudicable por la pista de baile le inyectaron tracción a sangre y una actitud mucho más desafiante y rockera. Desgarrada, sí, pero salvaje y profundamente vital. Lejos de hacer una apología de las pasiones tristes, Adicta proponía el baile como exorcismo, un constante estado de apoteosis que en vivo se volvía catarsis colectiva. Porque a sus shows no iban sólo emos o darkys, era más bien una fraternidad de tribus urbanas que se congregaban en torno a esas canciones construyendo así su propia cultura del aguante, una que funcionaba bajo sus propios códigos, en otro universo emocional y estético.

“Soy animal/no creo en las historias de amor”, cantaba Toto en un arrebato de nihilismo punk, y desde abajo del escenario era imposible no sentirse interpelado por la performance de esa rara avis, ese trovador queer que irradiaba sensualidad y enojo en partes iguales. Conmovía porque esa representación no era otra cosa que su verdad, por momentos abrumadora, pero una verdad que nunca traicionó, aun cuando el fruto de esa lealtad no le permitiera sostenerse económicamente. La propia afirmación de su ambigüedad se volvía gesto político, manifiesto estético y respuesta contracultural en épocas donde la exaltación de lo masculino era la norma. Sin duda el impacto de Toto y de Adicta en la escena amerita ser medido también desde esa óptica. Y ese dramatismo, esa extrema fragilidad que a veces podía incomodar, significaba validación y desahogo para quienes lidiaban con emociones complejas. Toto resultaba disruptivo porque no podía ser otra cosa más que él mismo. No había lugar para la ficción. Por eso tampoco escondía su costado más varonil ni su sintonía con lo popular, algo de lo que daba prueba ese tono barrial, afable y sin formalismos que aparecía al conversar con él, sin importar el contexto.  

En mayo de este año se cumplió una década de aquel domingo en el que fue encontrado sin vida en la habitación de su casa de La Plata. Su partida física fue abrupta y muy temprana, quizás no tan desconcertante, considerando que sus letras eran el relato en carne viva de ese delicado equilibrio que lo sostenía. El orden dentro del caos. Los labios acorazonados se sellaron, y entre tantas preguntas sin respuesta, queda la intriga de cómo se plantaría ante este presente tan manipulado por algoritmos, plagado de discursos individualistas y supuestos gurús emocionales que ofrecen soluciones a un reel de distancia. ¿Qué tendría para decir de esta hiperconectividad patológica, que atenta contra el deseo y pone en crisis la experiencia de lo verdadero? Seguro seguiría escupiéndole al amor sus verdades brutales, tal vez más que nunca

Toto por Marina Cimerilli
Toto Nievas. Foto: Marina Cimerilli

Toto era, en esencia, un hacedor de canciones, de los más auténticos que haya parido el under argentino en las últimas décadas. Lo era en los tempranos 90 cuando circulaba por los reductos alternativos de la movida platense, como esa noche en la que se animó a acercarle un caset con sus demos a Rudie, que pasaba música en el mítico bar El Tinto. Un diamante en bruto que por entonces ya deslumbraba con su destreza para componer, y que más adelante sería admirado por colegas de la talla de Gustavo Cerati o Daniel Melero. Incluso Andrés Calamaro decidió dedicarle su Premio Gardel al enterarse de la noticia de su fallecimiento. ¿Estuvo demasiado a la vanguardia para su época? ¿Resultaba demasiado desafiante, demasiado extraño, demasiado humano?. 

A Adicta se la terminó leyendo como la contracara de Miranda!, que irrumpió en 2001 en la escena con su combo histriónico y fiestero. La dupla de Juliana Gattas y Ale Sergi también apostaba al cruce entre el pop y la electrónica para lidiar con el desengaño amoroso, pero su forma de hacer catarsis era colorida y lúdica, en plan melodrama kitsch. Puede que esa especie de “grieta” que se instaló en aquel momento entre ambas bandas haya sido una respuesta ante la incómoda frontalidad de Adicta, y de ese performer existencialista y sin miedo al abismo que encarnaba Toto. Pero lo cierto es que las dos funcionaban, cada una a su manera, como desahogo para una generación fuertemente atravesada por la inestabilidad económica y el descontento social.

En un impasse de la banda, mientras Rudie probaba suerte en España, Adrián se puso a rescatar viejas composiciones y le dio forma a Ciudadano Toto, proyecto con el que exploró su costado más confesional y agridulce. “Hacé de cuenta que soy inalcanzable”, advertía sin filtros en “Su tibio color”. Y en buena medida lo era. Pero detrás de ese alienígena sexy con aura de poeta maldito había un pibe accesible y muy cercano, que prefería interactuar antes que refugiarse en el divismo o la pose cool. Por eso cuando editó Groupie en enero de 2001 lo hizo de manera artesanal, con copias hechas a mano que él mismo distribuyó entre sus fans y amigos. Su álbum homónimo, con aquella icónica foto de portada hecha por Nora Lezano, fue lanzado en una edición limitada por el sello Agencia de Viajes en 2002, y reeditado en versión expandida a través de Isopo Discos. Hoy auténticos objetos de culto, ambos conforman una galería de tesoros en forma de canciones tan urgentes como atemporales. En realidad, como diría Silvio Rodríguez en esa famosa plegaria que Toto eligió interpretar en vivo en la última etapa de su carrera, eran mucho más que canciones o pretextos para sufrir: era su necesidad de aferrarse a esta tierra.

Su Tibio Color

Esa apuesta en solitario también fue una suerte de laboratorio experimental. Fascinado desde chico con los arreglos de Mediterráneo, el mítico álbum de Serrat, quiso replicar a su manera algo de esa grandilocuencia en la instrumentación. Nunca le preocupó que pudieran tildarlo de cursi o demasiado romántico, y ahí están las bellísimas “Extraño” y “Meses” como prueba irrefutable. O “Reclámale a la vida lo que es mío”, esa súplica a viva voz posteriormente regrabada con Adicta para el álbum doble Cátedras, aunque en versión más rockera. “Yo voy a entender/Que nunca seré normal/Y dormiré de día/Y no tendré para cenar”, confesaba con pulso Smiths en “Yo no pedí nacer”. “Y nunca estará” en cambio, era puro barroquismo pop en plan nihilista: ”¿Hacia dónde estamos corriendo?/¿Cuándo sabremos que llegamos?”. En “Cuando cuente tres” dejaba ver su admiración por el Charly de los 80, a quien más adelante volvería con ese finísimo cover de "Plateado sobre plateado" incluido en Adictism, disco de reversiones de Adicta. Es que Toto también fue prolífico en ese aspecto. Tanto, que se puede encontrar hasta una versión suya del Ave María dando vueltas por Youtube.

En su lógica no había lugar para medias tintas. Por eso, cuando en 2012 sintió la necesidad de depurarse física y mentalmente, decidió abandonar Adicta. No solo se alejó de los escenarios, también dejó de componer, incluso de escuchar música. Dos años después, cuando tomó la decisión de volver al ruedo, lo hizo desde una postura radical: cambió el glamour por un look más clásico, como un reflejo externo de esa tan anhelada simplicidad. En sus últimas presentaciones en vivo había vuelto un poco a aquella timidez de sus comienzos, siempre cobijado por su público, fruto de ese aguante genuino que supo construir a lo largo de los años, y en el que parecía encontrar refugio. Cuando cantaba ”A veces quiero ser común” lo decía desde las entrañas, y en ese renacer, esa nueva piel alejada de cualquier estridencia, parecía asomarse algo de ese equilibrio que tanto ansiaba.  

El año pasado en el programa de streaming Hay algo ahí, el periodista Juan Ruffo confesó, visiblemente emocionado, que nunca logra explicar por qué las canciones de Adicta lo conmueven tanto, especialmente la figura de Toto. Y eso que no pudo verlo cantar en vivo. Probablemente esa anécdota se replique en muchos de los que hoy siguen a la banda, que además de mantener vivo el legado logró reinventarse sin perder la esencia y ya lleva 25 años subiéndose a los escenarios. La fascinación que Toto sigue despertando confirma su estatus de culto y es prueba de su trascendencia, aun cuando el éxito le haya sido negado. Fascinación que también se vio reflejada en aquel concierto homenaje en Niceto en el que participaron más de treinta artistas, con su eterno coequiper Rudie oficiando de maestro de ceremonias. Esa noche culminó con la banda interpretando “Perderlo todo”, uno de los tantos himnos de Adicta, mientras la voz de Toto flotaba etérea y el público, que había agotado la capacidad, se fundía en un mar de llantos y abrazos

Flores, brillos y arcoíris, así se llamaba el disco que iba a presentar aquel 23 de mayo en Niceto. Grabado, producido y editado por él mismo en una sencilla tirada de solo 200 copias, y con un diseño colorido, muy en sintonía con el título. Aunque al darle play, la ironía no tardaba en descubrirse: “Tal vez, tal vez nunca más vuelva/ si el cielo, el cielo me abre sus puertas”, cantaba en tono alegre sobre una base de cumbia. Un mensaje que sonaba a despedida. “Simplemente no fui hecho para estos tiempos”, confesaba Brian Wilson, y sin embargo supo transformar ese dolor en canciones. Toto también luchó contra sus propios demonios, y en el fragor de la batalla le fue poniendo voz y épica a esa oscuridad tan aterradora, alumbrando el trayecto para que atravesarlo resulte menos doloroso. Tradujo lo indescriptible a un lenguaje universal y transparente, sin demasiados artilugios ni mensajes crípticos. El refugio que construyó lo volvió inmortal, y ese acto de coraje es sin duda su mayor legado.

Adicta se presentará el martes 23 de diciembre a las 20 h en Niceto Club. Entradas disponibles a través de Passline, 20% de descuento con Comunidad Indie Hoy.

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