El género policial, también llamado detectivesco o de enigma, fue inventado por Edgar Allan Poe. Entre 1841 y 1843 publicó los tres relatos que sentarían el precedente: “Los crímenes de la calle Morgue”, “El misterio de Marie Roget” y “La carta robada”. El escritor estadounidense, siempre caracterizado como un oscuro maestro del cuento breve, fue el primero que materializó narrativa y literariamente la figura de un detective; es decir, un hijo de la filosofía racionalista, en este caso Auguste Dupin, de –nada casual-, origen francés.

Pensar en los grandes autores de este género, es también pensar en la figura inmortal de los detectives que crearon. Revisemos: Conan Doyle y Sherlock Holmes; J.K Chesterton y El padre Brown; Raymond Chandler y Philipe Marlowe; Dashiell Hammet y Sam Spade; Agatha Christie y Hercules Poirot. Justamente, fue la dama de la lista la que movió el tablero cuando, en 1939, publicó Diez negritos, una de sus obras más emblemáticas y sin dudas la más vendida. La curiosidad de la novela radica en que, a diferencia de las otras, no incluía un detective. ¿Es posible esta transgresión en un policial? Sí, es posible. El misterio se resuelve en un epílogo, una vez terminada la historia. El título, que hace referencia a una canción infantil donde en cada estrofa una persona muere de manera extraña, define el argumento: algunas personas sin aparente vínculo son invitadas a pasar un fin de semana a una misteriosa mansión en la Isla del Negro, en la región de Devon. Una vez allí y sin poder escapar, empiezan a morir uno por uno. La venganza es el leit-motiv que se va desarrollando motivada por el pasado execrable de cada invitado que ha logrado, hasta el momento, escapar de la justicia.

Le Chalet, una miniserie francesa de seis capítulos creada por Alexis Lecaye y realizada por Camille Bordes-Resnais, que se emite actualmente por Netflix es gran deudora de la novela de Agatha Christie. La relación hipertextual, si pensáramos en Genette (hipotexto-hipertexto), es evidente.

La trama presenta un grupo de jóvenes que vuelve a juntarse luego de veinte años en una pequeña localidad francesa, Valmoline, de donde son oriundos, con motivo del casamiento de uno de ellos. Luego de atravesar el puente que constituye la única vía de acceso, este se destruye dejando a todos de alguna manera atrapados. Siendo que la trama transcurre en 2017 uno podría pensar que las comunicaciones van a sortear esta dificultad sin problemas y que tarde o temprano podrán regresar a sus rutinas. Pero nunca debemos sobrestimar a la tecnología, menos en un policial. A los pocos minutos de su estadía en ese apacible lugar, advierten que los teléfonos celulares y los fijos se volvieron inútiles. ¿Casualidad o alguien quiere de forma deliberada incomunicarlos? ¿Por qué? Así empieza el primer capítulo.

La serie gira en torno a una casa, el chalet del título, como en Diez negritos, donde las historias entre los personajes se van a ir descubriendo mediante flashbacks, en ocasiones reveladores, pero siempre cargados de esa asfixia que la mano de Christe supo dosificar tan bien. Así como en la novela, las muertes van a ir sucediendo, no hay detective a la vista y la peor pesadilla es saber que el asesino es uno de ellos, que podría ser la persona que conocés hace años y que podría actuar en cualquier momento.

Le chalet presenta todos los ingredientes necesarios para convertirse en un policial de género aunque los personajes sean al mismo tiempo victimarios, posibles víctimas e investigadores. La miniserie desvía la atención de los espectadores respecto a los culpables, introduce sospechosos con una carga simbólica muy bien planificada, abre interrogantes que quedan picando, juega con las máscaras y los perfiles de los habitantes de Valmoline y, para generar cierta confusión, alterna planos temporales.

El esquema narrativo repite ciertas convenciones: las pistas más superficiales suelen ser las más reveladores o que el/la o los/as culpables, es/son los que menos habíamos imaginado. El final se revela a cuentagotas, cuando uno ya obtuvo la mayor cantidad de piezas del rompecabezas. Pero en ningún momento se subestima al espectador, al contrario, así como los textos de esta variable demandan un lector activo, Le chalet requiere un espectador capaz de un tour de force intelectual que le permita dilucidar, con un razonamiento lógico y relacionando los indicios, el móvil de tan elucubrada venganza. Como en la mayoría de los relatos clásicos, la miniserie francesa presenta la historia ya sucedida: la indagación se orientará a reconstruirla para justificar lo que se vislumbra como inexplicable.

La miniserie incurre en dos tópicos clásicos que también son tomados de Christie (y antes de Poe): el del delito cometido en un “cuarto cerrado por dentro”, es decir, el que se lleva a cabo en un espacio en el que nadie puede entrar o salir y no se encuentra una explicación lógica y el recurso de lo evidente que no es visto, que remite a esas circunstancias donde algo, por estar o ser demasiado visible o evidente, termina siendo pasado por alto al punto de volverse “invisible”. G.K. Chesterton presenta un notable ejemplo en el relato “El hombre invisible” donde un hombre con custodia permanente termina muriendo a manos del cartero, no porque sea invisible, sino porque su figura ya se había naturalizado al punto que nadie se fijaba en él.

Así como los personajes de Diez negritos, la mayoría de los jovencitos de la historia también cargan con muertos en el placard, en este sentido no literal, aunque dada la correspondencia, bien podría haber sucedido. A medida que avanzan los capítulos, la serie nos enseña hasta qué punto las acciones de nuestro pasado condenan el presente y condicionan los días futuros. No importa si la justicia llega a través de ley o por una filosa cuchillada, tarde o temprano, las cosas se acomodan en su lugar y el orden se restablecerá (como en las tragedias de Shakespeare). No por nada, Thomas de Quincey dijo alguna vez que la finalidad última del asesinato considerado como una de las bellas artes es “purificar el corazón mediante la compasión y el terror”.

A pesar de los componentes verosímiles de Le chalet, en concordancia con la esencia de esta especie literaria, ciertos aspectos del contexto (¿Cuánta gente vive en ese pueblo?), la historia que justifica los asesinatos y el modo de llevar a cabo algunos crímenes pueden parecer un poco forzados, quizás, falsos. Pero como una vez señaló Borges, siempre polémico, el género policial es una ficción abstracta, no un género realista.

Constantemente encontramos series y películas policiales poblando las pantallas: Trapped, Fargo, Crossing Lines, La hora final, La Mantis, El cofre, The Sinner, etc. ¿De dónde nace tanta demanda? Voy a arriesgar una hipótesis. Las personas desarrollamos a lo largo de nuestra existencia cierta práctica positivista y el día a día nos exige una capacidad analítica cada vez que sucede un hecho que no podemos entender. En la televisión, los periódicos, las páginas de noticias no dejamos de toparnos con acontecimientos catastróficos que no podemos asimilar con deducciones ni certezas. El mundo está lleno de absurdos. En cambio, cuando leemos una buena novela policial o miramos una serie como Le chalet, todo ese razonamiento desarrollado inútilmente en la cotidianidad cobra sentido. Tal vez sea por eso que el género policial goce de tan buena salud y se mantenga siempre vigente.

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