Foto: Claudio Barbará

El último libro del poeta argentino Jorge Rivelli (1954), barfly (La Carta de Oliver), trae como novedad temática un centenar de poemas en torno a la vida nocturna en la ciudad y al alcohol. Libertad y autenticidad. Son versos directos, descarnados pero siempre precisos. La sintaxis de barfly, como marca de intensidad, no condena, ni reprime, ni explicita de más. Sin un sesgo de moralina, compasión o descanso, uno a uno, estos cien poemas convergen en el lector para producir nuevas preguntas y formas de percibir la realidad.

Ajeno a la figuración, Rivelli supo replegarse de las modas pasajeras para trabajar una obra que va a perdurar. No es algo que ocurra muy seguido. Además de haber integrado diversas antologías, Rivelli, dirigió la mítica revista de poesía Omero (1999-2009).

Barfly es un libro relacionado al alcohol, y sus efectos, el alcoholismo. ¿Fue un tema que te eligió a vos o más bien viceversa?
-¿Escribo para tomar o tomo para escribir?…se preguntaba Bukowski. Me considero un dipsómano part-time, que en el aluvión poético sería una mosca revoloteando una copa.



Barfly está dedicado a Charles Bukowski. Estilísticamente tiene mucho que ver con el autor de Factótum. Sería oportuno te refieras a la forma ceñida de sus versos, el estilo descarnado con que trabajaste el registro del libro.
-Me permite decir directamente, evitando metáforas para la posteridad. El príncipe de las tinieblas en la ronda ciudadana, calculando la lluvia mediática, la nave de los césares y el eterno congelamiento del infierno del Dante.

-El alcohol aquí, al igual que la poesía, opera como un “siniestro juego de seducción”. ¿Es posible trazar algún tipo de relación dialéctica entre los dos?
-“El siniestro juego de seducción” del alcohol potencia la visión daltónica del poeta. Así como la poesía reduce el cuerpo hipnotizado, dormido o muerto del tipo.

-Es interesante que los poemas no lleven título, sino apenas una numeración, casi como si se tratara de “nominar en voz baja”, como afirmaría Santiago Sylvester. ¿Se debe esto a un motivo en particular?
-El libro aclara que los primeros 20 poemas pertenecen a “platos de agua copas de fuego”, publicado en 2012. También dedicado a Bukowski, dónde todos los títulos son iguales: “10 de marzo”; fecha que nos enteramos de la muerte del viejo (realmente fue el 9 de marzo). Entonces, en barfly, decidí numerarlos y llegar a un número redondo: cien.

-Asimismo es atrayente ver cómo en cien poemas monotemáticos, sin caer en el latiguillo de lo mismo, desarrollaste algo así como la profundidad infinita de la variación. Ningún poema es parecido, más bien todo lo contrario.
-Trabajé un año en la corrección, pero la idea siempre fue mantener un cuidado en no repetir, en no caer en las imágenes calcadas de Bukowski.

-Las alucinaciones están presente también a través de figuras femeninas fantasmagóricas: el propio delirium tremens. Hay un aura de “realidad dantesca”… infernal. ¿Pensás que la poesía ayuda a librarse del sentimiento trágico “de la culpa/ y los bares”?
-Creo que más que un sentimiento trágico es un alimento poético. Bares/ culpa / bares no deja de ser un nicho lírico como cualquier otro.

-En varios poemas aparece Nicolás Olivari. ¿Qué te atrae de su mirada?
-Una profunda admiración a éste gran poeta olvidado. Polifacético, que huele la ciudad como un perro rabioso.

-Y si bién no lo nombrás a Ricardo Zelarayán, mencionás su libro La obsesión del espacio. ¿Sentís que influenció en tu escritura, Jorge?
-Marca una manera, un estilo en la poesía. Hay un antes y un después de Zelarayán. “La gran salina” es el poema que nunca se puede dejar de leer. Lo conocí, lo visité en el geriátrico una semana antes de su muerte.

-Por cierto, tu escritura prescinde de mayúsculas y cualquier tipo de signos de puntuación como la coma, y el punto y coma. También el uso del ampersand… ¿influencias de la generación beat?…
-Siento que escribo a un lector como si le hablara y cuando hablo no tengo mayúsculas ni puntos ni coma, pero la “&” es para darle una gráfica literaria.

-Leemos en un pasaje: “Durante cuatro días/ las persianas bajas/ sin televisor/ sin timbre/ sin teléfono/ sólo tabaco/ alcohol/ oscuridad/ y silencio”. Me gustaría te detengas en ese paisaje casi lumpen. ¿Estamos ante la voz de un “derrotado”, un antihéroe?, ¿por qué?
-Un poco el último de los mohicanos. Esto ya no existe. Hoy todo derrotado o antihéroe tiene un celular o una laptop y se la pasa llorando por las redes hasta el suicidio.

-De esta amplia colección de poemas, ¿alguno de ellos fueron escritos en el fondo de algún bar, tal vez “en la soledad/ de un trago?”
-Algunos de los primeros entre el 1 y el 20, pero la mayoría los escribí mientras trabajaba en mi librería “netochka” y más lúcido que con “brain plus iq”.

-Es increíble la cantidad de poetas aficionados a la bebida. Lowry, Pessoa, Thomas… Casi, te diría, como una condición sine qua non. ¿Encontrás algo conjetural en esto, o, simplemente Baco es un gran consejero de poetas?
-Baco se acerca y Baco se aleja. Para mí es imposible escribir tomando, me tomo muy en serio la poesía como para compartirla con un trago. Tomo para disfrutar la variación de mi cuerpo, cabeza & alma en una desinhibición fatal. Escribo en otro lado.

-En barfly la geografía porteña se filtra a través de los nombres específicos de barrios, inclusive calles. ¿Delinear con precisión aquella topografía te ayudó a ahondar la concentración poética?
-Una obsesión que me permitió delinear un nuevo trabajo. El detalle intrascendente para mí es trascendente para poder dibujar con mayor precisión el poema.

-En el poema 93 compilás una serie de coincidencias muy particulares entre acontecimientos. Por ejemplo, destacás el hecho que Jorge Teillier haya nacido el mismo día en que Gardel murió. ¿Cuál es la historia de ese poema?
-Una búsqueda más precisa. La poesía y la vida es un mundo de coincidencias históricas. Mi nuevo trabajo está inundado de detalles (horas, días, comparaciones de fechas) y la búsqueda de nombres que alguna vez mojaron nuestros libros.

-¿Qué autores estás leyendo actualmente?
-En poesía: al querido amigo patagónico Jorge Spíndola: Perro lamiendo luna; La épica del movimiento continuo de Rodolfo Edwards (otro amigazo), Alda Merini: Clínica del abandono, Adonis: Epitafio para Nueva York, El hundimiento del Titanic de Hans Magnus Enzensberger y Dan Fante. Estos libros me acompañan desde enero, voy alternando entre estos seis. Además en narrativa siempre tengo a mano los libros subrayados de Salvador Benesdra (El traductor y El camino total), Jorge Barón Biza (El desierto y su semilla) y El amhor los orsinis y la muerte de Néstor Sánchez.

-Para concluir, Jorge. ¿Te considerás un poeta melancólico?
-Soy un poeta que puede caer fácilmente en la melancolía.