Fotografía: Thomas Langdon
Fotografía: Thomas Langdon

Perplejidad transformada en asombro, vuelo imaginativo que vislumbra maravillas detrás de lo cotidiano, juego de espejos que modifica la percepción y ofrece representaciones inéditas de la realidad, ironía sutil que va de lo poético a la perversión. Tales son algunas de las características de Un cementerio perfecto (Eterna Cadencia), de Federico Falco. Un interesante muestrario de las posibilidades formales y temáticas del cuento corto contemporáneo. Relatos que operan como exploraciones lúdicas, ejercicios de la inteligencia y depurados artefactos narrativos.

-Nos conocemos hace varios años ya, y ha sido increíble (o tal vez no tanto para quienes sabíamos de tu propuesta narrativa), el modo con que tu obra cuentística ha sido reconocida por la crítica. ¿Los viajes ayudan al mito de que no hay profeta en su tierra?
-No estoy muy seguro. Me parece que es más un mito que otra cosa. Mis primeros libros se publicaron en Córdoba y, en su momento, creo que tuvieron toda la atención que merecían. Que es más o menos la misma atención que recibe un primer libro, de alguien muy joven, en cualquier lugar: los leen los amigos, con suerte le hacen alguna entrevista, lo reseñan en algún medio. En ese sentido, yo no puedo quejarme, Córdoba fue muy generosa conmigo: salieron entrevistas, tuvieron buenas reseñas, los libros circularon, armaron un moderado bullicio. También creo que se dio una situación que hasta ese momento no sucedía: la aparición de los libros coincidió con la explosión de los blogs, una expansión del uso de internet. Me parece que ese fue el comienzo de algo: un cierto abolir las distancias, un cierto facilitar el diálogo. De pronto se dio un intercambio fluido entre escritores de diferentes lugares: sobre todo entre Córdoba y Buenos Aires, pero también escritores de Rosario, de Santa Fe. Y eso amplió mucho el campo. Muy pocos ejemplares de esos primeros libros llegaron a Buenos Aires, pero la red permitió que el diálogo existiera, que los cuentos se empezaran a publicar en revistas digitales, en blogs, que se leyeran desde una especie deslocalización nueva o novedosa. Algo que la generación anterior de escritores cordobeses no había tenido: para ellos había sido mucho más difícil que los leyeran fuera de Córdoba.

-Por cierto, ¿continuás viajando con frecuencia a festivales internacionales? Imagino que no debe ser fácil, para un creador de ficciones, hallar el tiempo requerido para pensar en posibles historias… Aunque en cierto modo te debe de ayudar a pensar un poco mejor la verdadera perspectiva de tu oficio.
-Viajo cuando me invitan y sólo si logro coordinar las obligaciones laborales cotidianas como para poder escaparme sin problemas. Me gusta viajar: permite conocer cosas nuevas, cambiar el punto de vista, sumar experiencias. Altera un poco la rutina, es verdad, y para escribir, yo necesito cierta cosa rutinaria, repetir horarios, costumbres. Pero, aunque viajar atenta contra todo eso, paradójicamente no sólo permite que conozcas otros autores, otras literaturas, otros lectores, sino que también ayuda a escribir. El año pasado, por ejemplo, me invitaron a viajar a Colombia para participar en un programa llamado “Bogotá contada”. La idea era vivir una cierta cantidad de días en Bogotá y escribir sobre la ciudad. Gracias a ese viaje encontré la manera de completar uno de los cuentos de este libro. Hacía mucho tiempo que venía con ese cuento dando vueltas y había una parte que no terminaba de cerrar. En el 2005 o 2006 visité un cultivo de flores, en Córdoba, cuando el cuento apenas estaba apareciendo. Después lo trabajé mucho, lo retomé, lo dejé, el cuento fue cambiando, pero había algo relacionado al vivero, a la vida en torno a la carpa de un invernadero, que no terminaba de cuajar. Al llegar a Bogotá, mientras el avión se preparaba para el aterrizaje, a través de la ventanilla pude ver, en las cercanías del aeropuerto, muchas carpas alineadas. Pregunté qué era eso y me explicaron que Colombia es uno de los mayores exportadores mundiales de rosas y flores de cortes, algo que yo ignoraba. Le conté a la gente que organizaba el programa lo sorprendido que me había dejado ese dato y les conté sobre el cuento que estaba escribiendo y una cosa llevó a la otra y ellos, con una predisposición y una generosidad inigualables, me organizaron una visita a un cultivo de claveles y rosas y a un mercado de flores. Ahí pude hablar con algunas “floras”, las mujeres que trabajan en los cultivos, conocer sus historias, ver cómo era su rutina de trabajo. La visita definitivamente me sirvió para terminar de entender el mundo del cuento y a su personaje central. Después, cuando se terminó el viaje y volví a casa, no tardé más que un par de días encontrarle la vuelta y escribir las partes que faltaban.

-¿Es una impresión subjetiva, y por lo tanto equívoca, o se trata que desde La hora de los monos, a esta nueva colección de relatos, ha madurado tu forma de narrar? Ya no lo forzás todo al efecto final del último párrafo. Se nota que hay mayor seguridad en el juego que vas ejecutando. ¿Ha cambiado tu teoría del cuento?, ¿qué pensás que ha ocurrido en este lapso de tiempo?, ¿simplemente la vida?
-Bueno, pasó bastante tiempo desde La hora de los monos. También pasaron bastantes cosas… la vida, viajes, mudanzas, cambios, aprendizajes. A lo mejor ahora tengo un poco más de confianza con las herramientas de la escritura, pero más allá de eso, estos cuentos me parecen una evolución natural de mi forma de escribir. En todo caso, siento que en estos años aprendí a tener paciencia, a esperar, a no dejar que la ansiedad arrebate el texto. Pero no creo que mi idea de qué es un cuento haya cambiado demasiado… o en todo caso, qué es un cuento me sigue pareciendo algo tan escurridizo y difícil de definir como antes. El problema del cuento como género es que la forma de lo que usualmente se considera un cuento se ha cristalizado tanto que por momentos pareciera que es un molde rígido que se repite de libro en libro, de autor en autor. Cambian un par de circunstancias, escenarios, el tipo de personajes, pero las estructuras siguen siendo las mismas, una y otra vez: tres o cuatro “tipos” de cuentos, que se han vuelto fórmulas a seguir. En ese sentido, me parece que el desafío del género es escaparle a la forma fija, a los modelos anquilosados, cada vez en que uno se sienta a escribir, volver a pensar qué es un cuento. Si hay una definición, tensar sus límites, hacer permeables sus fronteras, mixturarlas con otros géneros o formatos. En lugar de obligar a la historia a entrar en un molde prefabricado, mi idea es que cada historia tiene que encontrar su propia forma, una forma particular y única, que crezca orgánicamente desde ella misma.

-En Un cementerio perfecto, volvés al cuento, pero con una colección de piezas diferentes a las que solíamos vincularte a vos. Hasta los escenarios mudaron también, hacia zonas rurales… ¿Cómo nació este libro?, ¿buscaste un hilo conductor común?
-El libro se fue armando de a poco. Siempre trabajo en varias historias al mismo tiempo y cuando empecé a darme cuenta de que algunas de las que iba terminando tenían rasgos en común (algunos temas, una determinada geografía, ciertos motivos “vegetales”), me concentré en otras que tenía a medio camino y que sentía que más o menos hacían resonar los mismos temas y dejé afuera, o postergué para más adelante, la escritura de otros cuentos, que me pareció que no iban a relacionarse demasiado bien con estos. Además, para los cuentos de este libro, en general traté de contar de una manera más simple y llana. Me parecía que los temas que iban surgiendo no aceptaban narradores demasiados rebuscados, ni saltos temporales, ni tramas que se construyeran sobre la intriga o que buscaran el efecto.

-Cuando apareció su libro Velcro y yo, Martín Rejtman me dijo que el pensaba sus cuentos como canciones. ¿Cómo pensás vos tus cuentos mientras los escribís?; ¿sos de planificarlos minuciosamente?
-Nunca planifico nada, parto de una imagen, de una sensación, de un “algo” que me da un primer impulso de escritura y a partir de ahí empiezo a explorar ese personaje, o esa situación, o ese paisaje. De a poco, con idas y vueltas, va surgiendo la historia y el cuento se va a armando. En estos últimos años me mudé bastante, viví en distintos lugares, y de a poco los cuentos se fueron convirtiendo en una especie de terreno propio: mientras todo alrededor cambiaban, el territorio de los cuentos seguía allí, constante. Si los pensaba de alguna manera, era como lugares a dónde escaparme, refugios, territorio conocido donde quería pasar tiempo.

-Tu cuento homónimo, me trajo a la memoria El cementerio central, relato que Diego Muzzio había incorporado en su Mockba. ¿Cuál fue la historia de Un cementerio perfecto?
-El personaje del diseñador de cementerios apareció hace muchísimos años como un personaje muy secundario, en un cuento que estaba escribiendo y que al final nunca terminé. En ese cuento era simplemente el esposo de alguien, un esposo siempre ausente, porque se la pasaba viajando por el país, diseñando cementerios parque. En algún momento empecé a imaginarme cómo sería esa vida, cómo sería un personaje así y moví el foco hacia él y decidí seguir ese hilo. Al principio, la idea de alguien que diseñara cementerios creo que me daba gracia, pero después, a medida que le fui prestando más atención, me di cuenta de que ahí, en ese hecho, en el diseñar cementerios, había un montón de temas que me resonaban y poco a poco me lo fui tomando cada vez más en serio.

Las liebres y El río, son dos cuentos que más allá de su breve extensión comparten otras similitudes, como su sesgo hacia lo fantástico. Una zona, por cierto, a la que siempre te asomaste aunque con mucho recaudo. ¿Hay que temerle un poco al delirio creativo?
-No sé si hay que temerle. A mí me interesa el borde, lo difuso, lo que queda en esa zona un poco indefinida, en la frontera. Tal vez pueda ser visto como algo peligroso, pero me parece que esa es una mirada que, sobre todo, viene del afuera. Es el miedo que se despierta en quien no sabe cómo nombrar aquello que no se delimita claramente. En lo particular, me parece que es un territorio fértil para trabajar porque, de nuevo, es el lugar donde las cosas se salen de sus formatos habituales, de sus modelos preconcebidos. Así como me gustaba la idea de que cada personaje en el libro buscara su propia manera de ser hijo, o ser padre o ser pareja, más allá de lo que las formas de lo social le impusieran, me interesaba también que desde el género cada historia encontrara su propia manera de ser.

-Tengo la sensación que por el tiempo que te tomás en publicar y el modo trabajado de tus cuentos, sos un escritor que corregís con cierta intensidad. ¿Contás con alguna técnica en particular?
-En realidad, no corrijo tanto, sino que tardo mucho tiempo en encontrar la historia y en llegar a una primera versión decente: voy escribiendo de a partes y nunca sé muy bien por dónde va la trama, avanzo un poco al tanteo. Si en algún momento siento que estoy demasiado perdido, dejo descansar el cuento por un tiempo y lo retomo más adelante. A veces, incluso, años más adelante. Necesito esa distancia para volver a mirarlo con ojos frescos y encontrar las pistas que antes no había visto y que me permiten avanzar, o resolver cosas. Todo esto, claro, implica bastante relectura, y en cada relectura voy haciendo correcciones, o agregados o tachando cosas sobre los fragmentos que ya tengo. A lo mejor por eso cuando llego a una primera versión definitiva, ya no hay tanto para corregir. Puede ser ajustar el tono, o modificar algunos tiempos verbales para que sean coherentes con los del resto del cuento. Después, hago dos o tres rondas de corrección lapicera en mano, buscando errores, clarificando cosas y eliminando ripios. Cuando considero que ya está, se lo envío a tres o cuatro personas, lectores amigos pero sinceros –por no decir despiadados- y espero a ver cuáles son sus reacciones, sus miradas. En base a eso, si es necesario, vuelvo a corregir o a reescribir.

-Tu cuento La actividad forestal me llevó a preguntar cómo llegaste a pensar en un argumento como el que activás en ese relato. Este tipo de ideas, me temo, no son azarosas. Debe haber un trabajo de verosimilización por detrás.
-Me llevó muchísimo tiempo escribir ese cuento. Como te contaba antes, la idea inicial es del 2005 o 2006, año en que fui a visitar un cultivo de flores en Córdoba. No sé donde había visto una imagen de un cultivo de flores bajo la protección del plástico. Eso fue lo que disparó todo y por eso quería saber un poco más sobre el tema, averiguar, ver de cerca. El cuento tuvo muchas versiones, varios avances por calles sin salida, lo abandoné y lo retomé muchas veces. De a poco fueron apareciendo los personajes. Primero estaba sólo esta mujer, de mediana edad, casada o en pareja con un japonés que cultivaba flores. En esa versión el japonés ni siquiera hablaba español: creo que por entonces yo estaba pensando en lo difícil que es comunicarse con alguien, incluso –o sobre todo- con alguien con quien se convive. Toda esa parte fue la más complicada de escribir y creo que por eso, porque no encontraba la manera de contar esa rutina, empecé a ir hacia atrás y preguntarme cómo había llegado la mujer a ese lugar, qué la retenía junto a ese hombre, de dónde venía, a dónde se quería ir.

-¿Cómo trabajás la fluidez en tus textos?
-Los leo tratando de pensar que los escribió otra persona: si algo me aburre o no me cierra, lo retrabajo. Por lo general, al terminar, hago una o dos lecturas en voz alta, eso me ayuda bastante. Y después, está esta ronda de devoluciones de la que te hablaba antes: tres o cuatro buenos lectores, con los que tengo confianza como para preguntarles una y mil veces: ¿se entiende?, ¿aburre?, ¿quedó muy largo?, ¿entretiene?, etcétera. Siento que toda la parte de la reescritura y la corrección tiene más que ver con el otro, con ese “otro lector”, que con el “yo escritor”. Si en la parte de la escritura me doy a mí mismo libertad total, al momento de corregir, la prioridad pasa a ser el otro. Trato de ponerme en su lugar, de escucharlo, de tomar sus comentarios por más que no siempre los comparta. A veces, dejo las cosas como estaban. Pero muchas veces, los comentarios lo que hacen es señalar una zona del texto donde falta trabajo, o falta claridad. Tal vez no esté de acuerdo con la devolución, pero más allá de eso, el comentario indica que hay que retrabajar ese fragmento: porque no se entiende, o porque genera falsas expectativas, o porque vuelve a todo demasiado obvio, etcétera.

-Hablame brevemente sobre tus personajes. Por una parte resultan legendarios, pero por otra, gente sencillísima, de pueblo. ¿Buscaste desde un principio esa ambigüedad?
-No sos el primero que me señala esa ambigüedad y sin embargo, es algo que yo no termino de ver. No los pensé ni como una ni como otra cosa. Además, si hubiera querido escribir sobre alguien “legendario” probablemente no me hubiera salido. A mí, en general, para poder escribir sobre ellos, los personajes me tienen que caer bien. Lo que no significa que necesariamente tengan que ser simpáticos ni buena gente: como todo el mundo, tendrán sus facetas más positivas y sus facetas más negativas. Pero en general, por una u otra razón, tienen que darme ganas de pasar tiempo con ellos.

-¿Pensás que la trampa del cuento sea el final redondo? ¿Qué pensás a cerca de los finales abiertos, como lector del género y escritor también?
-El final redondo suele ser el final que busca el efecto de la sorpresa o el final donde todas las piezas sueltas y confusas por las que la lectura nos hizo atravesar, finalmente encajan. Y, en general son finales que tienden a tranquilizar al lector: nos contaron todo esto para poder sorprendernos en el último párrafo, al final todo tenía sentido y, aunque yo lector nunca lo podría haber previsto, el narrador hizo que todo encastrara a la perfección. No tengo nada en particular contra este tipo de finales, pero a mí como narrador cada vez me llaman menos la atención. A veces, hay situaciones a las que no se le puede encontrar una solución, cosas para las que no hay una respuesta, intríngulis que no tienen una salida. Me costó entenderlo, lo fui aceptando de a poco, pero ahora sé que no todo tiene respuestas, no siempre hay un por qué, no todo es una certeza. Por eso, en lugar de darle todo servido, prefiero que sea el lector el que complete los blancos, el que decida qué sentido darle a la historia. Me parece más fructífero.

-¿Pensás que ya pasaste la edad de las influencias?, ¿por qué?
-¡Ojalá que no! Para mí leer es vital, y cada nueva lectura, en mayor o menor medida, ejerce una pequeña influencia sobre lo que escribo. Sino, sería como estar encerrado en un cubo de cristal. Por más que uno escriba en soledad, siempre está respondiendo a algo, o emulando algo, o queriendo superar determinada cosa, o queriendo homenajearla. Leer, ir al cine, al teatro, escuchar música, salir a pasear, hablar con otros, todas son influencias y todas me parecen positivas y necesarias. De otra manera, escribir no tendría sentido. La única manera de sentarme frente a la compu todos los días es saber que estoy dialogando con algo: conversaciones siempre en diferido, conversaciones hacia atrás, con cosas que leí, que vi, que me hicieron enojar o que me fascinaron, o conversaciones hacia delante: charlas a futuro, con otros autores, con críticos, con los lectores.

-¿Qué libros estás leyendo actualmente?
-Siempre leo varias cosas al mismo tiempo y de manera más o menos desorganizada. Ahora estoy con una novela de Joy Williams y con un libro de Osvaldo Aguirre que estoy disfrutando muchísimo, se llama Como si fuera hoy y es una especie de memoria tangencial que demuestra, como su poesía, una capacidad asombrosa para nombrar un territorio, una serie de rituales y de personajes, para recuperar un lenguaje, una cierta manera de decir las cosas, que a mí me lleva directamente a mi propia infancia. También estoy con los nuevos cuentos de Edmundo Paz Soldán y de Alejandra Zina. Y terminando los cuentos de Lucía Berlin. Y con muchas ganas de empezar las novelas de Alfonso Couvé que publicó Blatt y Ríos.

-¿Para cuándo una novela de Falco?
-Por el momento, sigo con los cuentos.

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