Luciano Lamberti fotografiado por CUQUI
Fotografía: Cuqui

En la provincia de Córdoba, una poeta de pueblo casi ignota, Angélica Gólik, comienza a desconcertar a sus familiares, vecinos, y alumnos… Su forma excéntrica de asimilar la realidad, a veces lindante a la locura, ¿es cierta o mera impostura? Una cosa es ineludible, el halo de atracción que su extraña personalidad irradia, pareciera ser proporcional a la misteriosa sensibilidad que despierta su obra poética. Quizás la llave maestra para dar con los secretos de otro mundo.

La maestra rural (Mondadori), la primera novela de Luciano Lamberti (1978), logra construir una historia coral eficiente, donde fábula y poesía –como vasos comunicantes- tejen un complejo relato de suspenso horadado por universos paralelos. Un libro de literatura fantástica donde locura y cordura parecieran ser variaciones de un mismo destino.

-Estilísticamente hablando, ¿La maestra rural presenta cambios sustanciales en relación a lo que has venido escribiendo y publicando hasta hoy?
-Hay una continuidad con los anteriores, por más que sean de otro género. Supongo que estoy atrapado en mí mismo, que fatalmente soy yo haga lo que haga, y eso es evidente.

-El libro se inicia con dos citas de notables poetas norteamericanos: Robert Frost y Emily Dickinson. La poesía es uno de los ejes de la narración. Su protagonista, sin ir más lejos, Angélica Gólik, es una poeta secreta. ¿Creés que la poesía explora zonas lindantes con la locura?
-Uno de los afluentes de este libro fue el tema de mi tesis de licenciatura, que fue la poesía de Viel Témperley. En sus últimos dos libros, Témperley alcanzó un estilo místico repetitivo esquizoide que me llevó a preguntarme de dónde provenían esos poemas, qué había vivido o experimentado o visto Témperley para escribir así. En gran medida, la poesía de mi protagonista, aunque nunca se muestre (porque perdería toda la gracia, por supuesto), proviene de un lugar parecido. Ese “otro mundo” del que habla, esa “casa que no hicieron manos humanas”. Para mí tesis leí a autores como Oscar del Barco o Bataille, que sostienen ideas parecidas.

-Como autor y escritor de prosa, ¿qué significa para vos la poesía?, ¿qué aspectos de la escritura te revela a la hora de leerlos?
-Empecé escribiendo poemas y me gustaría pensar que eso figura en mi prosa de alguna manera, y que no se contradice con la búsqueda de contar una historia en un lenguaje claro. En toda poesía medianamente buena hay una búsqueda de plantear (nunca responder) qué es esto de estar vivo, entre otras cosas, y creo que la buena prosa llega a los mismos lugares por diferentes medios. Soy un lector bastante intenso de poesía, y un consumidor de otras disciplinas que en el fondo son equiparables a la poesía, como la música o las artes plásticas.

La maestra rural está articulada a través de una estructura coral. ¿Cómo y porqué decidiste resolver la trama a través de una apuesta formal semejante?
-Salió solo. Lo primero que escribí fue el diario de Angélica Gólik, después como se quedó corto le agregué la narración de Santiago, que es su fan incondicional. Los otros monólogos fueron saliendo a medida que la novela crecía y abarcaba más tiempo y personajes, sobre todo esa especie de secta religiosa y delirante que son los Sefraditas. Creo que en gran medida el tema fue saliendo con una forma determinada. Al terminar de escribir la novela supe de qué se trataba y porqué estaba escrita así.

-Los flashbacks son otro de los aspectos más interesantes que fuiste elaborando a través de los capítulos. Saltos en el tiempo, que rara vez, resultan cronológicos pero consolidan la trama de manera muy eficiente.
-A los saltos temporales los tomé un poco de las series de televisión, de las que soy un gran consumidor, y que a su vez las tomaron de la literatura. Me gustan las narraciones que mezclan historias de aventuras y misterio, como son en gran medida las de mi novela, con cierto trabajo formal.

-Me gustaría detenerme en tu estilo. Hay pasajes de un lirismo alucinatorio, que si bien corresponden a la idea de describir a los personajes, responde a una pulsión poética ineludible. Cito un pasaje: “Hay un saco en el clavo en el palo en el balde en el barco en el fondo del mar”. ¿Hubiese sido válido escribir toda esa novela siguiendo ese registro?, ¿por qué?
-Escribir toda la novela en esa clave hubiera sido de un aburrimiento fenomenal. Creo que el lector contemporáneo está más entrenado para cierta clase de narración, pero tampoco pretendo ser original o aburrido. Me gusta cuando Faulkner toma el monólogo interior joyceano y lo transforma en Mientras Agonizo o El ruido y la furia, hay un trabajo ahí de popularización de esos recursos radicales que me interesa.

-Como en la célebre película de los cincuenta La Invasión de los usurpadores de cuerpos, los personajes de tu novela están asediados por un profundo sentimiento de paranoia. Por momentos tuve la sensación que tu libro pareciera ser una fábula sobre la incomunicación de las personas…
-Más bien la novela le da la razón a los paranoicos. Todos los que parecen estar locos son en realidad gente más avispada, que ve conexiones donde los otros son incapaces de verlas. La invasión… no solo la película sino también la novela, que es muy buena, son una gran fuente de inspiración, por supuesto.

-La aparición de tus tres libros de cuentos anteriores a La maestra rural, de alguna forma te han transformado en un maestro menor del género. ¿La novela te permitió mayor libertad a la hora de escribir?, ¿tendrías ganas de aventurarte con otra futura novela?
-Para un escritor, la novela es la oportunidad de tener a tu lector mucho tiempo metido en tu mente. Los límites entre el cuento y la novela son cuestionados todo el tiempo y con razón, porque no hay reglas claras en ese sentido, basta leer a Alice Munro para darse cuenta. Me gustaría seguir escribiendo novelas y cuentos y básicamente todo lo que tenga ganas de escribir, la libertad es parte de este proceso.

-¿Qué fue lo que más te agradó al escribir una historia como La maestra rural?, ¿te hubiese gustado tomar unos mates con Angélica?
-Angélica está basada en una mujer real con la que hice un taller literario en San Francisco. Una mujer mayor, muy humilde, por la que no dabas dos pesos, con la que compartí mates y que me leyó sus poemas, que eran extrañísimos y muy geniales. Literalmente, de otro mundo.

-¿Detrás de tus libros, hay mucha corrección?, ¿siempre hay algo por retocar? Por cierto Luciano, ¿te llevó mucho trabajo finalizar la novela?, son casi 300 páginas…
-Al trabajo de corrección de una novela no se lo deseo a nadie. Lo que más disfruto en ese sentido es cuando la estructura está terminada, y me puedo concentrar en las frases, en el ritmo de la prosa, en los climas.

-¿Reconocés cierta influencia de Alberto Laiseca o César Aira en tu obra? Ambos son autores que, como vos, han trabajado el fantástico y la ciencia ficción de un modo tangencial.
-Ambos son escritores del delirio, que a mí no me interesa.

-¿Cómo se lleva el Lamberti escritor con el Lamberti comentado en las solapas de tus libros? ¿Es importante saber qué creen los otros de vos para continuar escribiendo?
-Yo escribiría de cualquier manera, me gusta hacerlo.

-Luciano, te voy a preguntar algo que uno de los personajes de tu novela afirma: ¿”Dios actúa de formas misteriosas”?
-Creo que el Dios que inventamos los hombres es demasiado antropomórfico, por lo menos en su manera de pensar. ¿Cómo podemos tratar siquiera de entender a esa “cosa” que nos ve desde la eternidad? Es lo mismo que entender a un elefante o a una montaña.

-¿Qué estás actualmente leyendo?
-Estoy leyendo a un escritor norteamericano que se llama Laird Barron, una biografía de Chejov y un libro sobre el rock argentino que se llama Corazones en llamas.

Sobre el autor: Augusto Munaro es escritor. Su página web es augustomunaro.com.

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