Foto: Celina Eslava

En marzo de este año, la editorial independiente Tenemos las máquinas editó Los triunfos pasajeros bajo su sello Primeros Libros. Se trata de la primera novela de Melina Dorfman, autora que cuenta con una larga trayectoria editando fanzines literarios. Debido a su éxito, la editorial acaba de publicar su segunda edición.

Escrita en dos tonos, Los triunfos pasajeros se centra en una historia de amor interrumpida por anécdotas aparentemente disconexas. A medida que pasan los breves y contundentes capítulos, el lector podrá adentrarse en la relación que alguna vez tuvo Ruth -una periodista con la autoestima baja y una conciencia exacerbada, permanentemente influenciada por las opiniones de sus amigos- con Félix –un empleado que preferiría no trabajar, súper seguro de sí mismo y con un fuerte rechazo al compromiso. También podrá conocer qué aspectos de su pasado la condicionaron tanto y así entender más su presente.

La originalidad de la novela reside en que plasma formalmente el pensamiento enrevesado de la protagonista. Y al mismo tiempo es un fiel reflejo de los vínculos actuales más allá de todos los géneros y edades.

Contratapa por Dani Umpi

Ruth parece una chica como cualquier otra. Trabaja como periodista, vive sola, tiene una vida social activa y tomó una decisión: escribir sobre lo mal que le fue en el amor como un ejercicio redentor. Desde un presente en blanco, llena sus días con rutinas interrumpidas a cada rato por hechos insólitos, mientras recuerda su malograda historia con Félix, un chico inconstante laboral y emocionalmente, que la adulaba y destrataba por igual. Es que no consigue entender por qué se enganchó tanto hasta destruir la poca estima que le quedaba y para eso necesita revisar su pasado, ir bien atrás. Ahí está la diferencia: en su manera peculiar de hurgar.

Ex amantes huidizos, amigas no siempre dispuestas a dar un consejo práctico, soledad y más soledad, fomentaron en ella una autoconsciencia dislocada y meticulosa. Una voz hiperventilada con arritmias leves, experta en diagnósticos equivocados que ponen su percepción de la realidad en aprietos, volviéndola inquisitiva con sus deseos, miedos y dilemas. Ahora sabe que puede ganar una guerra (la que se declaró a sí misma) con tan solo reírse de sus miserias.

Melina Dorfman se propone representar formalmente los engranajes de la mente intrincada de la protagonista, con repeticiones y dialécticas que consolidan la lectura de un camino personal oscilante entre un derrotismo eufórico y un optimismo melancólico.

Esta es la primera novela de una autora que se coloca en la fila de las que ponen el foco en pensar situaciones cotidianas para llevarlas a un punto hilarante de engañoso aspecto autobiográfico, como Lydia Davis y Claire-Louise Bennett. No se sabe si es de aprendizajes o de verificaciones intuitivas pero lo cierto es que nos fuerza, como lectores, a una constante puja entre el deslumbramiento y el escepticismo.

Sobre Melina Dorfman

Nació en Buenos Aires, en 1977. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA. Formó parte del Grupo Sorna, un colectivo de diseñadores y escritores dedicados a rendir culto a lo tangencial. Publicó numerosos fanzines individuales entre los que se destacan Nevada, Me falta Punch y la trilogía Diarios de viajes (Montevideo, París y Londres, 2013); más algunos junto a artistas como Nicolás Sarmiento (Los cereales importantes) y Juan Goicochea (Un país inventado). Colaboró con las revistas Juliana Periodista, Script y Sede; las publicaciones online Éxito e Informe Escaleno; y el diario La Nación. También escribió textos para el libro La excusa perfecta (Periplo). Los triunfos pasajeros es su primera novela.

Así empieza (fragmento)

Habían pasado tantos años desde mi última cita que ya me consideraba una fundamentalista de la imposibilidad. Sentía que el fracaso era mi destino. Durante casi una década no recibí demasiadas propuestas. Al principio me victimizaba, infiriendo que siempre había tenido mala suerte en el amor. Cuando ese argumento comenzó a debilitarse por no estar edificado sobre una base racional sólida (¿quién es, en definitiva, desafortunado por siempre y debido a qué factores terrenales?), recordaba a la fuerza ciertas experiencias fallidas con algunos hombres y terminaba asumiendo que me habían dejado una huella traumática, lo cual explicaba el descenso de mi autoestima al nivel de un sótano corriente. Con cada relación, en lugar de meditar sobre las características psicológicas de los otros en combinación con las mías y repartir responsabilidades, reducía los hechos a un enunciado: si con todos me pasaba lo mismo, la culpable de no lograr sostener ninguna historia era yo. Así fue que me convencí de varias cosas, entre ellas, que no era atractiva para nadie y que no podría volver a seducir a un ser humano por el resto de mi vida. Entonces, traté con vehemencia de ajustar la realidad a mis parámetros, de prestar exclusiva atención a los hechos que justificaran el concepto que a esa altura tenía de mí misma. Y debo admitir que hasta hace poco tuve muchísimo éxito en mi lamentable misión.

Cuando Félix me escribió para que fuéramos a tomar algo una noche yo ya estaba enceguecida, incapaz de ver más allá de un sentido literal. Primero me mandó un mail diciendo que le había sorprendido que lo visitara en el negocio donde lo acababan de contratar, tras años de mutua ausencia. Al día siguiente me envió otro para proponer un encuentro y, al rato, uno más aludiendo querer saber a qué me estuve dedicando, cerveza de por medio. Incluso me dejó su número de teléfono. Acepté la salida a pesar de que nunca había tenido en claro los pretextos por los que habíamos dejado de vernos. Pensé en aprovechar la oportunidad para dilucidar esas circunstancias difusas de nuestro pasado.

*

Melina Dorfman recomienda el playlist que escucha Ruth, la protagonista de la novela: