Categorías: Libros
| Publicado
29/07/2020

"Tres mujeres (Poema para tres voces)", de Sylvia Plath

La sonoridad y la cadencia de los versos de Sylvia Plath vistos desde el presente.

"Escenario: Un hospital de maternidad y sus alrededores.”

Con aquella especificación locativa inicia “Tres Mujeres”, poema a tres voces que Sylvia Plath, una de las plumas más influyentes del siglo XX, leería para la radio de la BBC en Londres durante 1962, meses antes de su suicidio. Años más tarde, el texto fue publicado en distintos idiomas (entre ellos el castellano por Editorial Nórdica).

Desde varias perspectivas, aquella lectura para la radio resultó muy relevante para el mundo de la literatura, especialmente en Gran Bretaña y Estados Unidos, donde la popularidad de Plath era enorme. Por una parte, la autora modificó su técnica de escritura tras esa sesión y se enfocó en crear poemas para ser leídos en voz alta: De ahí en más, Sylvia Plath reparó muchísimo más en la sonoridad y la cadencia de sus versos. Y por otro lado, el contenido de su lectura puede (y quizá también debe) ser considerado como un declaración feminista y anti-bélica, además de continuar con la línea cruda y confesional que identifica la mayoría de su obra.

En este texto, tres personajes femeninos se turnan para contarle al mundo tres perspectivas intensas y diversas acerca de su relación con el embarazo y la maternidad. Si nos damos a la tarea de identificar la situación de cada una de esas mujeres, podemos con facilidad indicar que la primera de ellas reboza de emoción y ternura ante el parto de su hijo; la segunda, en cambio, sufre hondamente a causa de su infertilidad, que traduce en frustración al no poder cumplir con su deseo y el de su pareja (y acaso también, las expectativas de la sociedad en que vive); mientras que la tercera mujer lamenta su estado de gestante y da a luz pese a que no quiere ser mamá.

Es a través de esa pluralidad de personajes que la autora de El coloso consigue esbozar la complejidad del hecho de embarazarse. Expone el océano de opiniones y sentimientos que anida dentro de los cuerpos gestantes a la hora de tratar este aspecto de la vida. Las tres voces de Plath revelan sus miedos más profundos, hablando fuerte y claro de un tema que hasta hoy suele ser tratado por las mayorías con cierto filtro rosa de plenitud. Sylvia Plath, en cambio, bucea en la infinidad de dilemas y contratiempos físicos, psicológicos y sociales que conlleva cada embarazo.

La primera de las voces en este poema irradia luminosidad y estalla de afecto por su criatura. En uno de los fragmentos, menciona:

“¿Qué hacían mis dedos antes de tenerle?
¿Qué hacía mi corazón con este amor?
Nunca había visto nada tan leve.
Sus párpados son flores de violeta,
su respiración, suave como una polilla.
No lo dejaré marchar.
No hay perversión ni engaño en él. Debe permanecer así.”

La visión que representa Sylvia por medio de esta mujer es la más satisfecha y amorosa, la menos problematizada de las tres, la que más -por ende-, se acerca al ideal materno; sobre todo si tenemos en cuenta que cuando ella publicó este escrito recién estaba por comenzar la revolución cultural de los años sesentas y los cincuentas habían sido una década dorada para el prototipo conservador de la familia norteamericana.

Luego, la segunda voz trae un testimonio menos optimista, pues carga el dolor de la pérdida involuntaria de sus embarazos. En una de sus intervenciones, confiesa:

“Soy acusada. Sueño masacres.
Soy un jardín de agonías rojas y negras. Las bebo,
odiándome a mí misma, odiándome y temiéndome. Y ahora el mundo
concibe
su final y corre hacia él, con los brazos abiertos y llenos de amor.”

El relato de esta mujer emerge a la superficie su temor a ser abandonada por su esposo a causa de su esterilidad; aunque trata de tranquilizarse, de pensar que todo va a estar bien; pese a lo que ella juzga como un fracaso que inexorable se repite siempre que lo intenta de nuevo. Manifiesta sentir sobre sí un estigma, o acaso una maldición. Todos esperan que pueda gestar y su cuerpo no se lo permite. La poeta pone el dedo en la herida de un flagelo que padecen tantas, pues la no-maternidad puede engendrar una tragedia interna, una carencia que logró retratar de forma acertada. Aunque, también es pertinente anotar que la figura de la muerte en esta sección del poema puede además leerse como una alusión a conflictos armados, más específicamente a la Guerra Fría, debido a que justo por esos meses (mediados y finales de 1962), la crisis de los misiles de Cuba era afrontada por el presidente John F. Kennedy y por primera vez se vislumbraba el riesgo de un apocalipsis ocasionado por bombas nucleares; situación que causó hondo estremecimiento en la ciudadanía.

En cualquier caso, la tercera de las voces también demuestra sentimientos de disconformidad, pero precisamente porque le ha tocado ser progenitora sin haberlo anhelado. Ella dice:

“No estaba preparada. Las últimas nubes se precipitaron,
arrastrándome en cuatro direcciones.
No estaba preparada.
No sentía respeto.
Creí que podía negar las consecuencias,
pero ya es tarde para eso. Era demasiado tarde, y el rostro
cobró nitidez, lleno de amor, como si estuviese lista.”

La maternidad deviene en molestia para aquella dama. Se convierte en un asunto incómodo que la condiciona en contra de su voluntad. Plath dibuja acá, una vez más, una perspectiva que no es la ideal o la esperada. ¿Por qué esa mujer desdeña tanto algo tan hermoso como la maternidad?, es la pregunta que se habrán hecho muchos de sus lectores, aunque sabemos que los motivos pueden ser infinitos y la respuesta es en verdad algo difícil de simplificar, que atañe a cada persona gestante de acuerdo a sus circunstancias.

De cualquier modo, la autora conocía de cerca este asunto, pues llegó a tener dos hijos con su esposo, el también escritor Ted Hughes, y más allá de lo borrascosa de su vida marital, había intentado por todos los medios de ser una madre entregada. No obstante, sus frecuentes cuadros de depresión y sus labores literarias a menudo parecían interferir con esa aspiración. Y aunque la poeta en cuestión haya fallecido a muy temprana edad (30 años), su legado subsiste y el eco de sus versos nos alcanza en la actualidad hasta en países no anglo parlantes. Una muestra de ello es la gran cantidad de veces que este poema ha sido re-interpretado en vivo, e inclusive, adaptado al formato teatral.

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En esta nota: Sylvia Plath