MAR, de Dominga Sotomayor

Las vacaciones de verano de una pareja algo en decadencia – o por lo menos eso aparenta – en Villa Gessell son interrumpidas por la llegada de la madre de Mar(tín), una mujer en medio de una crisis generacional. Sobre ésta trama trabajará la chilena Dominga Sotomayor – también directora de De jueves a domingo – en su nuevo largometraje. Con personajes en su mayoría argentinos – aunque el reparto es reducido – Sotomayor invoca a las asperezas espectrales que los humanos notamos entre nosotros para llevarlas a una situación extra-cotidiana – como un par de días en la playa – para llevar a los protagonistas a reacciones menos previsibles. Un relato festivalero , con los travellings y los desenfoques que ello implica, que aprovecha una tragedia espontánea del verano 2014 en la Costa para incorporarla al guión. La cámara se pasea libremente entre los límites del predio donde la pareja vacaciona. La frialdad de la relación se revela en detalles minúsculos que se agravan frente a la irrupción de la tercera en discordia – en éste caso, una suegra. El elenco cuenta con la presencia de Vanina Montes, una acertada Andrea Strenitz y Lisandro Rodríguez -con un aura similar a su personaje de La Paz, la ficción de 2012 de Santiago Loza – que también colaboraron directamente con el guión de Sotomayor. “Mar” es una película que nace de las circunstancias y de los pulmones de un equipo técnico reducido pero confiable. Si bien los tiempos de narración son algo lentos – una manía que muchas películas latinoamericanas han adoptado en un intento de desprenderse de la producción comercial de la región -, el resultado final es aceptable. Con algunos sutiles desperfectos en la relación de Eli y Martín y de Martín con su madre, la película no revisa más de lo que debe debajo de la alfombra de los personajes y deja que el espectador sólo espíe apenas un poco de lo complicados que pueden ser los conflictos entre los hombres. Un detalle de Mar radica en la espontaneidad y naturalidad con la que la cámara se desplaza por Gessell, sin cuidarse por desenfoques largos y movimientos algo abruptos. De manera simple, pero no necesariamente superficial, la nueva entrega de Sotomayor exige seguir de cerca sus próximos pasos. Melina Storani

Para volver a ver: Lunes 20, 15.40, Village Caballito

mar

TRANSEÚNTES, de Luis Aller

La famosa y popular “película collage” adquiere un nuevo potencial con la última película del español Luis Aller. 21 años de rodaje – lo que implica también dos décadas de evolución en materia de formatos de registro – y más de 7500 cortes en edición originaron una obra artística de sentido completo, profundo y alado. Transeúntes se encarga de retratar no sólo la ciudad de Barcelona sino que elabora un complicado entramado de discursos acerca de la sociedad moderna en general. El montaje, la fotografía y el sonido sólo responden a las leyes de su creador; nada es esperable y, sin embargo, se transforma en algo tan natural como una estructura narrativa clásica. Tan aceitada se encuentra la maquinaria técnica de Transeúntes que genera un efecto narcotizante en quien tenga la oportunidad de verla. De miles de ciudadanos que día a día viven y recorren Barcelona – ciudadanos que, de hecho, funcionan como personajes y telón del filme – sólo algunos pocos tendrán la suerte de componer los cuadros de Aller que, a diferencia de películas similares en género como Babel o 21 Gramos, entreteje con sobriedad y detalle una delicada pero indiscutible red que une personajes de ficción a mansalva; una conexión tan improbable como inevitable crece conforme avanzan los 97 minutos de relato, sorprendiendo con fórmulas de causa y efecto en todo momento. Es tan poderosa la atmósfera que crea Transeúntes en la sala de cine que el espectador logra sentirse parte de esa pantomima de microhistorias que integran una sociedad tan diversa como la propia Barcelona. Los jum-cuts insistentes, los desfasajes adrede entre bocas y diálogos, los loops de imágenes y sonidos, los extraños pasajes de color a blanco y negro y viceversa, y un excelentísimo montaje – tanto intelectual como plástico – son algunos de los elementos triunfadores de esta película que derribó todas las fronteras que había prometido. El público se moviliza, se tensiona, se identifica y se regocija con las emociones que cada historia de Transeúnte plantea , en particular , y con el sentido de todas ellas en general. Melina Storani

Para volver a ver: Lunes 20, 15.30, Arteplex Belgrano

transeuntes

LA VIDA DE ALGUIEN, de Ezequiel Acuña

Cinco años después de Excursiones, Ezequiel Acuña estrenó en la última edición del Festival de Mar del Plata su cuarto, y como siempre esperado, largometraje: La vida de alguien, seleccionada para la Competencia Internacional de aquél festival. Finalmente, unos meses más tarde, el público porteño puede verla en Buenos Aires, en la sección Panorama del BAFICI, el festival que lo consagró como uno de los directores más respetados de la actualidad (Nadar solo con una mención especial del jurado y Como un avión estrellado ganadora de la Competencia Argentina del 2005). En su nueva película, Acuña narra la biografía imaginaria de una banda de rock, la de los uruguayos La Foca (que ya sonaron en Excursiones y para los que les dirigió videos), siendo el guitarrista Guille el protagonista, encarnado por Santiago Pedrero. Además del relato de la banda, también está la historia secundaria entre Guille y Luciana (interpretada por Ailín Salas, que cada vez que aparece roba suspiros), “la chica” que viene a desestabilizar todo, en la banda y en Guille.
Cassettes, managers, periodistas musicales nefastos, un integrante de la banda desaparecido, Mar del Plata, Jaime Sin Tierra, una breve aparición de Nicolás Mateo e historias de amor y amistad con un final en la playa hacen que también funcione como un resumen de todas sus películas, aunque no haya dudas de que La Vida de Alguien es la más fuerte de todas, con las mejores actuaciones y la que viene a reemplazar a Nadar solo en términos de “la que hay que ver para entrar en el cine de Acuña.”
Con cuatro largometrajes, Acuña confirma tener un sello propio e inconfundible, desde el factor musical siempre presente hasta la particularidad de seguir filmando en 35mm, como si necesitáramos una excusa más para ir a ver sus películas al cine. Rodrigo Piedra

Para volver a ver: Sábado 25, 19.30, Village Recoleta

la vida de alguien

HAZE, de Chloe Domont + STINKING HEAVEN, de Nathan Silver

La sorpresa no siempre es grata cuando una película se proyecta en conjunto con un cortometraje de género y realizador diferentes. No resulta así el caso particular de la dupla Haze y Stinking Heaven, ambas producciones norteamericanas pertenecientes a la categoría Panorama.
Haze es un cortometraje de 12 minutos que sigue una narrativa lineal clásica, que comienza con un chico en la cama de una chica y que continúa con diálogos y actuaciones naturales que conllevan a un desenlace algo extremo pero eficaz. La mañana después de la noche de sexo es, por ley natural, uno de los momentos más engorrosos y evitados de la vida humana, hecho destacado con precisión sobre la primera escena. Resulta curioso cómo la directora Chloe Domont se centra en las palabras y en las miradas malinterpretadas desde un personaje hacia otro, y de cómo éstas codificaciones singulares de los mensajes pueden empujar a las situaciones a lugares inimaginables. De cuidada fotografía y ritmo dinámico, Haze devela qué tan fácil todo puede irse al carajo.
Por su parte, Stinking Heaven es total y completamente diferente. No sólo en cuanto a temática – el largometraje narra los días de un grupo de adictos que conviven en una casa para rehabilitarse mediante sus propios medios – sino también en cuanto a técnica y estética. Natham Silver, el director de Exit Elena, elige un modelo de cámara activa y participativa que se traslada a los personajes de cuando en cuando. El formato de la handycam funciona a la perfección con el devenir decadente de todos los habitantes de la casa, que en medio de su “tratamiento” entresacan y develan sus miserias más profundas. Con giros por completo imposibles de prever, Stinking… es un relato comunitario y relajado que optó por mostrar un aspecto de la realidad más suculento y grotesco que no traspasa los límites de la ficción. Melina Storani

Para volver a ver: Sábado 25, 13.10, Arteplex Belgrano

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