La edición 2026 del Coachella comenzó este fin de semana en el Empire Polo Club, pero más allá de su propuesta artística, el costo que implica asistir al festival volvió a instalarse como uno de los temas principales alrededor del evento. El precio de las entradas oficiales ya marcaban una barrera desde su lanzamiento: los abonos generales partieron desde los 549 dólares, mientras que los pases VIP alcanzaron los 1.199 dólares en septiembre de 2025. Aún así, ambos se agotaron en menos de una semana.
Sin embargo, el mercado de reventa llevó los precios a otra escala: algunos paquetes para el fin de semana completo superaron los 2.000 dólares, con tickets diarios cercanos a los 700. En plataformas oficiales como AXS, incluso se registraron publicaciones de entre 6.000 y 7.000 dólares en la previa del festival. A esos valores se suma el gasto dentro del predio: servicios como lockers con puntos de carga para celulares y otros dispositivos móviles se ubican entre 89 y 99 dólares, mientras que experiencias gastronómicas premium, como una cena de cuatro pasos en el sector VIP del festival, ascienden a 363 dólares por persona.

En promedio, se estima que cada asistente destina unos 375 dólares adicionales en comida, bebidas y merchandising durante el evento. La comida, justamente, fue uno de los temas más comentados en cuanto a precios. Algunos asistentes compartieron en redes sociales sus consumos, que mostraban desde limonadas a 17 dólares hasta combos de tacos por más de 100. Entre las opciones más accesibles, se registraron platos desde los 10 dólares, aunque el promedio de comidas rápidas oscila entre los 20 y 30 dólares.
El alojamiento en las inmediaciones del festival constituyó otro factor determinante. Las propiedades en alquiler temporario como Airbnb en la zona de Indio presentan precios que van desde los 3.000 a los 8.000 dólares para opciones grupales, y pueden escalar hasta cifras de entre 60.000 y 150.000 dólares en inmuebles alta gama durante el fin de semana del Coachella. Sin dudas, se trata de precios que invitan a reflexionar sobre la accesibilidad real del festival y el evidente sobrecosto de productos y servicios que, en muchos casos, parecen más ligados a la experiencia de marca que a su valor intrínseco.
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