Elba “Chunchuna” Villafañe falleció en las últimas horas. La noticia fue confirmada por su hija, Juana Molina, a través de una publicación en Instagram. Chunchuna tenía 92 años y había enfrentado un cáncer de útero que, según allegados, había sufrido una recaída recientemente.
“Queridos amigos, murió mi querida mamita. Era algo que esperaba y temía. Sucedió esta madrugada”, escribió Molina, quien también anunció la suspensión de un show previsto en San Miguel. “Hasta hace unos minutos pensé en hacerlo igual, pero después me pareció que iba a ser una epopeya que no puedo protagonizar”, agregó.
Nacida en Buenos Aires el 9 de abril de 1934, Villafañe construyó una trayectoria multifacética que la llevó a destacarse como arquitecta, modelo publicitaria y actriz. Graduada en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, incursionó en el modelaje para contribuir al sostén económico de su familia y rápidamente se convirtió en una de las figuras más cotizadas de la publicidad argentina, protagonizando más de 200 avisos gráficos y decenas de comerciales televisivos a lo largo de su carrera.
Su nombre quedó ligado de manera indeleble al cine nacional gracias a La historia oficial, de Luis Puenzo, ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1986. En el film, Villafañe interpretó a Ana, la amiga exiliada que regresa al país y confronta a la protagonista con la verdad sobre el origen de su hija adoptiva. Su diálogo con Norma Aleandro es considerado una de las escenas más memorables del cine argentino y una de las representaciones más lúcidas y conmovedoras del terror ejercido durante la última dictadura militar.
A lo largo de su carrera, Villafañe mantuvo también un profundo compromiso político y social. En la década de 1970 colaboró con el padre Carlos Mugica en la Villa 31 y formó parte de la comitiva que acompañó a Juan Domingo Perón en su regreso al país, en noviembre de 1972, tras diecisiete años de proscripción. Después del golpe militar de 1976, ella y el cineasta Pino Solanas debieron exiliarse entre Madrid y París luego de recibir amenazas.
En su despedida, Juana resumió con sencillez el vínculo que las unía: “Ir a su casa a conversar era algo que hacía muy a menudo y sería incapaz de recordar alguna de esas conversaciones que duraban horas. No sé de qué hablábamos, pero hablábamos mucho”.









