Foto: Fred Stein

El día martes 10 por la mañana, Robert Frank, eje fundamental de la fotografía del siglo XX, falleció a sus 94 años, en Canadá. Frank será recordado por su mirada reflejada en su libro The Americans, compuesto por más de 80 fotografías, entre miles que había tomado, para ilustrar los fantasmas de su época, la soledad entre las masas y la desigualdad por contrastes. Frank agarró su cámara y empezó a recorrer las rutas de Estados Unidos que lo llevaban a ciudades con distintas historias para contar y perpetuarlas con su lente. La discriminación, el odio y la avaricia contagiadas de una pincelada de nostalgia, melancolía y desesperanza. La imagen de un camino que se pierde en el horizonte de la frontera con México era tan imprescindible para la poética de su ojo como la de un lustrador de zapatos con su silla de trabajo en el baño, rodeado de mingitorios, en la estación de tren de Memphis. Robert Frank hizo de su trabajo una denuncia al sueño americano.

Eran los años 50, tiempos de post-guerra y de surrealismo europeo. The Americans lejos está de ser un libro surrealista, aunque sí se puede notar en algunas de sus fotografías ese reflejo de una vanguardia en otro movimiento. Pero Robert Frank apostaba sumamente al realismo de los conflictos colectivos, buscando retratar la crudeza de la sociedad moderna con impresiones profanas.

Esta cuota de azar y destino indescifrable llamó mucho la atención de los artistas emergentes de Nueva York que se sentían identificados con sus técnicas y filosofía. El arte de Robert Frank era anti-institucional, porque él también lo era. La sobreexposición y el desenfoque lo ayudaban a expresar la desorientación contemporánea y sus texturas granuladas se acercaban más a lo pictórico que a lo documental. Sin embargo, Frank formó parte del movimiento New American Cinema, un conjunto de cineastas que profesaban la oposición a la industria hollywoodense. Con referentes como Jonas Mekas, Andy Warhol, John Cassavetes y Shirley Clarke, el colectivo firmó un manifiesto con sus reglas que cerraba diciendo: «No queremos films rosas, los queremos del color de la sangre.»

«Parade, Hoboken, New Jersey, 1955» de Robert Frank
«Memphis, Tennessee, 1955» de Robert Frank

La idea de ir en contra de los convencionalismos de documentar se esparció en sus otras obras, no solo en sus fotografías. Una de sus películas más polémicas es Cocksucker Blues, su registro sobre los Rolling Stones. Censurada hasta por la misma banda, Cocksucker Blues muestra la realidad detrás de las luces del escenario: drogas, orgías, descontrol y libertinaje. Sin dudas ningún fan iba a querer ver a sus estrellas en esas situaciones, por eso la película fue sepultada por mucho tiempo, hasta que el cambio de soportes tecnológicos y la piratería pusieron fin al ocultamiento de una obra controversial del universo del rock. Incluso llegó a ser aceptada por los Rolling Stones y Mick Jagger compartió una foto en su cuenta de Instagram donde se los muestra sentados en un avión y describió con tristeza cómo se enteró de la muerte del Frank.

Otra película que no hay que olvidar es Chappaqua de 1966, dirigida por Conrad Rooks y en la que Robert Frank fue camarógrafo. Chappaqua es una caída libre al infierno de las drogas, no se ata narrativamente a un hilo conductor que no sea la mismísima experiencia de la frustración de la abstinencia y el libre albedrío de la alucinación, donde el material fotosensible juega con las transparencias y los recuerdos son interpretaciones del espectador. La historia tiene una premisa sencilla: la recuperación; de ahí en adelante lo que sigue es el caos. Una cámara ligera con un montaje vertiginoso nos acerca a un estado subjetivo del personaje. Chappaqua es una ola de confusión para quien no entra en el viaje, pero para quienes sí, es una nave al espacio más austero de la imaginación. En una película no hay lugar para la razón, se pierde entre escenas de vampiros y rituales africanos en los pasillos de una clínica mental. Nadie sabe muy bien lo que está pasando porque Chappaqua es el exceso de todo. No solo reina el peyote, la cocaína, el alcohol o cualquier sustancia, es también el exceso de recursos cinematográficos.

En la película participaron los escritores William Burroughs y Allen Ginsberg, artistas primordiales de la Generación Beat. Pero con Jack Kerouac, Frank encontró un lazo más fuerte, ambos estaban enamorados del cemento de la ruta y de las aventuras que no se conectaban más que por la nafta y el registro al recorrerlas. Kerouac, el escritor de On the Road, escribió unos párrafos para la introducción de la publicación del libro The Americans. Sorprendido, como todos los ojos que se sensibilizan frente a las imágenes de Robert Frank, expresó su alivio al enfrentarse con una obra semejante. Una obra llena de vida y cementerios, pobreza y riqueza, luces y callejones, ciudades y vacíos, una obra que expresa y revela los contrastes de la realidad.