New Order volvió a nuestro país con un show impecable de casi dos horas. El conjunto de Mánchester —formado en 1980 con los integrantes de Joy Division, tras el suicidio de su cantante, Ian Curtis—, hoy cuenta con una formación que ha atravesado bastantes cambios, pero no ha perdido nada en el camino. Sobre todo, su líder Bernard Summer goza de una vitalidad que no concuerda con su avanzada edad.

Al ingresar al Estadio Obras, la audiencia se encuentra con una grata previa que va muy a tono con lo que va a ser el show: una DJ pasa música en sintonía con las luces de discoteca que se adueñaban del predio. Hay una buena concurrencia, pero la fecha dista de estar agotada (solo explicable por la cantidad de fechas internacionales en un contexto económico complicado), lo que permite moverse cómodo por el estadio.

Foto: Pablo Brunotto
Foto: Pablo Brunotto

El reloj marca las 21:30 h y todo se oscurece por un segundo. Rápidamente la pantalla del fondo se enciende con imágenes de un clavadista cayendo lentamente. La banda ingresa de un saque y, como en el 2016 en el estadio Luna Park, el bajo es el primer protagonista: “Singularity” da la nota del reencuentro entre los ingleses y su contenta marea de fans. Sin mediar palabra se suceden “Age of Consent” y “Ultraviolence” (ultra-saltada) que derivan en clímax con “Disorder”, la poderosa primera canción de la noche de Joy Division. Las visuales que se suceden pasan de imágenes de una película situada en Berlín en los temas más rockeros y antiguos a figuras geométricas y diversidad de colores en las pistas más electrónicas de los últimos álbumes. La rigidez del cuerpo de Gillian Gilbert (sintetizadores) no se condice con su versatilidad en las chapas, y el público rompe en un emotivo “Gilliaan, Gilliaan” que le saca una sonrisa a la señora que nos recuerda antes a una profesora de inglés que a una vieja rockera que devino en intérprete de música dance. El setlist continua mezclando viejos y no tanto, pero la intensidad solo va in crescendo. Sumner al fin emite unas palabras de agradecimiento y celebra a “esta audiencia tan loca que tiene Argentina”, seguido de lo cual se acerca por tercera vez con el micrófono a la gente del vallado, animándoles a que canten (sospechosamente, nadie intenta nunca arrebatarle el aparato a su majestad). Toda esta arenga termina en el coro enérgico de “New ooorder, New ooorder”.

La noche evoluciona hacia los hipnóticos beats y es “Plastic” la cual termina de descontrolar el ánimo bailable: los brazos vuelan por doquier, la platea está de pie y en el campo los más valientes están saltando. Unos temas después y obligada, “Blue Monday” bate palmas y les vale a los presentes una nueva ovación: “¡Pero qué público!”, exclama Bernard con más sinceridad que la mayoría de los frontman internacionales que repiten frases similares cada noche de sus giras. Luego viene “Temptation” y el cantante y guitarrista se acerca a su compañera Gillian para compartir las teclas. “Buenas noches” dice tras finalizar, y aunque los de Mánchester dejan el escenario, nadie se mueve.

Es inevitable, lo sabemos y lo necesitamos, falta el encore: Ian Curtis aparece en pantalla y todos aplaudimos imaginando lo que viene. El primero es “Atmosphere” y le sigue triunfal “Decades”. La noche ha sido perfecta, el sonido nítido, la ejecución prolija, los ánimos por el techo. A tono con tamaña fiesta llega lo que todos esperamos: “Love Will Tear Us Apart”, y aunque la letra inmortalice una idea triste, la melodía es una de las más alegres de todos los tiempos. El pogo amistoso ebulle inagotable y se repite una y otra vez entre personas que no se conocen pero solo desean saltar juntas.

Ni una sola cosa que reprochar, solo el deseo de que no tarden en volver.

Foto: Pablo Brunotto
Foto: Pablo Brunotto

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Foto principal: Pablo Brunotto.