“El lapacho es la imagen de la furia” escribe Gabriela Clara Pignataro, poeta argentina contemporánea. Mientras el público se agrupa, no para de bajarme a la cabeza esa frase. Tengo, casi por sobre encima mío, a un hombre que puede pasar de un estado al otro con el correr de pocos segundos. Del grito al suspiro. De la violencia a la dulzura. Veo no solo al hombre, sino a un santo redentor. El cantante de la banda que le otorga misa a esta noche porteña del 10 del octubre. El cantante, letrista, compositor de canciones y bandas sonoras. El guionista de cine, novelista y poeta. Veo a Nick Cave, acompañado de sus enigmáticos Bad Seeds.

Un lapacho rosa transmite violencia. También serenidad y algo cercano a la ternura. Es que Nick Cave, con 62 primaveras encima, parece venir de la estirpe del lapacho. Portando años frenéticos, corporales, bañados en heroína, literatura y empujes cardíacos. Construyendo, por otro lado, un presente no solo más sosegado, sino cosechador de una inexplicable memoria espiritual. Porque Skeleton Tree –disco a presentar en esta última gira– nos muestra a un Cave inmerso en la fibra del duelo personal: su hijo Arthur, con 15 años de edad, perdió la vida en 2016 tras caerse por un acantilado en Brighton, Inglaterra.

Foto: Sebastián Cáceres
Foto: Sebastián Cáceres

En una entrevista que Jennifer Nine, periodista norteamericana, le realiza a Cave en el año 1997, se toca una de las fibras creativas del músico australiano: “Durante muchos años hubo una perversión y un rencor deliberados en casi todo lo que escribía. Escribí un montón de cosas por motivos equivocados, creo que para hacer daño a la gente. Aproveché la ocasión de que podía grabar discos para que los demás oyeran lo que yo pensaba sobre determinadas personas”. Cito estas frases y recuerdo a Cave llevando a cabo sus bailes –fálicos–demoníacos al sol del ritual eléctrico mientras invita a subir a un grupo de más de 30 personas para hacerlos parte del circo invertido. Mientras atravesaba trances de sosiego y misantropía con la velocidad de un rayo. Mientras se purgaba no solo de sus propias miserias, sino de las que hacen al mundo demencial y milagroso el cual habitamos.

Las formaciones de los Bad Seeds fueron numerosas, con diversos cambios en el correr del tiempo. Integrantes como Blixa Bargeld o Mick Harvey decidieron distanciarse del proyecto. Sin embargo, actualmente se mantienen dos de los pilares fundamentales: Warren Ellis (violín, guitarra, coros) y Martyn Casey (bajo eléctrico). El show repasó casi 30 años de contenidos. Desde aquél primer himno, “From Her to Eternity”, hasta dulces bajofondos como “Push the Sky Away” o “Higgs Boson Blues”. Bastaba con girar la cabeza para entender qué significado tenía esa música entre la gente. Generaciones se encontraban con generaciones. Parejas, grupos de amigos y amigas, solitarios desenfrenados y expectantes de algún que otro choque. Las sorpresas no tardaron en llegar: un corte inicial de luz dio lugar a cantos políticos en protesta al gobierno actual, apagón remado con elegancia y humor por parte del público y la banda. Toallas, libros, pañuelos con consignas sociales que fueron arrojadas al escenario para ser bien recibidas por el lapacho oscuro.

“Gracias a vos, Nick”, fue uno de los gritos más ocurridos entre quienes rozaban el escenario. La necesidad de una redención se hizo sentir, por lo tanto, en cada rincón del Estadio Malvinas Argentinas. Reunión de cuerpos, de salivas musicales, de manos que alcanzan manos. Un episodio espiritual concentrándose en aquél par de ojos celestes buscando algo entre el público. Los brazos amontonados y dirigidos al falso mesías, vampiro del anti–rock sermoneando (“shhhhh”, indica, durante los primeros minutos del recital, “shhhh…”) y dando lugar a respetar el silencio que nos convocaría esa y todas las noches. Porque celebrar el estar vivos no deja de ser, para Nick Cave, una misión fundamental.

Foto: Sebastián Cáceres
Foto: Sebastián Cáceres

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Foto principal: Sebastián Cáceres / Gentileza de prensa.

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