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| Publicado 2 meses

Sex Education: La habilidad de no callarse nada

Por María José Echarri
Foto: Sex Education, temporada 2

En un contexto nacional donde todavía hay fuertes discusiones alrededor de la implementación de la nueva ley de ESI, y donde el aborto sigue siendo para gran parte de la población un tema tabú, la serie Sex Education plantea de manera clara y sin tapujos estas cuestiones alrededor del despertar sexual de unos jóvenes ingleses.

Si bien el hilo narrativo se centra en los vaivenes sentimentales del personaje principal, cada temporada nos introduce en una constante polifonía de voces donde la iniciación sexual, la diversidad, la inseguridad entre pares, y el aborto, entre otros temas, son ahondados aportando una mirada franca que esquiva todo dejo de dramatismo. Capítulo a capítulo se demuestra que solo una producción inglesa puede relatar con estilo y sofisticación, ejes tan incómodos como la masturbación, el embarazo adolescente y las enfermedades de transmisión sexual… todo impregnado de cierta ironía y con una imagen potenciada por una banda de sonido que nos transporta de lleno a un mundo colmado por hormonas descontroladas y adolescentes excitados.

Sin embargo, lo fundamental de esta mega-producción radica en utilizar al sexo como punto de partida para mostrarnos un mundo donde los viejos paradigmas comienzan a resquebrajarse y dan lugar a nuevos modelos. En ese contexto, el devenir de personajes que buscan romper estereotipos y correrse de una narrativa clásica articulan dinámicas renovadoras. Entre ellas, el chico popular que se revela al mandato familiar (constituido por un matrimonio homoparental) y lucha por encontrar su lugar en el mundo. Metáfora efectiva para corroborar que en cuanto a prejuicios nadie parece estar exento. Paradoja ejemplificada de manera majestuosa en la relación conflictiva de Jackson con sus madres, y la obsesión casi asfixiante por parte de una de ellas, para que se destaque en lo que se supone debería ser bueno.

Por otro lado, está el personaje de Adam catalogado como “el chico malo”, ese joven rebelde, apático, a veces cruel con sus pares, y con una ira que al principio no se sabe bien de dónde proviene. Pero a medida que avanza la temporada, nos devuelve la imagen de un adolescente oprimido por la insatisfacción de un padre cruel y sumergido en la más profunda negación. Panorama que se vuelve más confuso para él a medida que su despertar homo-erótico va creciendo y no sabe bien cómo encausarlo y hacerlo encajar en un núcleo familiar donde el silencio es moneda corriente.

Otro eje fundamental de la producción de Netflix se centra en explorar el mundo femenino donde se desarrollan temas muchas veces censurados, como el placer sexual, la autosatisfacción, el amor entre mujeres, los fetiches, el acoso, y -por sobre todo- la sororidad. Este grupo de jóvenes provienen de diferentes contextos y realidades, pero deciden unirse para enfrentarse a un mundo que muchas veces se presenta como cruel y amenazante.

Por último, lo brillante de esta producción es mostrar un universo donde los adultos muchas veces suelen estar tan, o más confundidos, que los jóvenes a quienes se suponen deben aconsejar. Es así que la Dra. Milbur nos presenta el retrato de una sexóloga/madre segura y abierta respecto a los problemas tanto de sus pacientes como de su propio hijo, pero cuando se refiere a su vida sentimental se encuentra tan confundida como el resto de los mortales. De la misma manera encontramos a su ex-marido, un profesional del sexo que paradójicamente resulta ser adicto a él.

Bajo este horizonte repleto de adolescentes cachondos, despertares sexuales y padres confundidos, se presentan de manera honesta tópicos fundamentales a la hora de cristalizar una sociedad donde la diversidad y la igualdad son los pilares fundamentales de una lucha social, y sobre todo juvenil, que grita a voz alzada que ya es hora de hablar sobre lo que hace años se elige ocultar debajo de la alfombra.




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