Alejandro González Iñárritu se encargó de que no se filtrara información sobre su nueva película, Digger. Las sinopsis no son claras, el tráiler es escueto y eligió no estrenarla en festivales. Estas decisiones de marketing responden a que se trata de un film al que es mejor enfrentarse de frente en la sala y sin mucha información previa para poder ingresar en su caótico universo.
Siguiendo la línea de su anterior film, Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (2022), y continuando algunos rasgos presentes en Birdman, el director mexicano entrega una película cuya grandilocuencia es tan abrumadora como cansadora, pero que, ciertamente, deja un resabio reflexivo varios días después de su visionado. Es mejor no sacar conclusiones apresuradas sobre Digger, porque es un film que comprende una multiplicidad de elementos, juega con las metanarraciones y resulta avasallante visual y sonoramente.

Pareciera que llega un punto en la carrera de todos los actores de blockbusters de Hollywood en el que deben entregar un papel que descoloque a su audiencia, que los muestre transformados físicamente y los aleje de las cintas taquilleras. Este es el caso de Tom Cruise, quien interpreta a un magnate petrolero responsable de desastres climáticos y crisis ambientales.
Para este rol, Cruise deja de lado su perfil de héroe de acción y de galán para convertirse en un desagradable sureño, tan irritante como brillante a la hora de manipular a políticos, empresarios, prensa y ciudadanos. Algunos de los rasgos que ensayó con su personaje en Magnolia (1999) se repiten en esta película, aunque con una transformación física que parece direccionada a lograr la nominación al Oscar (algo que dudosamente consiga).
El personaje de Cruise y ciertos aspectos narrativos de la película abrevan de Citizen Kane, una referencia ineludible si se trata del retrato de un magnate. Pero, probablemente, sea Dr. Strangelove de Stanley Kubrick la cinta más citada en este film, descripto como una sátira por uno de los personajes. Así, lo nuevo de Iñárritu tiene aspectos grandiosos como el clásico de Orson Welles e inteligentes pasajes de comedia en clave de crítica social como la sátira de Kubrick, pero parece no lograr delinear todas las aristas que abre ni llegar a explotar realmente.

Digger es una película pretenciosa, pero esto no es necesariamente una crítica negativa. En un momento en el que Hollywood apuesta por un sinfín de producciones descartables, este film se instala como una obra con recursos visuales y de diseño de producción que no son meramente decorativos o excusas estéticas, sino que guardan total congruencia con la trama y el concepto —este es el caso de las habitaciones de la casa del protagonista que emulan paisajes, de la extraña gata moribunda que lo acompaña o de la escena maestra que tiene lugar en una suerte de ágora formada por congresistas que palidecen—.
Mientras que Digger está perdiendo estrepitosamente en taquilla y no recibe los mejores comentarios, tal vez no sea la mejor idea dar afirmaciones tajantes sobre esta pieza de gran extrañeza. Claro está que Iñárritu ha tomado la decisión, tanto con esta como con su película anterior, de encerrarse en una suerte de torre de marfil en la que los espectadores no pueden ingresar del todo. En este sentido, Digger funciona muy bien porque, en varios momentos, repele a la audiencia, pero también se vuelve hipnótica y logra sumergirnos en su mundo repleto de capas.









