#IntroducciónAlHit #09

El conejo malo llora la vida que perdió por culpa de la fama. Dice que se siente vacío, que “todo es superficial, nada es real, nada que el dinero no pueda comprar”. Usa prendas de diamantes que ciegan cuando él se alumbra y no sabe si salir en el Mercedes Benz o en el Maserati.

En “Otra noche en Miami”, Benito Antonio Martínez Ocasio nos cuenta una historia que casi se puede ver con imágenes: son las diez de la noche y él está listo para arrancar otra jornada de excesos con un look brillante que se destaca de la muchedumbre. Todos quieren llamar su atención y las extranjeras le dicen “Papi”. Las putas se le ponen finas, le piden el champagne más caro y cuando se va le dicen que lo extrañan. Sabe que no precisamente a él, sino al dinero que lo acompaña. Entonces nos cuenta que debajo de esos looks de Louis Vitton y los anteojos Gucci que usa hasta de noche, hay un Bad Bunny golpeado por un amor que le retumba en la cabeza y desde el Penthouse con vista al mar a las once y media ya está pensando de nuevo en ella. Todo este despilfarro vacío, los Rolex, los “threesome’ y las orgías” son para pasar el rato y olvidarla. Aunque él lo tenga todo y esté rodeado de gente sigue solo, extraña a la chica de su vida anterior y le dice que si quiere volver le avise, total a él todo le resbala y con esas putas no comparte ni una frazada.

Este es el sexto tema del primer disco del artista puertorriqueño de 24 años. Un álbum de 15 canciones en las que prima el trap y el reggaetón pero en el que además hay dance, bachata, rock y pop. Cada tema abre una puerta a lo que podrían haber sido muchos discos distintos, pero Bad Bunny no escogió un solo camino, sino que quiso mostrar que brilla más allá de sus joyas, por su talento a la hora de producir canciones diversas con la base trapera que lo caracteriza.

Recién en este tema y en el anterior -”Tenemos que hablar”, un track rockero en el que se queja de una novia que le reclama fidelidad- Bad Bunny da indicios de que los próximos 10 serán puras sorpresas. Y es porque en el estribillo de “Otra noche en Miami” todo cambia y de golpe ya no es trap, no es reggaetón, sino un exquisito hit chill out que tranquilamente podría sonar en la primera hora y media de un boliche de electrónica.

Aunque los medios elijan contarnos que antes de ser Bad Bunny el joven Benito era un empaquetador de supermercado, la verdad es que su historia está lejos de haber sido la de un suertudo o un improvisado que fue descubierto mientras cantaba entre góndolas. Además de ir cultivando su voz desde chico en el coro de una iglesia de su barrio, este pibe de la comunidad de Vega Baja fue muy estratégico y enfocado en su proyección. Influenciado por los artistas reggaetoneros de su país como Arcángel, creó su perfil de Soundcloud y fue cargando ahí sus temas, además de filmarse cantando en su cuenta de Instagram. Poco a poco sumó presentaciones en vivo y supo ir buscando los contactos necesarios para ponerse en la mira de los productores. Así fue que en el 2016 llamó la atención del productor Luian que se quedó prendido a su tema “Diles” y lo contrató para su flamante sello Hear This Music (sí, por eso todos sus singles hasta el momento están pisados con él diciendo “hear this muuusic”). El resto ya lo sabemos todos: 36 sencillos en 2 años, colaboraciones con más de 20 artistas mundiales, 5,7 millones de seguidores mensuales en Spotify y más de mil millones de reproducciones en YouTube.

Me gusta imaginar que Bad Bunny es el príncipe del reggaetón, que se divierte en un palacio del caribe amueblado con sillones tapizados en animal print, mientras que el rey, J Balvin, sale con su ejército a librar batallas de conquista mundial del género. Papá Balvin esparce su religión (como le llama al reggaetón) por países anglosajones, y el niño Benito hace fiestas, se mueve por la propiedad en un carrito de golf y fuma creepy hasta quedar anulado. Mientras el rey planta banderas, el príncipe se dedica a pensar en cómo puede destacarse con su obra y quedar él también en la historia.

Ambos son grandes artistas pero con distintos roles en este proyecto que es la globalización de un género marginado. Mientras que Balvin tiene dotes de líder, productor y amalgamador de distintos creativos para hacer de esto un show business con excelente calidad musical, Bad Bunny tiene un perfil de artista ensimismado que está más enfocado en mejorar su concepto que en pensar en el bien común de la comunidad reggaetonera. Por ejemplo, J Balvin -que no compone sus canciones- sabe elegir poetas modernos para que pongan en rimas lo que él quiere transmitir. Tampoco dirige sus videos pero tiene un ojo atento para chequear artistas audiovisuales que lo hagan como él imagina, como también el equipo de marketing que hay detrás de sus redes. Y ni hablar de su capacidad creativa para armar su show de las que le conté en la última entrega de esta columna y su rapidez para pegarse a Guess y desarrollar su faceta de diseñador. Benito, por su parte, se destaca por su lírica fresca y moderna, llena de referencias a su niñez y juventud, en un lenguaje que representa cómo se expresa hoy una generación: “Y tengo tu foto guarda’ / Tú y yo bailando cuando éramo’ menore’ de edad (…) Y lo’ polvo’ en la parte posterior / Del carro pa’ los tiempo’ en la superior / Siempre dejaba ropa interior / Cada polvo mejor que el anterior / Pero no como el primero / Tú sabe’ que ese no se va a borrar”.

Bad Bunny es, además, el principal director de sus videos musicales. Formado en Comunicación Audiovisual en la Universidad de Puerto Rico, Benito viene creando una línea conceptual específica en sus producciones: un filtro de color que parece salido de Instagram, tonos pasteles, referencias noventosas, locaciones kitsch y personificaciones de su persona, como una chica actuando de él en “Caro” o como en “Desde el corazón” donde el protagonista es un niño que sueña con ser cantante de trap llamado Benito. Todo gira en torno a él. Todo es sobre él.

Bad Bunny es real, con una actitud de punk de “yo hago esto y me chupa un huevo lo que piensen” desde el escalón alto de los que la pegaron. Se divierte jugando con los límites establecidos de lo que es correcto según el género: se pinta las uñas, usa aros colgantes de mujer y se ríe cuando le preguntan sobre su sexualidad. ¿Acaso no es esa libertad sin prejuicios lo que más nos fascina de su generación?

El fin de semana pasado Bad Bunny visitó nuevamente nuestro país para presentarse en el festival Buenos Aires Trap y dejó en claro que además de compositor, productor y director, es un gran cantante. Presumió de una voz que no necesita del autotune y de una entonación que no se fatiga ni cuando viene pegando saltos desde hace un rato. Tal vez el momento más delicioso de su show fue cuando cantó «Amorfoda«, una balada compuesta por nada más que cinco o seis acordes de piano en la cual Benito pide que no le hablen más de amor, que se cansó. Y a ella, a la que le rompió el corazón le confiesa lo boludo que se sintió: “Los chocolates que te di y todas las flores, se convierten hoy en día en pesadilla’ y dolore’ / Ya yo perdí la fe de que tú mejore’ / Si después de la lluvia sale el arcoíris, pero sin colores”.

El show, sin embargo, fue muy poco en comparación a lo mucho que deslumbra Bad Bunny en sus canciones, videos y redes sociales. Si bien fue ameno con su público, los arengó y jugó con las luces de los celulares, parecía distraído y poco conectado con la situación. La lista de canciones fue rápida, resolviendo muchos de sus mejores temas en una especie de enganchados de disco de cumbia, con fragmentos de 30 segundos de cada uno. Me quedan dudas, además, de si la escasa creatividad en el show fue por falta de esmero por parte de la productora local o es que aún el príncipe no se ha dedicado a su espectáculo. Sus fotos en otras fechas de esta gira lo muestran con mejor vestuario, pero tampoco se vislumbra mucho despliegue sobre las tablas. Tal vez, pienso, todavía le faltan algunas vueltas más por los jardines del palacio para pensar cómo quiere que lo retraten en el cuadro de su triunfo sobre el escenario.

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Gala Décima Kozameh es @GalaDK (1989). Rosarina, mitad periodista, mitad publicista. Divide su tiempo entre la producción de contenidos para marcas y relatos de historias en forma de crónicas y entrevistas para distintos medios. Le gustan las bandas ruidosas, la cerveza bien fría y los viajes en ruta. Su mail es [email protected]

Foto principal: Cortesía prensa.