Las obras más famosas de la historia del arte siempre están rodeadas de mitos, incógnitas y aspectos por descubrir. «Los Girasoles» de Vincent Van Gogh posiblemente figure entre las pinturas más reconocidas de la historia. Y si bien data de fines de 1800, es decir no es demasiado tiempo comparado con obras renacentistas, por ejemplo, hay muchas cosas por develar en torno a ella.

Es por esto que el Museo Van Gogh de Ámsterdam emprendió la ardua y comprometida tarea de someter a este cuadro a un exhaustivo estudio para sacarle el jugo lo más posible.

Ella Hendriks, quien dirigió este estudio, explicó: «Como los seres humanos, los cuadros también envejecen», razón por la cual, se podría decir que «Los Girasoles» fue «radiografiado», para interiorizarse en aspectos de color, restauración, marcas, etc.

Así es que el Museo, que al mismo tiempo comienza una exhibición sobre el pintor, pudo dilucidar un puñado de datos esclarecedores sobre la obra. En cuanto a las huellas dactilares que figuran en la parte superior, se dictaminó que pertenecen al propio Vincent Van Gogh.

Por otro lado, se pudo determinar que el amarillo de las flores centrales que hoy reconocemos, en un primer momento fueron más naranjas y doradas. En parte, esto puede relacionarse con las repetidas restauraciones a las que fue sometida la obra, otro de los descubrimientos producto de esta investigación.

También se llegó a la conclusión de que Van Gogh habría agrandado el lienzo sobre la marcha; es decir, una vez ya comenzado el trabajo habría decidido que el tamaño no era el adecuado.

Por último, a través de este análisis se pudo asegurar que este cuadro no se trata de una copia o autorreferencia a los otros girasoles ya pintados por Van Gogh, sino una intención de mejoramiento de la idea.