El Kim Yun Shin es el primer museo de arte contemporáneo gestado fuera de Corea por una artista nativa de ese país. A 10 años de fundarlo, y con el sueño intacto -y cumplido- de dedicarse pura y exclusivamente al arte, Kim Yun abre sus puertas para recibirnos con motosierra en mano y una muestra retrospectiva que, entre líneas, deja en claro el amor y el arraigo por las tierras argentinas.

La mitad de tu vida artística se desarrolló en Corea y la otra mitad continuó en Argentina. ¿Qué diferencias encontrás a la hora de crear en un país totalmente diferente?
En principio, los materiales: a través de los materiales renació en mí la ambición y el entusiasmo, nació el coraje, que luego se transformó en una inconmensurable energía. Ahí se inició un cambio en mi hacer a través de esta seguridad. Por otro lado, Argentina es totalmente lo opuesto de Corea: una tierra ancha, con mucho espacio, así como se presenta la naturaleza en su forma original, lleno de planicies extensas ocupadas con menos gente, y al mismo tiempo abundante en todo sentido.

También en cuanto al carácter de la gente, es totalmente lo opuesto. El coreano es apresurado, debe hacer las cosas rápido en cualquier ámbito, la gente de aquí es más bien tranquila, serena, hace colas largas para todo y son más dóciles y apacibles, reciben según se les es dado y no están pensando en sacar ventaja o tener la idea de “siempre yo primero” o que debe recibir o hacer mejor, o antes que el otro. Por supuesto que existe un sentido de competencia ya que vivimos en una sociedad competidora, pero su forma de expresarse es distinta de los coreanos a quienes siempre los acompaña la premura. Al mismo tiempo, observo una cierta holgura, creo que no viven con urgencia. ¿Tendrá su razón algo que ver con que es una tierra abundante y no atravesaron guerras, pudiendo conservar ese estado de bienestar en sus corazones?

En Corea está la ansiedad de tener que hacer todo urgente, y eso es debido a las sucesivas guerras que debieron atravesar. El verse forzados a vivir como sobrevivientes generó en la población esa idea de sentirse perseguidos y el deseo de tener que reconstruirse, el anhelo de ser algo distinto, de engrandecerse y moverse “pal-lí pal-lí” para que suceda. Siento que hay una gran diferencia ahí. Desde esa abundancia yo pude comenzar a pensar con holgura, sin verme empujada o apresurada a realizar algo, eso fue en primera instancia algo positivo.

Foto: Ran Kim.

¿Creés que hay un quiebre en tu obra a partir de tu mudanza?
Por supuesto que hay un cambio. Hay un cambio de escalas que fue crucial y que me llevó a reemplazar las herramientas. En Corea utilicé solo el cincel, el serrucho/sierra de mano y el martillo, y aquí, debido a la naturaleza grande de los troncos, no los pude tratar con esas herramientas. Debí utilizar otro tipo de instrumento que me permitiera trabajar: la motosierra, la cual me posibilitó crear espacios de una sola vez. Ese cambio me llevó a trabajar con más generosidad, con más brío, es allí donde reside esta energía y coraje que viene acompañado de una naturaleza distinta. Aquí pude cortar “¡tac, tac, tac!” generosamente y con libertad, eso lo cambió todo por completo. Lo morfológico y los procesos cambiaron, y aunque el trabajo con la corteza del tronco se mantuvo igual, la forma de encarar el trabajo se transformó a otra totalmente distinta.

¿Qué fue lo primero que te impresionó de la Argentina?
¡Que los árboles pudieran ser a la vez tan bellos y tener esos diámetros, siendo tan anchos, tanto como de 2 a 3 metros! Era algo que no podría ni haberme imaginado. En Corea los troncos como mucho tendrían por lo general 30 cm y aquí tenían esas circunferencias. Me sorprendió. Y también la variedad de árboles y esa fuerza y dureza, seguramente por haber crecido en esos hábitats calurosos, me impresionó mucho.

Foto: Diego Saguí.

En la mayoría de tus obras en madera hay un carácter totémico muy fuerte. ¿Qué sucede cuando agarrás la motosierra?
Nace un espacio. De un tronco, a partir de ese tronco, según cómo se corte y dónde se corte, ese espacio cambia y es en ese instante donde comienza el lenguaje del arte. Por eso debe ser con seguridad, sin importar qué resulte. Nunca sé qué cosa me llevará, pero cuando me llega el impulso de cortar, lo hago con confianza. No tengo una idea previa a la cual llegar, no pienso “haré esto”. Por lo general sí realizo muchos bocetos, pero después no los utilizo para trabajar. Sí voy viendo hacia dónde ir, pero no es que me dirijo hacia una forma determinada, me dejo llevar. Puede que haya similitudes morfológicas entre obra y obra, pero ningún espacio es igual a otro, todos son distintos.

Si hablamos del carácter totémico, esto tiene que ver con algo muy personal, que surgió en mis comienzos como artista profesional. Creo que hay dos hechos de mi infancia que me marcaron y me llevaron hacia este carácter totémico que tanto se ve en mi obra. Recuerdo que de muy pequeña, tendría yo unos 5 años, me llamaron la atención unas esculturas hechas de troncos de madera que siempre vi en la entrada de mi pueblo. Eran esculturas en forma de tótem y con rasgos humanos que me explicaron estaban allí para ahuyentar y dejar fuera los malos espíritus. Aquellas figuras se quedaron en mí.

El segundo recuerdo, uno de los más bellos que tengo, es el de mi madre llenando un cuenco de agua fresca y limpia, y acompañarla a pedir, a los espíritus, por mi hermano que había ido a la guerra, frente una pequeña torre con piedras apiladas que iba armando. Con mi hermano nos llevamos varios años de diferencia, yo era una nena en aquel entonces, pero verla a mi madre hacer eso mientras frotaba sus manos en oración, día tras día, luego de la partida de él es algo que me quedó profundamente grabado.

Luego, mientras estudiaba en París recibí la noticia de que mi madre estaba enferma y, al regresar, ella falleció. En ese entonces creo que la entendí, entendí ese amor y ese anhelo, y mientras comencé a trabajar en mi obra quise conectarme con ella y ese sentimiento. Después esto se fue transformando, comencé la serie “Suma dos, Suma uno, Divide dos, Divide uno” que también tiene una búsqueda filosófica, que se basa en un principio filosófico oriental. A través de las sumas -uniones- y las divisiones -compartir- se hila la vida.

En tus pinturas siempre hay un diálogo con el Absoluto, hablás de vaciar la mente de pensamientos y dejar que florezca la inspiración. ¿Toda obra viene acompañada de una reflexión previa?
Claro, hay una reflexión previa pero no trabajo con algo dado, no trabajo con lo que está sino en búsqueda de eso que no está.

¿Cómo surgió la idea de fundar el Museo Kim Yun Shin y cuál era tu misión al momento de hacerlo?
Apenas llegada a la Argentina, conocí al Director del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y fui invitada a realizar una exposición, por ello me aboqué completamente al trabajo. Trabajé como loca absorbida en mi obra, y al mismo tiempo, no creé otros lazos en el entorno al no tener una facilidad natural en el lenguaje ni los idiomas. Así transcurrieron mis días, dedicándome a tiempo completo en mi obra. Entonces llegó un momento en el que esta obra se convirtió en un caudal enorme de trabajo y piezas que, sin embargo, no tenía la manera de mostrar. Hasta que surgió la oportunidad de poder alzar este edificio gracias a un inversor y entonces pensé que sería una buena oportunidad para utilizarlo como museo y compartir mis obras con mucha gente, deseo que tuve siempre desde joven.

Además, al concebir el museo, lo fundamos enfocadas en divulgar el arte en representación de Corea, ya que somos el único museo de arte moderno de coreanos en América Latina fundado y administrado por coreanos. Y durante estos 10 años de nuestra existencia pudimos cohesionar nuestro propósito de afianzar lazos y el intercambio entre las dos naciones a través de la comunidad coreana y la comunidad argentina, ya sea artística y socialmente.

Atravesamos muchas dificultades para mantenerlo en pie pero seguimos firmes en nuestro propósito de representación e intercambio. Nuestro anhelo es ser un lugar de encuentro para que en adelante podamos, cada vez más estrecha y fluidamente, nutrirnos e intercambiar de ambas culturas, arte y sociedades. Incluso poder realizar intercambios no solo entre coreanos o argentinos sino con artistas de toda Latinoamérica… ¿qué más fructífero que eso? Sinceramente me llena de alegría pensarlo.

¿Qué nos podés contar sobre lo que se viene en 2019 en el museo?
Durante el año pasado tuvimos varias visitas de Corea de las cuales surgieron muchas ideas. Por otro lado, participamos todos los años de La Noche de los Museos, organizada por la ciudad de Buenos Aires, para los cuales preparamos actividades varias que tienen que ver con la cultura coreana y donde se da la participación de artistas locales tanto argentinos como coreanos. Es un buen momento de celebración. Y por sobre todo, mi anhelo es que se suceda extendidamente y cada vez más, el intercambio cultural y descubrimiento entre artistas y sociedades: argentinos, coreanos, latinoamericanos, por ello desde el museo nos abocaremos a que eso ocurra.

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Foto principal: Diego Saguí.