En Climax, Gaspar Noé culmina su infierno. Ni el Rectum en Irreversible o el antro japonés de Enter The Void, se comparan a la pesadilla que sucede en el escenario de su última película. Noé fue siempre acusado de provocador, y obviamente, nunca pareció molestarle. Cuando tuvo la oportunidad de hacer su película Love en 3D ya era previsto lo que una película porno podía hacerle al espectador. El director argentino se jacta de aquella predisposición a la comodidad que tiene el espectador al sentarse a ver una película. Toda persona que vio Irreversible recuerda la escena de la violación como traumática, aunque lo verdaderamente traumático no es solo la escena en sí sino su duración. Ese quedarse ahí siendo un voyeur del sufrimiento ajeno. Climax trata de eso, de aguantar.

Gaspar Noé fija en los títulos de sus obras la esencia fundamental del film. Love es una lectura del sentimiento; Irreversible te dice la técnica narrativa que estructura la película. En Climax lo hizo de nuevo, ya que la palabra «clímax», refiere a aquel momento de máxima tensión en una historia. En una película de estructura clásica, el clímax suele aparecer en los 15 minutos antes del cierre final. Pero Noé decide tomar ese pequeño bloque estructural y estirarlo como si fuera una bandita elástica, dilatar el tiempo y poner toda la concentración ahí. Lo que para el cine clásico es sinónimo de resolución, para la modernidad de Noé puede ser un océano entero. Por eso Climax se vuelve un film difícil de procesar, porque el espectador está acostumbrado a otro tipo de percepción audiovisual.

Climax es una película donde lo coreográfico predilecta en todo tipo de sentidos. Primero en su fondo, por ser un musical lleno de baile. Pero Climax no tiene nada que ver con los musicales hollywoodenses por excelencia que van desde Cantando bajo la lluvia hasta La La Land. Climax no muestra ese territorio hermoso al que los personajes viajan cuando cantan: en Climax sus personajes gritan. Tampoco pertenece a los musicales que hacen de la realidad algo onírico, Climax es un viaje a lo más profundo de una pesadilla despierta. Quizás el único ejemplo que le haga frente a esto sea Bailarina en la oscuridad de Lars Von Trier, ya que el musical es un escape de la pesadilla que es la realidad.

Una de los elementos más interesantes de Climax es justamente lo cuestionado, esa creencia de ausencia de argumento. Porque si hay algo que rebalsa en el film son las cosas que suceden, aunque las estructuras sean otras y lo que se llama historia es ese terror e incomodidad. Esa experiencia real y verdaderamente audiovisual. Climax recrea el mal viaje de un grupo de bailarines hasta los paroxismos de lo bestial. Llega hasta un momento donde ya es imposible discernir entre personas con una moral impuesta, o animales al acecho en una selva psicodélica. El trabajo de luces y colores es un boleto directo a la pesadilla, donde reinan los colores, pero ya no cargan con el sentimentalismo, sino que mientras más lejos estás de lo que sueles disuadir, más en peligro te vas a sentir.

No hay canto, solo gritos. Pero lo coreográfico no solo pasa por los bailarines, sino también por la técnica. Climax es una película de dos grandes planos secuencia. Y ya que los títulos se encuentren a mitad de película, hace evidente que ahí comienza otra película diferente. Ese aviso que siempre hace Gaspar Noé a sus espectadores, como esa placa que invita a abandonar la visualización de Solo contra todos. Climax adopta ese movimiento hipnótico y vertiginoso con la cámara que absorbe la atmósfera densa que empieza a emerger de lo que sucede. Planos secuencias que tienen como prioridad el seguimiento de personajes y nunca dejar al montaje atacar al realismo de la historia. Si una puerta se cierra para el personaje, para el espectador también. A lo que se le suma el tejido narrativo, de que la cámara se mueve con libre albedrío de seguir más que a un protagonista, a la sensación de riesgo y terror, que reina lo estéticamente caótico de Climax.

No se trata de las alucinaciones de Pánico y locuras en Las Vegas, ni tampoco se acerca al enroque metafórico de otras películas de experiencias con las drogas como Trainspotting o Requiem for a Dream. Climax es más sensible aún, porque lo que invade como una niebla, es la locura y no las distintas anclas del sentido. Los núcleos de acción y reacción quedan supeditados al paisaje oscuro e infernal de lo turbio. Los personajes se encuentran inmóviles de razonamiento, pero no dejan de bailar. Y todo eso que empieza como coreográfico, toma la perspectiva de algo terrorífico. Por ejemplo, el bailarín contorsionista, que al principio sorprende con sus movimientos pero a medida que avanza la película uno quiere dejar de verlo. En una entrevista Gaspar Noé cuenta que encontró al actor buscando en YouTube, un joven que vivía en el Congo que no hablaba francés ni era actor, pero no se negó a encerrarse por unas semanas a enloquecer.

Climax es una película que arriesga todo y es muy experimental en su propuesta, como toda la filmografía de Noé. Es una película que trata de poner el cuerpo frente al razonamiento, y si intentás razonar lo que está sucediendo te vas a opacar. Es una película no solo musical en cuanto a lo coreográfico, sino yendo más a lo literal, tiene un soundtrack alucinante, que cuenta hasta con la participación de Daft Punk. Es una película que se sufre pero a la vez te pone en movimiento, bailando lentamente en el lugar mientras se ve, como única reacción frente al no querer seguir participando de la celebración. Una película que homenajea o parodia tanto a lo hollywoodense como a la vanguardia, con títulos que dirigirán, a la cinefilia, a Jean-Luc Godard, y ese orgulloso patriotismo. ¿Provocación? No se lo ve a Gaspar Noé muy partidario de Macrón, sino más como un auto incendiado en la calle de París que grita, de alguna forma poética y política, por la revolución.