Anclar la historia y los personajes a una sola locación, además del desafío narrativo, puede ser una buena alternativa a la hora de filmar una película cuando los recursos son limitados. Dentro de esa premisa las posibilidades son amplias y sobran ejemplos. Pero hay algo en el cine de Nicolás Pereda, una forma de retratar la cotidianidad que no aparece todos los días, aun cuando su búsqueda pueda compararse en varios aspectos con la del cineasta Hong Sang-soo, por su manejo sutil del humor y su preferencia por los relatos minimalistas, siempre con el diálogo como motor principal. Los personajes de Pereda, al igual que los del maestro surcoreano, también se ven envueltos en situaciones que en un comienzo parecen intrascendentes, pero que terminan revelando algo mucho más profundo: un sustrato existencial que queda resonando en el espectador.
Rosa, chelista y compositora, espera en su departamento la llegada de Tere, amiga y también compositora. Le cedió el espacio principal de su casa para que puedan entrevistarla a escondidas de su marido. A medida que el día transcurre, diversas interrupciones -magistralmente intercaladas a modo de recurso dramático- van complicando los planes y corriendo sutilmente el foco de atención. El tono, de un realismo casi onírico, oscila entre lo intimista y la comedia absurda, y los intercambios empiezan poco a poco a revelar dinámicas familiares marcadas por desencuentros, conflictos ridículos entre vecinos y ciertos prejuicios de género. A eso se le suma una mirada ácida sobre el oficio periodístico a través de la entrevista en cuestión, que se torna tan incómoda como hilarante. En líneas generales, de eso va Lo demás es ruido, noveno largometraje de este prolífico director, considerado una de las voces más estimulantes y disruptivas del cine mexicano contemporáneo. Pero, tal como sucede en la trama cotidiana, la película abraza lo impredecible y no hay síntesis que reemplace la experiencia.
El título no implica que el universo sonoro ocupe un segundo plano. Al contrario, termina convirtiéndose en el gran articulador del relato: al descubrir que el departamento donde pensaba filmar era extremadamente ruidoso, en vez de cambiar de locación, Pereda optó por usar esa desventaja a favor de la narrativa. Ladridos, bocinazos, el tráfico -que irrumpe espontáneamente mientras la hija de Rosa interpreta una pieza ruidista en el cello, como acoplándose en una suerte de sinfonía-, funcionan en el film como un hilo conductor invisible.
La madre de Pereda es compositora de música clásica contemporánea, y en parte es por eso que él consigue retratar tan bien ese universo, esa suerte de acuerdo tácito que aparece en ciertos ámbitos y que impone un protocolo de tensa solemnidad ante el hecho artístico, o ante el relato que el mismo artista construye para describir su propio proceso. Pereda lo cuenta con gracia pero sin cinismo, y en ese equilibrio reside el poder de su cine: en ese naturalismo con sello propio, algo difícil de lograr y casi imposible de replicar. Y aunque se perciba como casual o por momentos improvisada, en apariencia cercana al documental, detrás de esta película hay una estructura sólida, un dispositivo riguroso que no deja nada librado al azar.
Lo demás es ruido, de Nicolás Pereda
2026 – México, Alemania
Sección: Competencia oficial Vanguardia y género
Seguí la cobertura del 27 Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente en este enlace.









