Es recurrente el análisis superficial que se hace de las diferencias, entre el cine europeo respecto al norteamericano. A éste último, se le asocia con el cine de blockbuster (o palomitero), vinculado a grandes presupuestos, en donde una fórmula, casi matemática, debe rendir en boleterías de acuerdo a los cálculos que previamente procesan los estudios. Al europeo, por el contrario, se le vincula con un cine reflexivo, más de autor, en que las palabras importan más que la acción. Al primero, con entretenimiento y distracción. Al segundo, con largos diálogos y una puesta en escena austera. Todo lo anterior, en el marco de una caricatura que sabemos bien, no se ajusta la mayoría de las veces a la realidad. Los matices abundan en ambos cines, más aun conociendo la amplitud en el negocio que abren las nuevas tecnologías. No obstante, de la caricatura da cuenta el estreno hace una semana de la cuarta parte de “Tranformers”, que estalla en las boleterías, y en la crítica, una sonora rechifla unánime, aunque a Michael Bay poco parece importarle la verdad. Pero también, bajo el encuadre de esa misma regla, podría encasillarse a “El desconocido del lago”, una película francesa de bajo presupuesto, que sorprendió allá en cuanto festival se proyectó, partiendo por Cannes, en donde su director se alzó con el palmarés en “Una cierta mirada” el año pasado y finalizando en los Cesar, donde fue nominada en 8 categorías distintas. “L’ inconnu du lac” narra la historia de Franck, quien visita a diario, durante la época estival, un lago, en donde se funden las bondades de sus cristalinas aguas, con un frondoso bosque que lo rodea, y que sirve de albergue para el sexo casual, entre hombres exclusivamente. Cruising es el término que emplean los americanos para denominar esta práctica, la de tener sexo en lugares públicos, preferentemente gay, hecho que dio el nombre a una película del director William Friedkin, con Al Pacino como protagonista de esta historia policial. Sin embargo, el “Desconocido del lago” dista mucho del tinte que utilizó Friedkin en su film de 1980. En esta historia, son los silencios los que hablan por los personajes, es el acto sexual tras los arboles el que transmite hedonismo o dependencia, es la metáfora con que se construye la sensibilidad de los personajes, escondidos detrás de un bosque o que yacen al fondo del lago. el desconocido del lago Así como Michael Hanneke o los hermanos Dardenne desnudan de artificios la pantalla, sin música, sin efectos, para entregar el producto en bruto, Alain Guiraudie utiliza la contemplación serena en el personaje de Franck y las conversaciones con Henri, como un elemento a escudriñar en una historia que poco a poco se decanta en un thriller muy sui generis. Franck (Pierre Deladonchamps) en sus visitas diarias al lago, entabla amistad con Henri (Patrick d’Assumçao) un sujeto bucólico que contempla el lugar desde una punta de la playa, provisto de bañador (cuando lo usual es el nudismo) y sin dejar claro su orientación sexual. En estas circunstancias vamos entendiendo un poco quien es Franck y que busca no solo allí, sino en la vida, en sus relaciones. La gran virtud del film, es que no utiliza la temática homosexual como el nudo de conflicto argumental, sino que surge con naturalidad como parte del decorado, tal como lo son los juncos y árboles que sirven de fondo. No es tema, está allí, aún para incomodidad de muchos. Hablamos de una historia que hacia el tramo final va mostrando sus cartas, aún a tropiezos del sexo explícito, que a mi entender, a veces resulta excesivo, dejando a “La vida de Adele” casi como un ejercicio amateur de provocación. Una película que, me atrevo a pronosticar, difícilmente veremos estrenar en cines comerciales en América Latina, pero que gracias a los medios que provee la red, va a permitir apreciar, con todas sus fortalezas y debilidades, uno de los films más provocadores del año que ya se fue.