334 minutos. Casi 6 horas. Divididas en 2 partes. Con un intervalo de 15 minutos en el medio. Pareciera ser que en esta película lo más importante son los números que la describen, pero no es así. Ni remotamente. La nueva película de Abbas Fahdel es gigante, en todo sentido. Una tesis de cómo se puede trascender el género del documental y hacer un verdadero manifiesto. Su título Homeland (Irak Year Zero) es una clara referencia a la obra inaugural del neorrealismo italiano, Germania Anno Zero de Roberto Rossellini, no solo por compartir la metáfora y la cuestión de la posguerra como eje central de la obra, sino también porque los personajes viven y respiran el territorio en el que se filma.

Sin embargo, Abbas Fahdel va mucho más allá. No solo por ser un documental, sino también por la naturalidad con la que se presentan las imágenes. Un montaje sumamente honesto, así como sus planos, y con una mínima intervención, ya que de vez en cuando su hermano y él mismo detrás de cámara funcionan como una suerte de entrevistadores y disparadores de historias y distintas visiones. El documental gira en torno a la vida en Irak, más específicamente en Bagdad, antes y después de la invasión estadounidense de la familia de Abbas Fahdel, sus vecinos y compañeros de universidad, escuela y trabajo, entre otros. Sin embargo, toma un rol protagónico y central su sobrino: Haidar. Quizás por su personalidad elocuente y extrovertida pero también por su alto grado de conocimiento y curiosidad, el espectador no tarda en la primer parte en encariñarse con él, aunque ya en esta Fahdel nos anticipa la inminente tragedia: Haidar es asesinado, luego de la invasión, por un desconocido. Aquí se presenta un factor central y que diferencia esta obra de otras que abordan la guerra como temática y es que no cae en los golpes bajos, no los necesita tampoco. El espectador es anticipado, y así adquiere una nueva relación con las imágenes que se le presentan: en palabras de Abbas Fahdel “el espectador sabe que está contemplando un mundo condenado a desaparecer y personajes condenados a morir”.

Otro diferenciador de la obra es que la guerra y la batalla en sí están en fuera de campo. La segunda parte retoma dos semanas después de la invasión y victoria estadounidense. De esta forma, la violencia adquiere otra fuerza y significado. No hace falta mostrar explosiones y disparos a la cabeza para mostrar la brutalidad de la guerra. Esta se presenta en los restos, en lo que queda después de la destrucción y, así también, no cae en las típicas visiones maniqueas que todo retrato bélico contiene. No tiene ningún sentido en exponer quién fue más cruel y despiadado en la batalla, sino más bien en mostrar las víctimas de esta, verdaderamente los únicos inocentes.

La duración de la obra de Abbas Fahdel es una necesidad expositiva y conceptual, ya que no hay forma de retratar la complejidad de la situación y de trascender los prejuicios generados en el espectador occidental a lo largo de décadas de propaganda e incomprensión. Es también una denuncia a la síntesis audiovisual, en la que cualquier recorte será ideológico, intencionalmente o no. Aunque tampoco pretende ser un retrato neutral, sin embargo adquiere cierta objetividad al ser sincero con su lugar en la película. Sin ir más lejos, el título de la obra es Homeland (patria en inglés). Increíblemente, el tiempo no constituye un tema en sí en esta obra, no entraría en la categoría de la “imagen-tiempo” de Giles Deleuze. Las imágenes de los planos evitan el tedio del espectador, en la mayoría hay movimiento y este tiene un punto, un objetivo: la vida misma.

Sí se trata, sin dudas, de un atentado al hábito cinematográfico de cualquiera, pero la realidad es que si el espectador está verdaderamente interesado en conocer acerca de la vida en Irak antes y después de la guerra, y quizás también de inferir una causalidad en torno a las invasiones y sus efectos, deberá sentarse 3 horas, pararse y salir corriendo a buscar algo para comer en el intervalo de 15 minutos (experiencia personal y recomiendo llevar comida y algo para tomar ya que se exhibe en el MALBA) para luego, sentarse otras 3 horas. Con los ojos abiertos. Sin embargo, la película se encargará de lo último. Habrá desertores, sin duda, tanto en la película como en la sala, pero si llegan al final será edificante, esta vez para la sala y no para aquellos en la película.

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