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    Phantom Thread: Las costuras del amor

    De Juan Cruz Bergondi06/04/2018

    Paul Thomas Anderson es uno de los directores de cine norteamericanos al que mejor le cabe la etiqueta de autor concebida por los cahieristas –el espíritu que vela por la poética de una película desde antes de rodarla hasta estar terminada, que repite formas y contenidos obra tras obra aunque no siempre sea evidente, y, lo más importante, tiene ese qué sé yo que separa a los artistas de los hacedores de comida rápida. Es decir, no basta con dirigir: tenés que prestar atención a la calidad de la artesanía. En Phantom Thread (2017) vuelve a construir un castillo a la medida de su personaje principal –un soñador en cierta forma pariente del de There Will Be Blood (2007) o The Master (2012): loco, solo y maldito.

    Reynolds Woodcock es un diseñador de alta costura que goza de prestigio y una vida acomodada en el Londres de mediados de siglo pasado. Cuando conoce a Alma, una camarera alta y delgada del campo, la adopta como musa y amante, guardando una distancia celosa entre los dos. Alma no es como las mujeres que pasaron por la mansión donde el soltero vive solo con su hermana, Cyril, y crea su arte al resguardo de un séquito de costureras: intentará tomar las riendas en una relación que tendrá la forma de un espectáculo de doma. La ciudad casi no está presente y si no fuera por la aristocracia que va y viene, la trama se centraría en el trío protagonista. Las acciones por su parte discurren en su mayoría susurradas entre las paredes silenciosas de “La casa” convirtiendo al amor en un cruel juego de estrategia donde callar es la mejor opción.

    Un aroma especial desprende la puesta en escena. El género pictórico conocido como “naturaleza muerta” se basa, por decirlo grosso modo, en la combinación de frutas y verduras, botellas, bebidas y vasos, objetos inanimados que remiten a lo cotidiano al tiempo que sirven para decir algo más. Durante mucho tiempo fue el espejo de la opulencia y el fondo del lago donde late el deseo. Al menos una vez, la ostentación obscena de algunas de estas pinturas levantó un muro ante la mirada del espectador, y otras veces no hizo más que convertir en objeto lo que todavía respiraba. Los vestidos encuadrados por Paul Thomas Anderson valen más que los personajes encargados de llevarlos y por momentos privan al paisaje de vida. El oficio del director al igual que el de Reynolds tiene algo de vampiro. El amor retratado en los planos armoniosos que pueblan la película, en los ya característicos travellings que persiguen –el poco, en este caso- recorrido, en la bruma que envuelve el fondo tal como la luz entrando por la mañana, se vuelve un objeto –quizá siempre lo sea- capaz de suscitar una lucha de poder: gana quien tiene el corazón –y la debilidad- del otro entre sus manos. El amor es destruir lo genuino que constituye al otro para hacerlo a gusto y piaccere.

    Está claro que la película discurre atravesada por la muerte, un crepúsculo de tonos pasteles y carácter lúgubre que resulta también el mejor escenario para la despedida de Daniel Day-Lewis –el actor dice haberse retirado de la actuación tras ésta, su última película. El maridaje entre forma y contenido –otra vez en la carrera del director- es sencillamente perfecto. La melancolía no es algo de lo que uno pueda escaparse porque funciona a la manera de un acontecimiento: circula entre todas las cosas, habita todos los nombres. Al igual que los secretos que se esconden en los dobladillos o el fantasma de una madre que acompaña al hijo adonde sea que vaya, la película de Paul Thomas Anderson se te pega a la piel. Hay que aprender a vivir en este mundo donde lo que importa apenas puede pronunciarse. Sin que puedas advertirlo se mete adentro tuyo. Phantom Thread es la película de un autor que no se parece a ningún otro, con talento suficiente como para pintar el amor obsesivo y las fuerzas que mueven los hilos del mundo más allá de lo que la razón puede entender.

    Daniel Day-Lewis Paul Thomas Anderson Phantom Thread
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