En ocasión de la reciente reedición por parte de Buen Gusto Ediciones de Séptimo círculo, la recordada novela gráfica de Diego Cortés y Nicolás Brondo (un guionista de culto y un dibujante hoy consagrado) es que queremos presentar esta crítica. Porque la obra lo merece, es de esas que siempre deben estar disponibles para el público y que requieren atención de la prensa, dado que no se trata de cualquier cosa, sino de una cosa que partió cabezas hace ya nueve años con planteamientos por fuera de toda coyuntura estética.

El título de la obra hace referencia al círculo del infierno destinado a los suicidas en la literatura y la tradición religiosa de la modernidad. En la antigua portada de tonos ocres (la hoy inconseguible edición de Llantodemudo) un pelado sentado en un sillón de respaldo alto, con barba, de mirada estoica y hostil, señala su cabezota de manera suspicaz. Tiene en ella un enorme agujero de bala y en la mano un gran revólver. El gesto parece decir “mirá lo que me hice” pero también podría ser “pensá, reflexioná, fijate”. La nueva portada tiene el color vivaz del fuego contra el que se recorta la silueta del pelado suicida caminando de frente decisión y arma en mano, la mirada oscurecida y la cabeza estallándole como en el momento del impacto de la bala. Ahora parece decir “estoy muerto y voy por vos”. Ambas cubiertas son igual de adecuadas por causa de las maniobras narrativas y los vuelcos de estilo de los que nos ocuparemos enseguida. Conservan en común la tipografía filosa y violenta del título que plasma muy bien esa impronta punk tan característica de las obras de Brondo.

La historia tiene tres partes claramente diferenciadas. Voy a espoliar la primera por completo. Todo comienza con una secuencia de varias páginas de alto impacto visual que dilatan un momento hasta el paroxismo dramático. Es cuando el pelado se pega el tiro y va a parar al infierno. En este punto es necesario resaltar que esto funciona porque el dibujante pone en juego una variedad de recursos expresivos muy diversa que de alguna forma construye un grafismo coherente. Una parte de la figuración puede estar sustentada en líneas, otra en tramas mecánicas, los trazos varían de lo cortante a lo manchado, los volúmenes aparecen y desaparecen, la grilla de viñetas permanece en lo variable y, sobre todo, el blanco de la página es integrado con una presencia asombrosa. Dicho esto, el pelado cae en un infierno que es una ciudad llena de suicidas que se matan una y otra vez de la misma forma en que lo hicieron cuando estaban vivos. Su fría reacción ante tal panorama esconde un propósito pronto revelado: él va en busca de su mujer, necesita hablar con ella, entender por qué lo hizo. De modo que consigue información sobre su ubicación y va tras ella como un amante imperturbable… al menos por dos o tres páginas, porque durante las siguientes diecisiete o dieciocho, luego de ver ahorcados, envenenados, venas cortadas, asfixias inducidas y varias truculencias más, queda por completo desmoralizado hasta lo inevitable: suicidarse, reiterarse en la auto-aniquilación él también, como todos los que están bajo la ley del séptimo círculo del infierno. Es necesario decirlo otra vez, desde la evocadora viñeta que señala el comienzo de la búsqueda, ominosa, plena en premoniciones y malos augurios, pasando por las miradas de estupor y tristeza hasta alcanzar la total desesperación, todo descansa en el talento de Brondo, que sabe transmitir cada cosa con su peso literario justo sin nunca dejar de experimentar en la dimensión plástica, lo cual, además, queda acentuado por ser una larga secuencia casi muda. La magia está consumada, los lectores no saben nada de la mujer que hace de motivación al protagonista y en ese momento tampoco importa. Como en una historia de terror de la EC, con más espacio y menos palabras, el giro final es algo previsible, pero tiene un fuertísimo contenido poético y una coherencia argumental y dramática insuperable. Si se termina todo acá (en la página negra) esto ya valió la lectura.

El pelado revive, son las reglas, y empieza la segunda parte. No voy a contarla, no se alarmen. El núcleo es la mujer, lo que sucede cuando la encuentra en busca de una imposible justificación. Es una historia menos truculenta, más profunda y psicológica que la primera. En esta se habla un poco más. Tiene un tono solemne y un giro final, esta vez por completo imprevisible (aunque rigurosamente consistente con el resto de la historia), que eleva este segundo tercio a la perfección. Es un final inmejorable.

Pero la cosa no se queda ahí y el guionista se dedica a explorar las consecuencias argumentales de tan contundente suceso en una tercera parte. No es lo único que hace, empero. Entra en escena el mismísimo dios como personaje para dar una explicación teológica aberrante, que, en contraste con el ánimo trágico y romántico precedente enfatiza su carácter de sátira oscura y bizarra. El cambio puede resultar un poco chocante a pesar de lo ocurrente. En este punto Cortés hace el mejor de sus trucos para que todo funcione. La ruptura de expectativas y de tono que supone este segmento, la “tierra de nadie” en que por un instante parece caer el estilo global de la pieza, se ve equilibrada con la incorporación de firmes y conocidos códigos y motivos de género. De repente, como una consecución natural del colofón del capítulo anterior, surge el pelado como un vengador de película de acción, como un justiciero infernal resentido, como un anarquista violento del orden divino dibujado con un grado de estereotipia tan certero que hace al deleite de los cultores del cine de Hollywood. Todo lo que se había ido a la mierda dentro del mundo ficcional de la tragedia transformándose en cosmogonía cínica se recompone en el orden de la iconografía pop, inesperado modo en que esta historia pútrida nos regala lo que podría ser un final feliz. Eso es lo que muestra esta segunda tapa y que la primera esconde.

Séptimo Círculo

2018 – Buen Gusto Ediciones
Novela gráfica- 88 páginas
Guion: Diego Cortés
Dibujo: Nicolás Brondo