En un presente donde gran parte de la música circula como fondo, comprimida entre algoritmos y scroll infinito, Fea aparece como un cuerpo en tensión. Su sonido —anclado en el pulso del post punk, atravesado por el dub y empujado hacia zonas más inestables— se construye desde la fricción: voces que no buscan acomodarse, bajos que arrastran, guitarras que dibujan climas antes que riffs. Hay algo físico en lo que hacen, una forma de llevar la música al terreno de lo visceral, donde cada canción parece más una situación que una estructura.
Fea empezó a tomar forma antes de que alguien la nombrara como banda. Entre reuniones de amigos, instrumentos que aparecían casi como una extensión del living y una dinámica de improvisación constante, algo ya estaba en movimiento. El grupo —atravesado por músicos, actores y sonidistas— fue encontrando una identidad en ese cruce difuso entre disciplinas, donde la música surgía como una consecuencia más que como un objetivo.
“Naturalmente somos un grupo de amigos, muy amigos todos. Después de la cuarentena empezaron a pasar cada vez más improvisaciones. Los chicos conectaban los instrumentos y yo empezaba a tirar cosas encima: poesías, cadáveres exquisitos, cosas del momento. Entonces algo ya estaba pasando”, recuerda Sofía Gala Castiglione en conversación con Indie Hoy.

El punto de inflexión llegó en paralelo a una crisis personal. En medio de los ensayos de Eduardo II, una obra clásica, Sofía escribió de forma casi automática un texto que funcionó como detonante. Ese impulso la llevó a buscar otra forma de decir, una voz propia por fuera de la actuación. “Sentí por primera vez una necesidad muy fuerte de expresarme más allá de mi canal natural, como de hablar con mi propia voz. Era un día lluvioso, llamé a Lara porque no tenía ni micrófono. Le dije que viniera, que necesitaba sacar eso, y empezamos a grabar sobre pistas de Coil”, cuenta.
A partir de ese gesto inicial, Fea se fue armando sin una estructura fija. La formación cambió, se expandió y se acomodó con el tiempo, manteniendo siempre una lógica abierta. En vivo, esa idea se vuelve aún más evidente: invitados que entran y salen, músicos que intercambian roles, y una escena que se construye en tiempo real. “La verdad es que fue un proceso muy natural. Venían amigos a participar, después algunos se quedaron, otros no. Y lo que me gusta es que es algo más abierto, más corrido de los límites y de las etiquetas. Eso nos da libertad para hacer canciones que no necesariamente tienen una forma clásica”, explica.
Esa dimensión colectiva también define su forma de trabajar. Fea funciona como un espacio en expansión, donde cada integrante aporta desde su propio recorrido. “Es como un laboratorio artístico. Yo soy actriz, Lara hace sonido, hay músicos que tocan instrumentos que no son los suyos. También tenemos esa libertad de improvisar, de cambiar, de mutar”, dice Sofía.
La experimentación aparece entonces como motor y lenguaje común. No se trata de una búsqueda estética aislada, sino de una práctica constante que atraviesa cada instancia del proceso. “Todo el lugar ocupa. Creo que eso es Fea”, sintetiza, mientras Leroy Rotman suma desde su experiencia: “Cada uno va encontrando sus técnicas. A mí me sirve hacer todo distinto hasta que encuentro algo que me guste”.
Ese mismo espíritu explica también la decisión de postergar el lanzamiento del primer disco. Durante más de un año, la banda eligió tocar las canciones en vivo antes de fijarlas en una grabación, generando un vínculo directo con el público. “La gente que nos viene a ver ya se sabe los temas. Eso ya no pasa. Las bandas suelen sacar cosas antes de tocar, y nosotros quisimos que el encuentro con las canciones sea más análogo”, dice Sofía.
En esa lógica, el error deja de ser un problema para convertirse en método. Las canciones se construyen desde imágenes, sensaciones y estados más que desde estructuras técnicas. “Para mí el error es la clave. Hablamos más del ambiente de la canción que de lo técnico. Capaz digo: esto tiene que ver con un cementerio, con la tierra, con la podredumbre. Y nos entendemos desde ese lenguaje, que tiene más que ver con ser amigos y compartir la vida que con una cosa técnica de banda”.
En Fea, las canciones no terminan de cerrarse nunca. Se transforman con cada show, se ajustan en el escenario y se reescriben en el vínculo con quienes están del otro lado. El vivo deja de ser una instancia de presentación para convertirse en parte del proceso mismo, una especie de laboratorio abierto donde el material se prueba, se estira y se vuelve a armar. "Se genera algo muy interesante en los shows, algo que va cambiando y se siente desde el baile, el encuentro y la conexión con el público", explica Lara.
“Libertad. Libertad”, responde Sofía cuando intenta sintetizar qué les dio ese recorrido de tocar sin haber publicado todavía un disco En esa lógica, aparece también una forma distinta de circulación: el público aprende las canciones ahí, en el cuerpo a cuerpo, volviendo a verlas crecer. “Hay algo que no pasa hace un montón: que si te gusta una banda tengas que volver a ir a verla para escucharla. Siento que también tenemos que reeducarnos en eso, en algo más análogo”, dice.
La idea de lo “análogo” aparece menos como nostalgia que como posicionamiento. Frente a una escucha cada vez más individual, Fea propone una experiencia compartida, donde la música vuelve a funcionar como punto de encuentro. “Se perdió mucho el cara a cara. Antes ibas a una disquería, escuchabas un disco ahí o te lo llevabas a tu casa. Ahora la música está en un plano más distante. Y para mí es unión, es comunidad. Que la gente quiera volver, que se sienta parte”, explica Sofía. En ese ida y vuelta, el proyecto empieza a expandirse más allá del escenario: seguidores que acompañan desde las primeras fechas, viajes compartidos, una escena que se arma mientras sucede.
Esa apertura también se traslada al funcionamiento interno. Con una formación que puede ampliarse en vivo y una dinámica en constante movimiento, entrar a Fea implica entender una lógica más cercana a la construcción de climas que a la ejecución técnica. “Tenemos un sonido bastante dubbero, en el sentido de generar ambientes, de trabajar sobre frecuencias graves”, señala Rotman. Más que destacar individualidades, la búsqueda apunta a sostener una atmósfera común.
Para quienes se suman desde afuera, el desafío pasa por correrse de ciertas estructuras aprendidas. Marté, una de las incorporaciones más recientes, lo describe desde su propia experiencia: “Vengo de la música experimental y me resultó fácil entrar en la frecuencia Fea. Tiene que ver con desarmarse un poco, no ir tanto a lo técnico sino a generar ambiente, emoción, estética”. En ese corrimiento, incluso los errores o desvíos dejan de ser obstáculos y se vuelven parte del lenguaje.
Esa forma de trabajar está sostenida, en gran parte, por un vínculo previo. Antes que una banda, Fea es una red de afinidades que se viene construyendo hace años: fiestas compartidas, escuchas colectivas, proyectos cruzados. “Compartimos muchas cosas, mucha música, nos juntamos hace mucho a escuchar. Para nosotros es casi un ritual”, dice Lara Baldino. En esa trama, las referencias funcionan como puntos de encuentro: desde The Beatles hasta el dub, de Velvet Underground a Einstürzende Neubauten, de Coil a distintas variantes de la música experimental.
Al mismo tiempo, esa comunidad evita la homogeneidad. “Somos todos muy diferentes, pero encajamos”, sintetiza Leroy. La diferencia aparece incluso en lo visual, en la forma de habitar el escenario, en las energías que conviven sin buscar uniformarse. “Se nota que somos distintos, y creo que eso hace que la música sea así de rara y que funcione igual. Hay un lenguaje común, pero es un lenguaje disidente”, dice Sofía.

En ese cruce entre diversidad y afinidad, Fea encuentra su forma: una banda que se arma en tiempo real, sostenida por vínculos que exceden lo musical y por una idea compartida de lo que puede pasar cuando el sonido deja de ser un producto y vuelve a ser experiencia.
Si en el vivo Fea funciona como un ritual, el estudio intenta capturar esa misma energía sin domesticarla. La grabación del primer disco partió de una decisión concreta: tocar juntos, en simultáneo, sosteniendo esa intensidad colectiva que atraviesa los shows.
“Lo grabamos todos juntos. Después algunas cosas se fueron sumando, pero había algo de esa energía de estar tocando al mismo tiempo que era muy importante. Esa cosa medio ritual que tiene la banda en vivo”, cuenta Sofía . En su caso, esa presencia compartida resulta clave: la voz aparece más como una descarga emocional que como una ejecución técnica. “Yo sin ellos no podría. Me costaría un montón llegar a ese nivel si no estuvieran mis amigos conmigo. También es una manera de vivir, estamos juntos todo el tiempo”.
El disco ya tiene una forma bastante definida, con las primeras mezclas avanzadas y un horizonte cercano de publicación. Aun así, el impulso creativo sigue corriendo en paralelo. “Ya estamos tocando hace un año estas canciones. Cuando salga el disco, para nosotros ya va a estar presentado. Tengo la fantasía de hacer la despedida del disco”, dice Sofía, imaginando un cierre antes que un lanzamiento, como si el material necesitara seguir moviéndose para no fijarse del todo.
Esa misma lógica atraviesa el momento que perciben alrededor. Dentro de una escena que empieza a reorganizarse —con nombres como Dum Chica, La Piba Berreta o K4 orbitando cerca—, Fea encuentra un aire renovado. “Lo vivo como un alivio, como una bocanada de oxígeno. Siento que el underground necesitaba una sacudida. Después de la cuarentena aparecieron muchas bandas nuevas, y hay algo más abierto para lo que es raro, para lo que cuesta digerir”, dice Sofía. En ese paisaje, la presencia de mujeres y disidencias sobre el escenario, el cruce con lo performático y la búsqueda de formas menos previsibles empiezan a delinear otra sensibilidad.
Dulcinea Damevin lo piensa en términos de resistencia: “Es un lugar de expresión, de poder, de hacer ruido y de que pase algo”. La intención no pasa por la comodidad sino por activar una respuesta, incluso incómoda. “Prefiero que te enojes, que te choque, antes de que no te pase nada”, refuerza Sofía. La reacción —sea cual sea— aparece como motor, como posibilidad de movimiento frente a una escena donde muchas veces predomina la pasividad.
Esa fricción también se dirige hacia una lógica más amplia, atravesada por la cultura del algoritmo. “Siento que hay mucha gente haciendo cosas para gustar, para ver cómo pega o cómo se llena de guita con esto. Y querer hacer algo para gustar es anti-arte. Uno se sube al escenario porque necesita decir algo, porque le pasa algo”, plantea. En ese gesto, Fea busca correrse de la estandarización que, según describen, termina uniformando incluso a los proyectos que nacen con otra intención.

La filosofía de Fea encuentra una especie de confirmación simbólica en la próxima fecha compartida con Public Image Ltd., el proyecto liderado por John Lydon. Para Sofía, más que una referencia estética, se trata de una forma de vida. “Lydon fue de los primeros en poner en primer plano todo esto: el do it yourself, la idea de que no necesitás ser técnicamente experto para tocar, no ser complaciente, hacer desde la necesidad. A mí siempre me interpeló más por su manera de pensar que por su música”, dice. La conexión aparece en esa misma insistencia por sostener una voz propia, incluso cuando incomoda. “Es muy loco que los mismos punks se enojen con él porque ‘no es punk’. Ser rebelde es justamente eso. Si buscás complacer, ya estás en otro lado”, agrega, señalando una contradicción que atraviesa buena parte de la cultura musical contemporánea.
Hay algo en ese movimiento que incomoda y, al mismo tiempo, atrae: una energía que no busca encajar ni explicarse, sino sostenerse en ese estado de mutación constante. En un paisaje donde todo tiende a repetirse, Fea insiste en lo contrario: empujar, desordenar, provocar. Y en ese gesto, vuelve a poner la música en un lugar más urgente, más físico, más real.
Fea abrirá el show de Public Image Ltd. del sábado 11 de abril en C Art Media (Av. Corrientes 6271, CABA), entradas disponibles a través de Passline.









