¿Cómo suena una banda formada por músicos que ya lo tocaron todo? Cindy Cats puede responder esa pregunta. Integrada por siete sesionistas que acompañan a algunos de los artistas más reconocidos del país —Trueno, Nathy Peluso, Lali, Ca7riel, Nicki Nicole, entre otros—, el grupo se convirtió en un espacio de libertad, amistad y exploración. Con Francisco Alduncin en batería, Pedro Pasquale en guitarra, Axel Introini en teclados, Felipe Herrera en voz, Julián Gallo en bajo y Gonzalo Isaí Palacios y Carlos Salas en percusión, Cindy Cats terminó convirtiéndose en un proyecto vital y sorprendente.
El proyecto entiende la música como un organismo vivo, algo que respira, se deforma y reacciona al instante. La propuesta se mueve entre lo popular y lo experimental, lo acústico y lo electrónico, lo planificado y lo espontáneo. Cada show es una sesión abierta en la que los arreglos, los covers y las dinámicas cambian de fecha en fecha, guiadas por la intuición colectiva.
El resultado es una experiencia que mezcla la precisión de una orquesta con la libertad de una zapada. En cada show —o sesión, como lo llaman ellos—, Cindy Cats convierte los covers en territorios nuevos, moldeados al ritmo del escenario y la noche. El público baila mientras ve cómo una interpretación se expande, se contagia y se vuelve colectiva. La energía es palpable: un solo que se estira, un groove que cambia de piel, un clima que estalla.
A partir de la segunda sesión, la banda empezó a registrar sus presentaciones como si fueran capítulos de una historia que se escribía sobre el escenario. Primero para YouTube y luego, a pedido del público, pensaron en subir un disco a las plataformas de streaming. La tarea de trasladar al disco la energía irrepetible de sus shows era compleja. “Fue un poco también el desafío —cuenta Pedro Pasquale, guitarrista— que lo sientas realmente en vivo”. Para lograrlo, tuvieron que hacer el ejercicio de escuchar el material, seleccionar lo que más les gustaba y agrupar los covers para que el disco fluyera como una unidad. Lo que surgió fue una suerte de archivo vivo de una comunidad en movimiento. “Este es el volumen uno. Vendrá el volumen dos, que quizás ya está casi listo. Vendrá el volumen tres.... y así, siempre que sigamos en esta rueda”, agrega Pedro.
“La idea es dejar lo que hacemos inmortalizado en algún lado también”, agrega Axel Introini, tecladista. “Porque hay invitados que vienen y las canciones que traen tienen un tratamiento personalizado... pero tocamos una vez y queda ahí. Hay varias canciones que sacamos del baúl para el disco”. Pedro asiente y completa: “Sí, es una lástima. No es que se pierdan, pero solo quedan en el recuerdo de los que estuvieron esa fecha. A veces nosotros ni nos acordamos. Y después de en un tiempo te ponés a escuchar y decís: ‘Ah, mirá quién estuvo acá, boludo’”.
Cuando se menciona el cover de “Yo vengo a ofrecer mi corazón” de Fito Páez, hecho junto a Nahuel Pennisi, el ambiente cambia. Francisco Alduncin, baterista, responde casi sin pensarlo: “Te juro que me emocioné tocando”. Axel lo confirma: “Se ve en el video. En el vivo estamos totalmente impactados, al borde de las lágrimas. Y se ve, se ve. A Francisco se lo ve en el video. Hay varios comentarios en YouTube que dicen: ‘todos somos el batero viendo a Nahuel en este momento’”.
Pedro recuerda otros momentos igual de intensos, como tocar junto a David Lebón o tener a Lito Vitale e Hilda Lizarazu como invitados en Obras. En esa ocasión, dejaron de tocar para dejarlos a ellos dos solos. “Pensaba: ‘si me muero, me muero acá. Se me va a salir el corazón’”. Axel sonríe y lo resume en una imagen que podría ser el espíritu del grupo: “Nos pasó eso de decir ‘qué carajo está pasando’, mirarnos entre nosotros y darnos cuenta de que vos también estás viviendo lo mismo. No lo podemos creer. En el 360° nos estamos mirando todo el tiempo, y eso está re bueno”.
Desde sus inicios, el grupo apostó por una lógica casi utópica: tocar en 360°, con el público rodeándolos, sin escenario que los separe. Esa disposición física expresa el deseo de borrar las distancias entre el artista y la audiencia, entre el ensayo y el show, entre la improvisación y la canción. Lo que ocurre en ese círculo es una conversación sonora en la que todos participan, aunque nadie sepa exactamente hacia dónde va.
“Queríamos que no existiera el escenario —explica Pedro—, que la música estuviera toda al mismo nivel. Como una mesa redonda, sin cabecera. Cuando tocás en un jam o en una sala, estás reaccionando a la música, te mirás. En un escenario tradicional hay muchos integrantes a los que ni les ves la cara”. Axel lo resume en una imagen simple: “Con la gente al lado, sintiendo el calorcito. Estás tocando y te van agitando. Estamos ahí, en el barro”.
Cindy Cats es un taller en ebullición, una constelación de músicos que orbitan alrededor de una misma idea: hacer de cada encuentro algo único. Cada invitado, cada arreglo, cada recital es un pequeño experimento de confianza. Pedro explica el proceso: “Es muy artesanal para cada invitado. Pensamos si le va a quedar bien, si se va a sentir cómodo, porque también es un desafío tocar con una banda que no es la tuya, con un arreglo que no es el tuyo. Entonces buscamos que el artista la rompa y preguntarnos qué plus le podemos dar”.
En esa búsqueda, la figura del invitado funciona como catalizador. Cada artista trae su propio universo, y el grupo lo adopta, lo deforma, lo expande. A veces el resultado es una versión completamente nueva; otras, un pequeño momento de comunión en el que la canción original se ilumina de otro modo. Esa capacidad de adaptación es, al mismo tiempo, una muestra de humildad y de poder: la de saber escuchar para amplificar lo ajeno.
Esa búsqueda de realce se traduce en decisiones musicales que rozan la curaduría. “Hay temas que los llevamos por otro lado. 'Lágrimas' de G. Sony, por ejemplo, era una balada y lo transformamos en un trap con un freestyle para que el chabón brille. En el de Nahuel, dejamos que toque solo con la guitarra un rato y después nos metimos nosotros en una marca. Esas cosas las ves bajadas y te impactan”, dice Pedro. Axel recuerda algo parecido: los momentos donde el vértigo sonoro se disuelve para abrir paso al silencio. “Hay mucha adrenalina, mucha presión sonora, y de repente bajás todo y dejás a Lito y Hilda solos, o la armónica, y el contraste te pasa por el cuerpo”.
En ese vaivén entre intensidad y pausa, el público ocupa un lugar central. “La primera mitad del show no vemos nada porque estamos cagados en las patas”, admite Pedro entre risas. Julián Gallo, bajista, lo completa: “Da más nervios subirte a tocar a la Cindy Cats que en un estadio para 40 mil personas. El público está muy atento. Aparecés y hay un silencio absoluto, una expectativa tremenda. No vuela una mosca”.
Esa tensión, esa electricidad previa a la explosión, se transforma con el correr de los temas. “A partir del tema siete se afloja todo”, dice Francisco. Y Axel nota algo que solo puede percibir quien está adentro del círculo: “Saben un montón. Nos pasó que se vea la guitarra de un invitado y empiecen a gritar el nombre. Lo reconocen. Están metidísimos”.

El vértigo también viene del crecimiento: Obras, España, y ahora el Microestadio de Ferro. “Es un tremendo desafío, pero estamos recontra expectantes —dice Julián—. Venimos de Obras, que estuvo increíble, y en cada fecha buscamos mejorar la experiencia”. Pedro agrega: “Hay mucho laburo de previa. Técnicos comprometidos, prueba y error. Somos muy manijas. Terminamos un show y ya estamos craneando el próximo”.
Esa intensidad se sostiene por una estructura emocional sólida: la amistad. “Hay mucha confianza, para bien y para mal”, reconoce Pedro. “Somos muy amigos, y eso a veces se mete en el trabajo. Pero también lo vuelve todo más vivo. Estás tocando con tus amigos, te juntás a comer, a hinchar los huevos. Cuando metés un gol, lo gritás más fuerte”. Axel lo traduce en lenguaje de equipo: “Nos conocemos hace diez años mínimo. Sabemos cuándo uno está bien o mal, hasta dónde pedirle. Hay sacrificios, claro, perderte cenas, cumpleaños… pero todo se hace por el equipo. Nos bancamos un montón”.
Lo más valioso de Cindy Cats es que, en el fondo, no buscan una forma definitiva: es una celebración de lo inacabado, de las posibilidades que se nos abren y una invitación a estar presentes en el encuentro con el otro, sin prejuicios. La conversación termina con una carcajada cuando Julián tararea un ritmo con la boca —“cha cha cha tu cha cha”— y anuncia el deseo por un sonido que aun no experimentaron: “Funky brasilero. Tenemos que hacer un buen funky brasilero y hacer perrear a la gente hasta abajo”.
Cindy Cats se presentará el jueves 27 de noviembre a las 19 h en Microestadio Ferro (Av. Avellaneda 1240, CABA). Entradas disponibles a través de Passline, 20% de descuentos para socios de la Comunidad Indie Hoy.









