Siempre que una banda saca un disco homónimo que no es su debut, hay algo de declaración de principios. Hasta ahora, la discografía de Racing Mount Pleasant consta de dos LPs: Grip Your Fist, I’m Heaven Bound (2022) y Racing Mount Pleasant (2025). El primero atestigua su proceso de formación: como un grupo de amigos que se reunió únicamente por compartir gustos musicales durante la universidad, sin un sello ni un estudio, grabaron donde podían y como podían para no perder el ímpetu. El segundo, con un sonido más pulido, termina de consumar toda la ambición del proyecto: grandes construcciones que parten de una expresión mínima de vientos o cuerdas y desembocan en un desborde orquestal.
En ambos discos queda claro que Racing Mount Pleasant no se priva de nada. La banda se permite jugar con el krautrock, los acordes jazzeros y recursos como la repetición o la imprevisibilidad, siempre guiada por una brújula muy propia y una idea de álbum concebido como una obra con identidad narrativa. Del post rock toma la exploración desenfrenada de texturas, timbres, armonías y capas, como si nada fuera demasiado. A eso suma el desgarro emocional del midwest emo y ciertos rasgos guitarreros propios del género en sus momentos de clímax, conjugando complejidad y minimalismo.
Ya desde el primer tema de su álbum debut, la banda formada en Michigan dejaba en claro su predilección por los pequeños fragmentos instrumentales. Sus sucesores, “Annie” y “Reichenbach Falls”, robustecen la fórmula antes de volver a aterrizar en el minuto y medio de “Talus (Song for John)”. Su discografía está poblada de estos interludios que funcionan como signos de puntuación dentro del álbum: un respiro que permite resetear el oído antes de la siguiente propuesta. Así, Racing Mount Pleasant va de lo chiquito a lo grande y de lo grande a lo chiquito en un zigzagueo tan natural que casi pasa inadvertido. El infierno llega al cielo en “Holy Hell”, una canción que se ahoga en la oscuridad a partir de un riff de guitarra cargadísimo de efectos. Los violines, en su insistencia y disonancia, se vuelven tenebrosos y captan una emoción que luego encuentra su expresión verbal en el lamento: “God, I’m terrified”.
Cristalizando su destreza para jugar con las estructuras, “Snowing, All at Once” retoma un punteo apacible, con los vientos apenas adornando el fondo, pero comienza a deformarse mediante audios ininteligibles de personas hablando hasta volver a acercarse a la distorsión. El título del disco, que podría traducirse como “Aprieta el puño, voy al cielo”, se reparte entre dos canciones hacia el final. “Grip Your Fist” mantiene el suspenso a partir de punteos, voces serenas y sonidos de ambiente que remiten a una casa, antes de desembocar en un estallido orquestal. Luego, con un sample de una voz que apenas parece humana, “Regulate” honra la definición de post-rock propuesta por Simon Reynolds al apropiarse de metodologías propias de la música electrónica y de la instrumentación del rock para fines ajenos al propio rock. “Heaven Bound, Home” cede el protagonismo a los vientos antes de dar paso a “Do You Think I’m Pretty”, el broche de oro de un disco que no deja de estirarse, romperse y reconstruirse.
En su segundo disco, el grupo logró llevar al extremo todos esos rasgos que ya asomaban en el debut: la paciencia de la construcción lenta y el desenlace desbordado de “Emily”; el juego con la recurrencia y la variación en las duplas “Your New Place” y “Your Old Place” (apertura y cierre del álbum, respectivamente) y “You” y “You Pt. 2”. También merecen una mención especial “Racing Mount Pleasant”, el triple homónimo, y “Call It Easy”. La primera aprovecha que sus siete integrantes funcionan también como segundas voces para inundar de emoción el grito colectivo de “I don’t know the reason why I can’t meet your eyes”. Además del virtuosismo instrumental, la banda demuestra que también sabe escribir un estribillo pegajoso. Con siete minutos de duración, “Call It Easy” prueba que pueden hacer mucho con muy poco. Aunque cada elemento -cuerdas, vientos, voces e incluso la percusión- tiene un lugar preciso dentro del arreglo, el apogeo de la canción termina descansando en apenas dos notas de guitarra.
En un CD de los que antes llevaban la clásica calcomanía “FFO” (For Fans Of), probablemente aparecería Black Country, New Road. Las comparaciones con la banda inglesa abundan en reseñas, comentarios en redes sociales e incluso en las asociaciones de los algoritmos. Si bien comparten ciertos rasgos de instrumentación, Black Country, New Road trabaja desde una lógica de contrastes mucho más pronunciados. Racing Mount Pleasant, en cambio, apuesta por un equilibrio propio: encuentra una extraña simetría dentro de la inestabilidad y se entrega al colapso de forma armoniosa.
Recientemente se estrenó la sesión de KEXP de la banda, una nueva demostración de que no desperdiciaron ni un minuto desde aquel primer día de clases en el que Sam DuBose (voz, guitarra y teclados) conoció a Connor Hoyt (saxo y flauta) y a Samuel Uribe Botero (saxo tenor, flauta y sintetizadores), y les confesó que quería hacer música como Funeral (2004) o el primer Arcade Fire. Más tarde se sumarían el trompetista y guitarrista Callum Roberts, el bajista y guitarrista Tyler Thenstedt y la baterista Casey Cheatham.
Después de hacerse conocidos como teloneros de Cameron Winter en Chicago, la música del grupo sigue conservando la frescura de sus primeros procesos compositivos. Según contaron, trabajan las ideas a partir de la repetición hasta que alguien encuentra una nueva variación o un desenlace posible, una metodología que tiene sentido al escuchar cómo todas las capas de sus canciones conviven, dialogan y permean entre sí.
Expandiéndose a fuerza de insistencia, Racing Mount Pleasant es capaz de transformar una melodía austera en un sueño febril sin perder el foco. Con una mezcla de pericia e intuición, la banda consigue colapsar el tiempo y el espacio de manera controlada. Entonces ejecuta su mejor truco de magia: abrir, en cada canción, un espacio mucho más grande del que parecía posible contener.
Escuchá a Racing Mount Pleasant en plataformas (Bandcamp, Spotify, Tidal).











