El duelo es un proceso lento, difícil de encasillar, capaz de desencadenar una infinidad de impulsos según cada persona. En el caso de Damon Albarn y Jamie Hewlett, la muerte de sus padres activó la necesidad de buscar algún sentido frente a un hecho tan inevitable como definitivo: el fin de la vida y qué nos espera del otro lado. Esa indagación los llevó por un viaje espiritual hacia la India y terminó cristalizando en The Mountain, el noveno álbum de estudio de Gorillaz y el primero editado a través de su propio sello, Kong.
En su travesía, el músico y el artista gráfico arribaron a la ciudad sagrada de Varanasi, uno de los núcleos espirituales del hinduismo. Allí, la muerte no se concibe únicamente como un final, sino como una transición dentro de un ciclo continuo de existencia. En ese marco simbólico, y conforme a la tradición, Albarn se internó en las aguas del Ganges y esparció las cenizas de su padre, con la íntima expectativa de que algo de ese bagaje milenario lo impregnara. Salió del río con una convicción clara: no solo exteriorizar el luto a través de su arte, sino también celebrar la vida de quienes todavía habitan este plano.

Un viaje espiritual convertido en sonido
Como sugiere en parte el propio título, el disco alterna entre picos y pasajes menos llamativos sin perder cohesión. Se articula como un recorrido a lo largo de quince canciones cuya columna vertebral es el pulso entre la vida, la muerte y la trascendencia, con una marcada aproximación a la música autóctona de la India.
A lo largo del álbum emergen sitares —en manos de la talentosa Anoushka Shankar—, flautas y sarods, elementos que evocan inevitablemente la incursión que realizaron The Beatles en ese universo sonoro junto al Ravi Shankar durante su estadía en Rishikesh. Sin embargo, a diferencia del cuarteto de Liverpool, Albarn y Hewlett ensayan aquí una reflexión más abarcativa sobre ese acervo cultural, impulsada por nuevos ritmos y colaboraciones que convierten a The Mountain en una obra de múltiples matices.
El concepto se traduce en una lista de colaboradores que refuerza esa dimensión espiritual y geográfica. Hay una presencia significativa de músicos indios además de Shankar, por ejemplo Asha Bhosle o los hermanos sarodistas Bangash, además de otros artistas tradicionales que aportan bansuri, tambura y raga a la paleta sonora.
El tema que abre el disco, “The Mountain”, funciona como una pieza instrumental delicada y esperanzadora que establece la luminosidad que atraviesa la obra. Sin embargo, la música india termina funcionando más como una atmósfera que acompaña a un verdadero eje constructivo. En varios pasajes, los arreglos y texturas occidentales tienden a absorber lo autóctono dentro de la maquinaria que siempre caracterizó a Gorillaz.
La otra gran apuesta del disco —en sintonía con la voluntad de celebrar la vida de quienes ya no están— es la recuperación de grabaciones inéditas de antiguos colaboradores. Aparecen intervenciones del actor Dennis Hopper, del soulman Bobby Womack, del baterista nigeriano Tony Allen, del rapero Proof (miembro de D12) y del ícono post-punk Mark E. Smith, ahora integradas en nuevas composiciones. Lejos de caer en el golpe bajo, estas apariciones resultan orgánicas y poderosas.
En "The Manifesto" —pieza bisagra de casi siete minutos dividida en dos partes— la voz de Proof emerge con una intensidad que parece dialogar de igual a igual con el argentino Trueno, a quien Albarn conoció a través de su hija Missy. En "Delirium", en tanto, la aspereza inconfundible de Smith se adueña del estribillo con una energía desbordante que desarticula cualquier inclinación melancólica.
En esa actitud deliberadamente optimista de poner en valor el presente, Gorillaz convocó a músicos en plena actividad, tanto emergentes como consagrados. Además de Trueno, Albarn sumó a Johnny Marr —cuyos aportes sutiles pueden pasar inadvertidos en una primera escucha— y a Sparks, a quienes conoció en el Primavera Sound Porto de 2023. También participan Paul Simonon, histórico bajista de The Clash, y Joe Talbot, líder de Idles, cuyo desempeño en "The God of Lying" resulta en uno de los featurings más logrados del disco, con cierta reminiscencia a "Clint Eastwood", un clásico de la banda.
La lista también incluye al productor argentino Bizarrap, el segundo compatriota en integrarse al universo Gorillaz, presente en "Orange County", una pieza de tono melancólico que comparte ADN con "On a Melancholy Hill" y refuerza la veta más introspectiva del disco.
Entre la ambición y la saturación
Como en toda obra ambiciosa de Gorillaz, hay pasajes en los que la acumulación de invitados y estilos roza la saturación. Resulta difícil que un proyecto de estas características —extenso y atravesado por voces externas en casi todas sus composiciones— no exhiba altibajos. Algunos tracks, como "The Shadowy Light", con versos en hindi, o "The Empty Dream Machine", parecen esforzarse en exceso por alcanzar una épica cosmopolita que no siempre termina de consolidarse.
Con todo, en perspectiva, tanto el sonido como el concepto se perciben más cohesionados que en sus últimos trabajos. A diferencia Cracker Island (2023) —recibido de manera dispar y, en parte, eclipsado por el regreso de Blur con The Ballad of Darren— o Humanz (2017), The Mountain sostiene un hilo conceptual reconocible y una identidad definida, aunque por momentos se diluya entre la multiplicidad de manos que intervienen en su construcción.
El resultado es uno de los trabajos más consistentes del grupo desde Plastic Beach (2010). En lugar de replegarse en la introspección, Damon Albarn transforma el duelo en un impulso expansivo y profundamente creativo. La música, una vez más, vuelve a funcionar como puente entre mundos y culturas, incluso frente a las pérdidas más dolorosas.
Escuchá The Mountain en plataformas de streaming (Spotify, Apple Music).









